TIEMPO DE DESGRACIAS


 

Parece ser que este es un tiempo donde las desgracias se van juntando, o por lo menos es lo que uno saca cuando ve los medios.

A los huaycos y sus desgracias en diversas zonas se unen los de Chosica y también el derrumbe que mantiene en zozobra al país, con mineros enterrados desde el pasado jueves. Si a esto le sumamos las muertes por asesinato y mano propia y otros temas parecidos, concluiremos que parecen suceder muchas malas cosas juntas. A nuestra ciudad confluyen las noticias y son las desgracias las que tienen mayor cobertura, sin que quiera yo quitarles nada de importancia. Un tiempo de desgracias junto con los días oscuros de semana santa se ha abatido al parecer sobre nosotros. Sin embargo hay luces tímidas que no divisamos porque la intensidad de las malas nuevas parece apabullante. Sin embargo en el Perú siguen naciendo niños, hay sonrisas que saludan las mañanas con sol, el pasto brota verde y un mucho de esperanza anida en el tratar de ser mejores. Como diría el “Cumpa” Donayre:

“También al huayco, a las inundaciones, las sequías,
les sabemos su cara de miseria.
Sus derrumbes, sus vértigos de sangre,
les conocemos desde viejas edades.
Y para todas esas camaradas desdichas,
hay un Pedro Quispe y una Juana Flores,
que a fuerza de coraje, de sudor, de esperanza,
han atrapado un rayo enfurecido entre sus manos
y lo han hecho una estera de amor, un duro adobe,
ladrillo rojo, una vivienda rústica, una torre;
el perfil majestuoso de una iglesia,
un pueblo, una ciudad y una costa
o una sierra de continuadas urbes
que se levantan y caen sin miedo a nada:
¡Viva el Perú Carajo!”

 

 

Especialmente en épocas como estas, vuelvo a oír el poema del “Cumpa” y no puedo dejar de sentir que la esperanza es más grande que las tragedias por incontables y duras que estas sean. Es la que nos hace seguir a pesar de dificultades y trabas. La esperanza en que debe haber algo mejor, porque nuestra lucha no puede acabar de repente con un silencio oscuro. Admitirlo sería doblegar la cabeza y aceptar lo que venga sin intentar conquistar nada. Lo peor es que en lugar de tener los bazos abiertos, los crucemos.