ELLA TOCABA PIANO


El domingo fue Día de la Madre en el Perú y escribí sobre alguno de  mis recuerdos acerca de Tony. Pero también recordé y tengo siempre presente a esa mujer, que silenciosamente entró a mi vida cuando nos casamos con Alicia.

Doña Hortensia, que vino a vivir con nosotros cuando el señor Ernesto falleció, parecía distraída, era callada y tratando de “no molestar”, como decía, acomodó sus días, nos ayudó en todo lo que pudo y se hizo una presencia cotidiana y humilde en casa.

Tocaba el piano y a veces por las tardes se la escuchaba acariciar sus recuerdos y la música lo llenaba todo maravillosamente.

Recuerdo mucho las carnes jugosas que me preparaba cuando enamoraba a su hija, porque sabía que no me gustaban las verduras y como se esmeraba en que todo estuviese perfecto.

Me vienen como flashes sus actitudes siempre solícitas, con voluntad de complacer cualquier capricho de niñas de Alicita y Paloma. Cuando mi madre vino a también a vivir con nosotros, después de morir Manuel Enrique, se hicieron cómplices, más que amigas y esperaba que Tony le pasara la voz a cierta hora a  diario, para juntas, tomar un lonche conversado y unir los “me acuerdo” de cada una que se prolongaban hasta que ella subía a su habitación y mi madre iba a la suya.

Es curioso, pero no vi en ella a “la suegra” de los cuentos, porque nunca lo fue. Jamás se entrometió y sus consejos siempre eran discretos: su manera de ser le impedía una salida de tono. Debió ser muy difícil para ella como seguramente lo fue para mi madre, pasar del papel de ama y dueña de una casa a ser un miembro más de la familia. Tal vez por eso ambas congeniaron: es que se descubrieron mujeres que vivían con sus hijos y las hijas de ellos. Una vida distinta a la que habían llevado, pero llena de ese cariño grande que siempre estuvo pleno de pequeñas cortesías, alegría y el saber que la palabra “familia” es una realidad que construimos cada instante.