EL SILENCIO DE LA SIESTA


Estamos en Semana Santa. Como sucede desde hace algún tiempo, una época con significado religioso, en una nación que dice mayoritariamente profesar el catolicismo, se convierte en una oportunidad de vacaciones, viajes y celebraciones del ocio. Lejos o reducidas a su mínima expresión en participantes están los días en que las ceremonias de Semana Santa tenían una verdadera significación. Hoy se espera incrementar el turismo interno, aumentar las ventas y gran cantidad de actos que eran netamente religiosos se tornan “turísticos”. Está sucediendo poco a poco que se parece ingresar a una zona de “a -religiosidad”  que vuelve indiferentes a muchas personas en relación con unas creencias que dicen profesar.

No quiero aquí ir contra las vacaciones, el turismo, las celebraciones o el descanso. Tampoco contra el aumento del turismo interno y los beneficios que este produce. Lo que sí deploro es que el ser humano se esté volviendo sordo. Entiendo los argumentos de la velocidad y modernidad que lo cambian casi todo. Entiendo pero no comparto. Y esto no es ser en modo alguno retrógrado ni vivir en el pasado creyendo que el ayer fue mejor. Simplemente constato que a mi alrededor se abandona una necesaria introspección junto con una costumbre, en parte de la gente de tomarse un momento para reflexionar y eso me apena y preocupa. La bulla y el festejo no son los mejores momentos para mirarse dentro. Se necesita un poco de tranquilidad, de paz, para conversar con uno mismo e ir resolviendo problemas personales y aclarando dudas. Nos estamos acostumbrando a “no pensar”, no solo porque, como decía un comercial “eso cansa” sino porque está más de moda seguir adelante sin detenerse y examinar lo caminado.

La Semana Santa servía para eso. Era un alto en el camino, en el que sabiamente una religión ponía temas de importancia para el ser humano, con el fin que este pudiera aprovecharlos personalmente. El ritual que acompaña a cada acto tiene un significado religioso, es cierto, pero también humano. Son las ayudas para pensar. Todo se va disolviendo y la bulla crece en los “campings” y parece ser que en los espíritus. El silencio empieza a dominar una ciudad que se despuebla por los viajes, pero es el silencio de la siesta, donde se prefiere dormir a pensar.