LAVADORA


El día había pasado lento, casi al ritmo de la vida de los habitantes del establecimiento geriátrico, sin dar mayores sobresaltos que alterasen esa rutina que se cuela por las ventanas y descubre un poco de polvo en los rincones.

Todo  sucedió como siempre y al levantarse había seguido el aseo personal, el desayuno, pastillas, alguna inyección, charlas intrascendentes, visitas que llegaban, aquellas esperadas y que nunca venían, el almuerzo, limpieza, partidas de cartas, una tarde larga que se deshilachaba en los relojes, la comida y el acostarse para despertar a un día seguramente igual.

Ella subió las escaleras hasta el techo. Arriba, la única habitación albergaba las máquinas de lavandería. Ya de noche, se acercaba la hora del fin de su turno que había empezado casi ocho horas antes y saldría hacia su casa donde la pequeña familia la esperaba. Su última tarea de ese día era poner en la lavadora automática la carga de ropa que quedaría en ella, lavándose, hasta que la chica del siguiente turno la extrajera y se siguiese con el secado y planchado.

Ya entrada la noche, terminado el trabajo se cambiaría y él vendría a buscarla para caminar unas cuadras y llegar juntos donde vivían. Pensando en esto de pronto cerró bien la puerta de la lavadora, echó a andar la máquina y el ruido familiar llenó el ambiente. Se volteó para acomodar la siguiente carga de ropa y de improviso se dio cuenta del silencio: miró la lavadora que se había apagado, porque tenía la puerta abierta. La puerta que ella había cerrado, porque de otra manera no habría estado lavando; no se podía abrir “de casualidad” y ella estaba segura de haber cerrado bien.

El silencio era opresivo y su mente quedó en blanco. Cuando reaccionó solo atinó a salir corriendo hacia la escalera, aferrada todavía a una blusa que estaba agarrando para acomodarla en la nueva carga. Llegó al piso de abajo y  la primera persona que encontró le preguntó si le pasaba algo. Su corazón volaba a mil, estaba pálida y agitada por la carrera y el susto. Explicó lo que había pasado y no se atrevió a regresar sin compañía. No podía explicarse el hecho y así se lo dijo a su acompañante mientras dejaba la prenda. La lavadora seguía con la puerta abierta, apagada y nada parecía fuera de lugar. Prefirió dejar todo como estaba e irse de inmediato. La enfermera que la acompañaba le dijo que a veces se oían o veían cosas raras en el geriátrico.

 

Le contó a él la historia. Al día siguiente regresaría a trabajar, pero no quería volver a subir sola, de noche, a la lavandería. De eso estaba segura.

Mucho más tarde, en la madrugada, una sombra salió del cuarto de lavado: se deslizaba, parecía un hombre y se frotaba las manos. Desapareció desvaneciéndose calladamente en el frío del amanecer.

 

 

 

 

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

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