CANSANCIO


Ayer me dije que sería el último día de esta semana que escribiera, pero algo me dice que debo hacerlo hoy. Tal vez fuera que después de soñar con mi padre y con mi madre, me puse a pensar que nunca (salvo en ese sueño) le había escuchado decir a él que estaba cansado. De pronto, en mi sueño, mi padre se echaba en la cama y decía:” ¡Qué cansado estoy!” y se recostaba  sin importarle que hubiera algo así como una caja allí, que le estorbaba. Mi madre y yo nos miramos y ella sacó el objeto para que mi padre se acomodara y descansara. Curioso sueño tantos años después que ellos duermen para siempre.

No con esto quiero decir que yo esté cansado de escribir de lunes a viernes y necesite parar. Repito lo dicho alguna vez: escribir resulta para mí como respirar. Lo necesito porque si no me ahogo. Se trata de otra cosa y vuelvo a mi padre y al hecho que nunca lo vi manifestar cansancio. Era un hombre que empezaba su día a las seis de la mañana y terminaba durmiendo a las once de la noche. Todos los días desde que tengo memoria lo hizo salvo cuando una vez al año enfermaba de gripe por cuatro días y supongo que también alteró su ritmo cuando lo operaron para extirparle un lunar canceroso de una de las aletas de la nariz, que seguro se lo había ganado con sus largas exposiciones al sol cuando recorría las sierras y los desiertos del Perú construyendo caminos.

El ritmo de vida que llevaba era duro, pero ordenado. Comía a sus horas, tenía un tiempo para leer y uno casi podía poner el reloj en hora siguiendo sus actividades diarias.

Para él no existía ni antes ni después de la hora, sino la hora exacta. Llegaba puntual y esperaba que los demás lo fueran. No resultaba ser intolerante con esto, sino otra vez exacto. Si le decían a las seis, por ejemplo, solía esperar un cuarto de hora, al cabo del cual, amablemente se despedía: era una buena forma suya la de entender la cortesía.

Cuando era chico y lo acompañaba como ayudante para sostener la mira mientras él utilizaba el telémetro y subíamos y bajábamos cerros, él cargando la famosa mira que era una vara rígida larga y marcada con milímetros, sus instrumentos de medición y alguna provisión,  nunca lo escuché hesitar del cansancio o manifestarlo. Trato y por más que busco situaciones en que Manuel Enrique fuera vencido por el cansancio, no las encuentro. Y lo curioso es que no fingía: simplemente el estar cansado podía sucederle, pero no era óbice para cumplir con lo que tenía que hacer.

Ahora, es este momento, pienso que era uno de los muchos ejemplos que me dio sin decir nada. Él era así: predicar con el ejemplo, le dicen. Era su manera de ser y actuar.

Cuando pienso en la anécdota de este post, sé que fue un sueño. En la realidad mi padre nunca se cansaba, o por lo menos no lo hacía saber, para que los demás le acompañáramos siempre más allá,  adelante.

Vuelvo a decir: si no escribo me ahogo. Uno siempre escribe por y para alguien: gracias por los lectores.