OTRA VEZ ANDRÉS…


 

Las noticias otra vez.

Resulta el único modo de enterarse de los sucesos cuando uno no es testigo de ellos. Una vez más se demuestra que en lugar de dar información, lo embarullan todo, queriendo llevar agua para su molino, siendo escuchados aunque lo que digan sean fabulaciones (por no llamarlas mentiras), medias verdades u omisiones tan clamorosas que saltan a la vista.

Prácticamente todos los medios contribuyen a la desinformación en los varios casos importantes que luctuosos o no, atañen al país. Parecería que cada cierto tiempo me “ensaño” con los medios y publico estas cosas pero es que e da mucha pena tener que enterarme de los asuntos que a todos nos interesan, por conversaciones, correos de amigos o simplemente comparando lo que un medio dice y lo que los otros afirman. Estoy seguro que esto le sucede a mucha gente y no me parece bien que quienes debieran mantenernos al día con los sucesos, los enreden a su gusto y dirección impidiéndonos o dificultando el que lleguemos a la verdad.

Sé que pedir un periodismo verdaderamente independiente a la mayoría de los medios es iluso, pero no me cansaré de reclamar un derecho, por el cual, además, estoy pagando.

Es cierto también que uno debería sacar sus conclusiones de este galimatías, pero me pregunto yo ¿y aquellos ciudadanos que tienen una sola fuente de información…? ¿Están condenados a opinar como lo hace la voz sesgada (otra vez no quiero usar la palabra “mentirosa”) que leen o escuchan? Los grandes negocios de los medios parece que se basan en el aniquilamiento del conocer de su público: preocupan más las ventas o el rating que la verdad.

Esto parece que nos deja al garete en cuanto a la misión esencial de los medios noticiosos, que es informar. La opinión sobre la noticia es otra cosa, pero no nos las pueden mezclar al darlas. Y es claro que eso es lo que hacen. ¿Qué no es novedad? Ello no hace que sea una lástima que tengamos que creer en patrañas o arreglados datos que convienen a los intereses finalmente económicos, porque el que ostenta el poder económico es fácil que se haga con el Poder, con mayúscula.

Comprendo bien ahora porqué decaen los medios noticiosos en todo el mundo, no solo en nuestro país: porque no se les cree y una cosa es mirar las peripecias de los Simpson y otra enterarse de los sucesos de una nación.

 

HABLAR DE MÁS


Hay personas que no se dan cuenta y dicen cosas que de pronto no hubiesen querido. Su entusiasmo las lleva a hablar mucho más de lo que deberían, creyendo que “lorear” es sinónimo de gente entretenida y sin pensarlo, se lanzan a peroratas donde no solo no se puede meter baza, sino que no escuchan al otro o a los otros con quienes “conversan”.

Generalmente, si de alguna manera se les hace notar esto, se enojan y dicen no comprender el por qué se reprocha su conducta: se resienten y critican diciendo que nunca tienen oportunidad de hablar.

Lo cierto es que este mal es doble, pues no solo hablan sin parar sino que no escuchan. Como si el constante ejercicio al que se ve sometida su lengua, los dejara sordos.

A veces recuerdo, cuando los oigo, una pajarera de bronce, inmensa, que estaba ubicada en el centro del lobby de un hotel en USA. El parloteo, trinos y chillidos de las aves se escuchaban en todo el piso, haciéndose especialmente insoportable, impidiendo hablar o escuchar otra cosa. La conformación del local y la ubicación de la pajarera lograban un efecto curioso. Había lugares donde el silencio era casi perfecto a pesar que los pájaros estuviesen sonoramente activos. También me acuerdo, a propósito de los incontinentes verbales,  del “Cono del Silencio” de la serie de TV donde el “espía” Maxwell Smart nos divertía con sus desaguisados y ocurrencias. Me acuerdo, porque a veces uno quisiera disponer de él y dejar la cháchara convertida en mímica.

El español está lleno de refranes sobre la necesidad de callar: desde “En boca cerrada no entran moscas” hasta “Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla”. Empero al que sufre de verborrea no le interesa ni le importa. Seguirá adelante, haciendo lo posible por monopolizar la conversación, interrumpiendo para dar su versión, su parecer o competir tratando de igualar o ser más en el caso de sentirse un poquito fuera de sitio. Si de enfermedades se trata, las tiene todas y de cada una ofrece detalles. Es más jurisconsulto que los abogados en temas de leyes; conoce a la perfección –y lo dice- sobre política y su opinión no solo está basada en lo más sesudo y fresco del pensamiento, sino que lleva la razón única. Entra en todos los terrenos, navega en cualquier agua y nunca por nunca pierde o queda en silencio y si lo hace es para asegurarse que la suya es la última palabra dicha.

No estamos libres de seres así y lo único que nos queda, creo, es ignorarlos. Son ciegos y sordos pero no mudos y nada más que la desatención nos salvará momentáneamente. Lo mejor será despedirnos y cuando nos hayamos ido, disfrutar del silencio. 

LA FOTO


Me parece mal que los rescatados tuvieran que esperar porque se quería una foto “oficial” con ellos.

Yo lo único que hago aquí es poner mi opinión y recoger el dato de los noticieros y de una columna que leí ayer en un diario. Puede decirse que no soy original, pero la indignación pocas veces lo es, porque se da cuando la falta de sentido común aflora.

Puesto en el papel de los rehenes que vieron peligrar sus vidas, pasando lo peor como cautivos de un grupo asesino, lo último que se me ocurriría es posar para una foto. Tuvieron que dejar de lado a sus familias y esperar a pararse con el Primer Mandatario para “la posteridad”. El hecho me parece absolutamente estúpido, porque debe partir de alguien que ha querido sacar provecho del asunto, porque así creía satisfacer a su jefe y hacer “comunicación”.

Qué pobre pensamiento utilitario, el que antecede una fotografía al bienestar humano.

Es clarísimo que a quien se le ocurrió la “brillante” idea no tiene noción de lo que es la comunicación. Cree que las notas de prensa, las fotos de ocasión y el “hacer noticia” lo es todo. Un fotógrafo norteamericano ganó el premio Pulitzer, con su toma de un niño indígena africano, moribundo, que era acosado por las aves carroñeras. Supongo que hizo click y nada más. Ganó el premio y tiempo después se suicidó.

Ser testigo de la historia le dicen. Yo creo que cuando uno es testigo del horror, la indolencia no cabe y sí la complicidad culpable.

De una u otra manera, los hombres liberados ya están reunidos con sus familias, tratando, de seguro, de olvidar la pesadilla.

La pesadilla que se vuelve el sueño dorado del “comunicador” que cree que una foto de los rescatados con el Presidente le ganará aprecio y reconocimiento. Vuelvo a decirlo, aunque no le importe a nadie, no me parece. Los seres humanos se merecen mucho más que el triste papel de figurantes en cualquier álbum de los recuerdos.

LA ALEGRÍA DE PASEAR


 

Anteayer conversábamos con Norma, de sobremesa y nos acordábamos de los dulces de cuando éramos niños y que vendían los ambulantes, a raíz de una pasada de ella por el parque Keneddy en Miraflores al volver de comprar algo.   Lo primero que le llamó la atención fueron los gatos, que protegidos, paseaban o dormitaban dejándose fotografiar por turistas curiosos. Lo otro fue la vitalidad que le ha impreso el municipio miraflorino al lugar, haciéndolo verdadero centro de actividad para los vecinos y el público transeúnte que encuentra muchas oportunidades para su esparcimiento.

Desde certámenes para aficionados a la poesía unos días, hasta baile con orquesta y todo para aventureros de la tercera edad, pasando por una exposición de arte, el cómodo sentarse a mirar y los ya mencionados dulces, que escrupulosamente limpios vendedores ofrecen a precios bajos y realmente al alcance, el parque es una fiesta.

Norma piensa que es una linda manera de pasar un tiempo libre y nosotros, Alicia y yo, concordamos en ello. ¡Qué lejos me parecen los días en los que durante la semana, allí, prácticamente te asaltaban vendedores de droga y no era raro cruzarse en la noche con alguna rata curiosa! Los sábados y domingos había más movimiento, pero la poca organización impedía que buenas iniciativas tomaran cuerpo. Es cierto que siempre fue el parque Kennedy un polo atractivo para el paseante, sin embargo me parece por lo que oí, que el asunto es mucho más serio y de verdad, ese pulmón de Miraflores, con su césped, sus árboles, sus glorietas que son espacios públicos y su vida, cumple cabalmente sus funciones.

Pero nuestra conversación giraba alrededor de dulces populares antiguos y como han sido rescatados y se ofrecen al público. Las manzanas acarameladas, rojas y brillantes, la dulce melcocha, cuyos trozos eran la delicia más grande, el turrón de masa casi naranja, relleno de goteante miel roja, los gloriosos picarones, los barquillos, esas frituras de masa bañadas en miel roja también, muy grandes, que nunca supe como se llamaban… Dulces que cuando éramos chicos nos recomendaban no comer, cosa que hacíamos cuando teníamos un poquito de plata para comprarlos casi a escondidas, en el zoológico y laguna de Barranco, en la Bajada de Baños o en el mismo parque municipal. Comíamos, no nos enfermábamos y si sucedía era por lo general de indigestión debido a un atracón desaforado, no porque fuera comida en mal estado o preparada impropiamente.

Después de escuchar a Norma, entiendo que los chicos y adolescentes de hoy tienen la oportunidad de saber cómo eran los sabores de la tentación hace años y como se mantienen porque a alguien se le ocurrió que lo que es bueno y agradable no tiene porqué cambiar aunque nos rodee la informática, los televisores sean de plasma e inmensos, existan los Wachiturros y las rockolas sean piezas de museo.

Bien por Miraflores, por avivar el recuerdo y albergar el entretenimiento para el individuo que pasea.

 

CUMPLEAÑOS


 

Hoy empiezo a escribir tarde: es que leer y contestar los saludos toma tiempo, sobre todo si uno deja un poquito de espacio en medio. Pero de verdad, me he sentido tan bien y tan acompañado en este cumpleaños como para disfrutar de ese calorcito que se llama amistad y cariño, de un modo excepcional.

Estoy seguro que esto que escribo, no lo leerán muchos de quienes me han felicitado y deseado lo mejor, pero sin embargo quisiera que cada una de estas palabras llegara a sus múltiples destinos, envolviendo un inmenso abrazo para todos: para los que me escribieron, los que llamaron por teléfono, los que vinieron…, los que se acordaron.

Ayer temprano hablé por teléfono con mi hermana Teté, como lo hago todos los domingos: así Arequipa queda a la distancia de un marcado de teléfono y podemos estar juntos aunque nos separe la distancia. Mi hermana, que tiene ochenta, riéndose me decía que nunca se podría olvidar, que casi nazco en el ascensor de la clínica y que todos los preparativos de bautismo no existieron, porque se presentó de improviso a la clínica Monseñor Juan Gualberto Guevara, el primer Cardenal que tuvo el Perú, que era muy amigo de mi padre, a bautizarme y la ropa con que se bautizaron mi hermana y mis hermanos y que preparaban para mi, estaba en casa y tuvo que ser sustituida de emergencia por una “mañanita” de mi madre.

Le dije a Teté que ese fue el inicio de mi informalidad: casi nazco en movimiento, me bautizaron corriendo y de seguro la llegada del Cardenal causó un desmadre en la organizada rutina de las monjas que estaban entonces en La Maison de Santé. Hoy, sesenta y cinco años y un día de vida me encuentran feliz porque compruebo que tengo (lo digo siempre) tantos amigos.

He sabido de personas a quienes había perdido el rastro hace tanto que sus mensajes o llamadas han hecho que la película de mi vida se rebobinara de tal manera a instantes tan hermosos, que estoy seguro de algo: ha sido el día en que más he sonreído y en el que también he derramado muchas lágrimas de alegría.

Sabemos que estamos vivos, porque somos queridos. Yo confieso sentirme inmensamente vivo porque es tal el cariño, que me pongo rojo de pensarlo.

SIN ARGUMENTOS


Vuelvo a decirlo: aunque lo quiera no puedo dejar de escuchar los tonos imperiosos, casi gritados, con los que una vecina exige a su hijo deberes, orden y atención. El otro día el niño le decía a su madre que porqué se desquitaba con él y al final rompió en llanto, mientras lo seguían increpando y le pedían que se callara: “¡Tú cállate! ¿Me has oído? ¡No llores y cállate!”

El niño ya no decía nada, solo lloraba. Finalmente hubo un portazo y silencio, punteado por los esporádicos sollozos de la criatura.

No sé que drama familiar se esconde en esta demostración de “pedagogía”, pero no me parece que gritar e imponerse por el poder sea un método educativo. Es cierto que muchos adultos pierden la paciencia frente a situaciones dadas, pero normalmente sucede cuando sienten que ellas se escapan de sus manos, o ven amenazada una equívoca autoridad.

Parece ser que gritar es el modo de discutir de algunas personas que no conciben que se les lleve la contraria o que se cuestione su actitud. Las muestras de esta conducta nos ofrecen niños con caracteres ariscos, modos de ser huraños y comportamientos agresivos. ¿Qué puede pensar un niño si ve que los argumentos de su padre o su madre son los gritos, las amenazas y los golpes? ¿Cómo puede pedirse reflexión a un adulto que ha sido abusado verbal o físicamente por quienes le dieron la vida y deberían guiarlo hacia algo mejor que el resentimiento? Es verdad que hay niños capaces de hacer perder los estribos, pero la culpa suele ser de una pésima educación, esa que se entiende por obediencia ciega y punición en casos de falta.

Vuelvo a decir que no sé cual es la verdad que se esconde detrás de los gritos y el llanto de mi vecindad, pero me da la impresión que la carga emocional diaria se vacía en el que no puede defenderse, por edad, posición o situación.

Las frustraciones personales encuentran un desahogo en los gritos y órdenes imperiosas, a veces en las amenazas o los golpes. Me subleva tal hecho, porque el miedo del vencido se transforma en la ira desatada del déspota. No hay nada peor que la persona que se “desquita” con sus hijos de un mal día de oficina.

Mis padres siempre razonaron conmigo sin dejar de ser por eso rigurosos. De ellos aprendí y no creo en las inútiles bravatas de quien no tiene argumentos y no quiere darse cuenta que su posición es equivocada. “La letra con sangre entra” es un dicho que con el tiempo genera venganza, revancha contra todo aquello que signifique autoridad, a la que se ve como impositiva y ciega.

La Ley del Talión no creo que sea la más adecuada.