INDIGNACIÓN


 

Vi de reojo un reportaje en TV ayer domingo, que me reafirmó en el convencimiento de vivir una época deleznable. En él se veían los maltratos a que eran sometidas las embarazadas, los discapacitados y ancianos en lugares públicos. Esto que no es novedad, enrostra una realidad que día a día se vive en nuestro país. La Ley, porque la hay, es letra muerta y papel mojado para una mayoría que incluye a quienes deberían hacerla cumplir. Como vivimos en el “país de las maravillas”, cualquier fulano con un poquito de autoridad, se siente por encima de todos (salvo de su jefe, que tiene poder sobre él) y ejerce su criterio, que en este punto es “cretinerio”. Vi cómo se rechazaba ayuda a una mujer embarazada y que los individuos en una “cola” protestaban porque esta trataba que la atendieran.

La sociedad que no respeta no sólo lo evidente sino la Ley, no puede llamarse tal. En el Perú se están perdiendo, si no se ha hecho ya, las condiciones mínimas de convivencia. Vuelvo a decir que esto no es una novedad, pero a nadie, salvo de vez en cuando, parece preocuparle. Hace mucho tiempo un amigo, médico, me comentaba que en un hospital en el que trabajaba, vio a una enfermera que ponía a una paciente anciana, en el pasillo y allí la “atendía”. Le dijo: “Señorita, si la señora fuese su madre ¿la trataría así?” y me dijo: “En ése momento, quise y me decidí a ser Ministro de Salud”. Me lo contó cuando ya era Ministro del ramo y estaba haciendo lo que otros no hicieron, mientras “lo dejaron”, por supuesto. Luego salió del cargo, pero su indignación lo llevó a tratar de dar soluciones. El esfuerzo naufragó, porque seguimos siendo la sociedad indolente que prefiere la gratificación instantánea y siente flojera de cambiar aunque sea una pizca. La sociedad donde el “yo” personal está siempre primero.

He dicho muchas veces que estamos en el despeñadero y la caída al abismo está sucediendo. Sólo un milagro nos salvará o la decisión de cambio que tanto cuesta tomar.