DIXIELAND MIENTRAS ESCRIBO


 

 

Mientras escribo esto, en los parlantes de la computadora, suena la radio recibida vía Internet. Suena el dixieland, la música que me gusta y gustó mucho siempre. Recuerdo que un día mi madre regaló a un ropavejero, allá en el principio de los sesenta, dos álbumes con discos de 78 revoluciones, que yo había conseguido y que traían una “Historia del Jazz” que constaba básicamente de dixie:  “-Creí que no servían, eran discos viejos y había que limpiar. Seguro estaban rayados”, me dijo cuando después de buscarlos para escuchar, pregunté por ellos. A mi madre amante de Beethoven y la música en general  no le gustaba el dixie, supongo. O la vetusta apariencia de los álbumes le hizo catalogar todo como inservible. El hecho es que una historia primigenia de la música típicamente norteamericana, con grabaciones bastante primitivas, desapareció en manos de quien sabe quién.

Ahora que escribo este post, recuerdo el programa de radio, que grabábamos en casa Aurea Granda, la hermana del Chino y yo y que constaba básicamente de dixie y blues, que se llamaba “Jazz al Anochecer” y que nunca supe bien si salió por una radio a la que hice llegar las cintas. Lo que sí conseguí averiguar es que el día en que debían “estrenar” el programa, este no salió al aire. Dejamos el intento con varias fechas grabadas al no recibir más noticias.

Pero el dixieland ha sido parte de mi vida. Siempre lo consideré “mi música”. Y ahora, con la computadora (es cierto que bastante tarde) se me ocurrió buscar “dixieland on line” y ¡presto!: disfruto de variedad de lo que se dio en llamar “el estilo de New Orleans” ininterrumpidamente.

“¡Gracias por la música!” como diría Abba en su canción.