EL OSO DE JAÉN


Creo que fue cuando empezaban los sesentas, que fuimos de excursión, viaje en realidad a la ceja de montaña con un grupo de compañeros de clase. Estábamos todavía en el colegio y yo, excitadísimo por la novedad y pertrechado como se debía, casi no llego a ir, porque una descomposición de estómago un par de días antes de la salida, puso en peligro mi sueño. Por suerte mi madre, a punta de “Entero Vioformo” y dieta, me dejó débil, pero casi lo suficientemente sano para ir. Viajamos en ómnibus hasta Chiclayo pero lo único que recuerdo de ese trayecto eran los retortijones que sentía y la incomodidad de ir en el último asiento, algo encogido y con la cabeza que chocaba con las barras de fierro que protegían los vidrios posteriores. El malestar me sobrevenía en oleadas, cada vez más espaciadas, por suerte. La llegada a Chiclayo y tener a mi alcance un baño mejoró las cosas. Luego de un desayuno, que no probé, salimos en otro bus rumbo a Jaén. Íbamos cantando y fascinados por un paisaje que cambiaba. De pronto un bache nos hizo saltar a todos y alguien dijo: “¡Atropellamos un chancho!”. El chofer riendo dijo que seguro era una piedra o un perro, porque los chanchos hacían más ruido.

En Jaén nos hospedaron un una escuela donde estudiaban para técnicos en agronomía y que estaba vacía por vacaciones. Nos alojamos en un dormitorio grande, una verdadera cuadra de cuartel, donde había camas camarote. Recuerdo que sorteamos para decidir quienes dormirían en las superiores y que a uno de los que les tocó usarla, durante la noche, ya dormido, se cayó debido seguramente a una pesadilla.

Recuerdo también después, viajes en la tolva de un camión de barandas, sentados a horcajadas temerariamente en ellas y que a los gritos de aviso, nos tirábamos al piso de la tolva para evitar las espinas de las ramas de los árboles que sombreaban la trocha. Un noche en un restaurante de la zona preguntamos por el baño y nos dijeron: “¡Cuidado con los  osos!”. Para llegar al lugar que hacía de baño, había que pasar por un lugar estrecho, donde había una jaula con dos osos de anteojos, supongo que capturados hacía poco. La fila de necesitados raleó y Manuel se aventuró a ver a los osos. De pronto uno de ellos dio un manotazo entre los barrotes y rasgó la camisa de Manuel convirtiendo el hecho en una peligrosa aventura de verdad. No me acuerdo mucho más, pero seguramente visitamos todo lo visitable y volvimos a Lima, después de un necesario baño de país real.

El viernes por la noche, estando Manuel y Jasna de visita en casa, de pronto él me dijo “¿Te acuerdas de los osos?” y mi memoria voló a esta larga anécdota. Nos reímos mucho y salpicamos la conversación con sus historias de cacería de venados y algún oso. Pasamos una tarde-noche deliciosa, quedándome, como se dice “con la miel en los labios”, porque cuando nos reunimos los amigos de verdad no solo vuela el tiempo, sino parecería que este faltase para recorrer tantos recuerdos y ponerse al día: Sesenta años de amistad no son poca cosa.