PERICO


Perico era chino, hijo de chinos y tenía una bodega heredada de su padre, a quien no conocí y que había sido el Perico original. Su hijo era cariñosamente llamado Pericote (no por grandazo, sino por esa ternura que pone apodos a los que nos caen bien).

Sin embargo Pericote siempre fue Perico para mis amigos y para mí. El “chino Perico” era –a pesar de tener a Piselli a una cuadra de la casa- la bodega de confianza. Supongo que porque el trajinar diario de mi madre para ir a la parroquia, hacer sus compras de mercado y visitar a su amiga la señorita Lazo o a sus otras amigas las señoras Auza y Caravedo, la llevaban en esa dirección y no hacia Chorrillos. Entonces, cuando había que hacer  una compra urgente o simplemente haraganear tomando una gaseosa a la sombra, era Perico a donde acudíamos y no se nos ocurría algo diferente.

Perico decidió casarse y trajo a María desde la China. Sonriente, blanquísima, gordita y sin hablar palabra de castellano, María entró no solo en la vida de Perico, sino en las nuestras, atendiendo en la bodega y hablándonos en su incomprensible idioma. Tan incomprensible como los periódicos que su marido leía sobre el mostrador, con el cigarrillo sin filtro colgándole de la boca: “fumar como un chino” alcanzaba con Perico su verdadera dimensión. Recuerdo aún el olor del tabaco negro de sus “Inca” de cajetilla amarilla, azul y blanca (sí, los mismos colores que tiene Inca Kola).

María aprendió el castellano, manejando la bodega y le dio el toque femenino que hizo que Perico dejara de arrastrar sus sempiternas zapatillas de levantarse y ofreciera un surtido más amplio  de dulces, camotillos, maní confitado y esas delicias que hoy los padres suelen prohibir a los niños.

María salió encinta y era hermoso verla, más gordita, sonriente siempre con sus ojos chinos y tejiendo la ropa del futuro Periquito. Porque su hijo fue Periquito para nosotros.

Si acelero la máquina del tiempo y llegamos a muchos años después, Periquito resultó ser todo un Pericazo, porque era muy alto y fornido. La familia creció y si no me equivoco nació algo después un hijo más. Ya María usaba anteojos para leer, diferentes a los redondos con los que Perico descifraba su periódico, el que era para un chico como yo contenía verdaderos jeroglíficos. Las canas aparecieron, pero la bondad de quienes siempre consideré mis amigos venidos de ultramar se mantuvo y creció con la familiaridad que solo el paso del tiempo permite. María y Perico me fiaban pequeñeces e incluso me prestaron de vez en cuando algunas monedas, cosa que siempre hizo que los sintiera mis cómplices.

María y Perico: no sé qué será de ellos. Nunca supe su apellido pero recuerdo que siempre en su puerta, un día al año, ondeaba la bandera de China Nacionalista. Ahora me da tristeza no haber conversado más con ellos, siento que cuando paso por la esquina donde estuvo la bodega de Perico me entra la nostalgia y quisiera que fuera verano, que “tocara playa” para al regreso pasar por allí y disfrutar de un camotillo casero y de una Pasteurina bien helada.

 

(Originalmente en mi libro “El pasado se avecina. Historias del Barranco”, publicado por la PUCP en diciembre del 2010).

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Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

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