SIN ARGUMENTOS


Vuelvo a decirlo: aunque lo quiera no puedo dejar de escuchar los tonos imperiosos, casi gritados, con los que una vecina exige a su hijo deberes, orden y atención. El otro día el niño le decía a su madre que porqué se desquitaba con él y al final rompió en llanto, mientras lo seguían increpando y le pedían que se callara: “¡Tú cállate! ¿Me has oído? ¡No llores y cállate!”

El niño ya no decía nada, solo lloraba. Finalmente hubo un portazo y silencio, punteado por los esporádicos sollozos de la criatura.

No sé que drama familiar se esconde en esta demostración de “pedagogía”, pero no me parece que gritar e imponerse por el poder sea un método educativo. Es cierto que muchos adultos pierden la paciencia frente a situaciones dadas, pero normalmente sucede cuando sienten que ellas se escapan de sus manos, o ven amenazada una equívoca autoridad.

Parece ser que gritar es el modo de discutir de algunas personas que no conciben que se les lleve la contraria o que se cuestione su actitud. Las muestras de esta conducta nos ofrecen niños con caracteres ariscos, modos de ser huraños y comportamientos agresivos. ¿Qué puede pensar un niño si ve que los argumentos de su padre o su madre son los gritos, las amenazas y los golpes? ¿Cómo puede pedirse reflexión a un adulto que ha sido abusado verbal o físicamente por quienes le dieron la vida y deberían guiarlo hacia algo mejor que el resentimiento? Es verdad que hay niños capaces de hacer perder los estribos, pero la culpa suele ser de una pésima educación, esa que se entiende por obediencia ciega y punición en casos de falta.

Vuelvo a decir que no sé cual es la verdad que se esconde detrás de los gritos y el llanto de mi vecindad, pero me da la impresión que la carga emocional diaria se vacía en el que no puede defenderse, por edad, posición o situación.

Las frustraciones personales encuentran un desahogo en los gritos y órdenes imperiosas, a veces en las amenazas o los golpes. Me subleva tal hecho, porque el miedo del vencido se transforma en la ira desatada del déspota. No hay nada peor que la persona que se “desquita” con sus hijos de un mal día de oficina.

Mis padres siempre razonaron conmigo sin dejar de ser por eso rigurosos. De ellos aprendí y no creo en las inútiles bravatas de quien no tiene argumentos y no quiere darse cuenta que su posición es equivocada. “La letra con sangre entra” es un dicho que con el tiempo genera venganza, revancha contra todo aquello que signifique autoridad, a la que se ve como impositiva y ciega.

La Ley del Talión no creo que sea la más adecuada.