«YO NO FUI, FUE TETÉ: PÉGALE, PÉGALE QUE ELLA FUE…»


dominó

Empujo a Pedro, para que caiga sobre Juan y este tumbe a Santiago. Mi objetivo es hacer caer a Santiago, pero no quiero empujarlo directamente porque se darían cuenta, sino que parezca una casualidad. Finalmente Santiago cae al suelo y le echa la culpa a Juan y este a Pedro. Yo, mientras tanto, me fui. Resultado: cayó Santiago y los que “tienen” la culpa son Juan y Pedro.

La actuación por “interpósita persona” se está volviendo muy común y en el escenario nunca quedan los culpables. Ellos desaparecen una vez iniciada la “reacción en cadena” y no solo presumen de inocentes sino que culpan la negligencia y mala fe de los otros.

En buen romance eso se llama hipocresía y sin embargo nos estamos acostumbrando a lo que llamamos “carambolas”.

Esto, que puede parecer inocuo y hasta se practica como juego, es una realidad que aparece a cada rato y que dice mucho no solo de la falta de sentido de responsabilidad sino del papel que se juega a ocultas. Si se hace es porque algo se esconde, porque se considera que la imagen propia se emborronaría con un acto innoble y el “record” de buena conducta acusaría mella. Por esa razón se actúa protegido por la inmunidad del prestigio, que se desmoronaría si se viese la realidad.

Culpar a terceros” es ya una costumbre que pretende sacar las castañas propias de un fuego que podría ser devastador: allí está desde la contratación de sicarios asesinos hasta la extorsión por cuenta de otros. Está el crimen de cuello y corbata que no altera ni el peinado del delincuente, porque otros compinches corren el riesgo: total, nunca relacionarían a unos con otro.

Lo vemos todo el tiempo y nadie se escandaliza realmente, tomando las cosas como “criolladas” o “vivezas” que suenan a pecado venial, cuando en realidad son pasibles de las llamas eternas del infierno.

Lo que sucede es porque lo permitimos y todos tenemos parte en ello. De nosotros depende.