HABLAR DE MÁS


Hay personas que no se dan cuenta y dicen cosas que de pronto no hubiesen querido. Su entusiasmo las lleva a hablar mucho más de lo que deberían, creyendo que “lorear” es sinónimo de gente entretenida y sin pensarlo, se lanzan a peroratas donde no solo no se puede meter baza, sino que no escuchan al otro o a los otros con quienes “conversan”.

Generalmente, si de alguna manera se les hace notar esto, se enojan y dicen no comprender el por qué se reprocha su conducta: se resienten y critican diciendo que nunca tienen oportunidad de hablar.

Lo cierto es que este mal es doble, pues no solo hablan sin parar sino que no escuchan. Como si el constante ejercicio al que se ve sometida su lengua, los dejara sordos.

A veces recuerdo, cuando los oigo, una pajarera de bronce, inmensa, que estaba ubicada en el centro del lobby de un hotel en USA. El parloteo, trinos y chillidos de las aves se escuchaban en todo el piso, haciéndose especialmente insoportable, impidiendo hablar o escuchar otra cosa. La conformación del local y la ubicación de la pajarera lograban un efecto curioso. Había lugares donde el silencio era casi perfecto a pesar que los pájaros estuviesen sonoramente activos. También me acuerdo, a propósito de los incontinentes verbales,  del “Cono del Silencio” de la serie de TV donde el “espía” Maxwell Smart nos divertía con sus desaguisados y ocurrencias. Me acuerdo, porque a veces uno quisiera disponer de él y dejar la cháchara convertida en mímica.

El español está lleno de refranes sobre la necesidad de callar: desde “En boca cerrada no entran moscas” hasta “Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla”. Empero al que sufre de verborrea no le interesa ni le importa. Seguirá adelante, haciendo lo posible por monopolizar la conversación, interrumpiendo para dar su versión, su parecer o competir tratando de igualar o ser más en el caso de sentirse un poquito fuera de sitio. Si de enfermedades se trata, las tiene todas y de cada una ofrece detalles. Es más jurisconsulto que los abogados en temas de leyes; conoce a la perfección –y lo dice- sobre política y su opinión no solo está basada en lo más sesudo y fresco del pensamiento, sino que lleva la razón única. Entra en todos los terrenos, navega en cualquier agua y nunca por nunca pierde o queda en silencio y si lo hace es para asegurarse que la suya es la última palabra dicha.

No estamos libres de seres así y lo único que nos queda, creo, es ignorarlos. Son ciegos y sordos pero no mudos y nada más que la desatención nos salvará momentáneamente. Lo mejor será despedirnos y cuando nos hayamos ido, disfrutar del silencio.