SERPENTÍNICA U DEL BIZCOCHERO ENGIRAFADA AL TÍMPANO


Estas palabras de César Vallejo, cuando las  leí en “Trilce”, eran simplemente eso: palabras que describían muy bien un sonido que se colgaba en el oído. Desde hace un tiempo, tras re lecturas múltiples, la frase fue cobrando para mí una dimensión especial: la del recuerdo.

La U del bizcochero anunciando su producto y diciendo larImagengamente “¡bizcochuuuus!”, trae aromas de infancia a mi memoria y veo allá en la Ermita de Barranco a la cajita azul con vidrios para mostrar la mercancía, esperando a la bandada de chicos que jugaban. Escucho el pregón del bizcochero rato a rato en el establecimiento de baños, como anunciando un premio antes de que volviéramos a casa en los mediodías de veranos que fueron.

Y el verano me trae al heladero; carretilla amarilla, multiplicando el sonido familiar de su corneta que prometía las delicias de un “Alaska” en que una vez desenvuelta la platina, aparecía el chocolate invitante de la cubierta para al morder, descubrir el sabor conocido y mil veces glorioso de una vainilla única.

Son recuerdos de chico, de lugares, de cosas, de placeres secretos. Son recuerdos que un hombre, con una sola frase trae al presente. Y entonces veo y me siento tocando el libro empastado en piel verde, con hojas de papel biblia y palabras extrañas. “Es poesía”, pienso y me doy cuenta que veo y toco mi infancia.