LEYENDO LO QUE HAY QUE LEER


Definitivamente, cuando uno lee se cuestiona lo que escribe. Se lo cuestiona porque se da cuenta que siempre habrá mucha más gente que lo hace mejor, mucho mejor y que lo que se alcanza a hacer no pasa de balbuceos.

Estoy leyendo un libro de Saramago, titulado “Claraboya”, cuyo original estuvo “perdido” 19 años hasta que de la editorial donde envió su manuscrito cuando era un joven, le respondieron “que lo habían encontrado en una mudanza” y que estaban dispuestos a conversar sobre su publicación. Claro, a esas alturas el portugués ya había obtenido el premio Nobel y por supuesto su fama era universal. El escritor agradeció, recogió personalmente los folios e hizo lo que cualquiera en su sano juicio haría: ignorarlos, añadiendo supongo un buen “corte de manga” mental.

Hay personas que creen que pueden aprovechar del prójimo y que este no tiene memoria o es estúpido. Mi lectura se la debo a Anagrama y a la Fundación José Saramago. Pongo esto como ejemplo de cuan primariosos son estos escritos al lado de gigantes como él. Y si se hace un recorrido rápido de títulos se comprueba que no solo hay muchísimo por leer, sino que son buenas historias, magníficas tramas y que bajo la apariencia de sencilleces como la novela a que aludo, se esconden enormidades que hacen que se prefiera leer.

Sin embargo escribo para contar un poco lo que hago, lo que pienso. Escribo y sé que algunos me leen. Para ellos, un mensaje: lean mucho. Lean hasta cansarse, porque es la única manera que conozco, lo digo una vez más, de enriquecerse. De atesorar aquello que una vez guardado dentro de uno, no hay forma de que lo quiten, lo ataquen destruyéndolo. Tal vez el alzheimer corroa lo leído, pero mientras tanto se gozará de algo que nunca se podrá contar bien, porque el lector no encontrará otras palabras que las leídas y todo lo que diga carecerá del brillo y la emoción de descubrir detrás de cada frase un mundo.

Saramago y escritores del mundo, ¡chapeau!

 

JUGAR CON FUEGO


Eso es lo que estamos haciendo. Sabiendo las consecuencias pero sin que parezca importarnos mucho.

No se explica de otra manera que se vendan alimentos en mal estado, que chalecos antibalas “no sean apropiados” y se tengan que retirar mil unidades cuando ya estaban enviadas para “proteger” vidas.

Detrás de todo hay una sociedad en descomposición que acepta y da coimas, engaña, falsifica, roba, extorsiona y claro, mata. Todo sin que se arrugue un músculo, salvo tal vez los necesarios para una risa cachacienta. Todo dando señales de normalidad de un “aquí no pasa nada” y donde miles de Pilatos se lavan las manos.

¿Qué está pasando? ¿Es que como sociedad ya no tenemos remedio y damos por bueno lo malo? ¿Es que lo visible se vuelve invisible al toque de la varita mágica del dinero?

A veces, cada vez más seguido, el hígado crece, metafóricamente hablando, a la vista de tanto desbarajuste, por emplear una palabra suave y el ánimo se solivianta ante un dejar hacer, dejar pasar, que avergonzaría al más pintado. Sin embargo cada día se acumula la inmundicia generada por quienes debían guardar la limpieza. Una pequeña parcela de poder se usa para ampliar dominios non sanctos y lograr beneficios inexplicables. La trampa es moneda corriente y está tan enraizada que se la llama “viveza” haciendo tristemente cierto aquello de que “el vivo vive del zonzo y el zonzo de su trabajo

Sé que con este post y estas palabras no voy a lograr nada, porque quienes me lean pensarán que soy uno más que sufre de “delirio de persecución” en un país donde las cifras van para arriba. Sí, las cifras van para arriba y lo hacen también las de los asesinatos, las agresiones, los robos encubiertos y descubiertos, los atropellos múltiples y las vejaciones sin nombre. Quienes me lean pensarán que mis palabras son solo eso: los refunfuños de un amargado que no aprendió a sonreír. La verdad es que si mis palabras fuera balas, habría una carnicería y que quiero sonreír cada mañana porque estoy vivo, respiro y puedo moverme, pero me pongo triste cuando me entero en ese instante que los muchachos que van al VRAE corren hacia la muerte, que siguen operando empresas con juicios por defraudación, con licencia para matar o enfermar a muchos, mientras engordan billeteras. Se me va la sonrisa cuando leo que se lucró con la desgracia y la muerte provocadas por un desastre natural. Solo tengo las palabras y la indignación.

Y aunque se escuchen similares por muchas partes, la podredumbre es sorda ciega, muda y muy grande.

¿Qué hacer?: ¡Decir basta!, pero no basta decirlo. Hay que parar.

Estamos jugando con fuego y este, siempre quema.

 

MIRAR POR LA VENTANA


Pierce debe estar nostálgica: mira con lo que podríamos interpretar como tristeza por la ventana o toma un poquito de sol en el patio, desganadamente.

Desde hace seis meses no sale a la calle, no tiene jardín por el que corretear ni hay pájaros a los que pueda acechar. Se ha adaptado al nuevo ambiente y a sus condiciones de “reclusa” pero a veces los aires de libertad la invaden y corre por el pasillo, galopando como un caballo.

Hoy, sin ir muy lejos, sentada sobre el respaldar de un sillón equilibraba sus nostalgias viendo pasar a los automóviles por la avenida. Como una estatua, inmóvil, o recordaba épocas pasadas tratando de fijar un movimiento que seguramente atesorará para después.

Duerme como solo los de su clase pueden hacerlo a las horas más inopinadas. Duerme mucho porque está en su naturaleza y porque seguramente se aburre. De vez en cuando afila las uñas en la base del postecito que tiene para jugar y logra sacar pelusas del forro de tapizón que luego persigue haciendo como que les da caza. Se aburre nuevamente y pierde el interés: abre el hocico en un bostezo que muestra una lengua rosada y unos colmillos inútilmente afilados. Guiña los ojos y luego los cierra, meditando en quien sabe qué.

Come cuando quiere, toma agua y usa la caja de arena tapando sus deshechos con las patitas traseras,

Pierce da vueltas y reposa. Reposa, diría mi madre, de no hacer nada. Disfruta las caricias en la cabeza y que le rasquen debajo del hocico. Cada vez que Norma viene de visita, la reconoce y se instala cómoda en su regazo. Lo mismo sucede cuando Alicia María o Daniela nos visitan. En realidad ha perdido toda vergüenza y cuando algún amigo o amiga están a vernos, sale, hace una somera inspección y se instala en su lugar favorito, en la cima del respaldar del sillón unipersonal de la sala. Sin embargo creo que se aburre. Ya se acostumbró al territorio reducido y a la falta de verde, pero cuando mira por la ventana, parece esos marineros que desde el puerto sueñan con el mar o fabulan historias que contarán después en las tabernas. Pierce no las cuenta, pero tengo el convencimiento de que sueña y fabula.

SELF


He conseguido comprar varios libros con un descuento importante y desde el domingo me estoy dando un banquete de lectura, muy a mi modo, leyendo tres títulos alternadamente. Títulos que no tienen nada que ver el uno con el otro y que me permiten ejercitar memoria, curiosidad y capacidad lectora a la vez.

Caigo a menudo en el tema de la lectura, pero es que para mi resulta tan importante y enriquecedor, que recuerdo los casi tres meses que pasé ciego y todo el otro tiempo largo en que no pude leer y me asombro de cómo mi cerebro se regenerara al punto de lograr descifrar las letras, mi memoria se mantuviera para recordarlas y mi capacidad de comprensión estuviera pronta para poder entender lo que leía. Muchas veces he dicho que la importancia del cerebro es tal, que sin él no seríamos nada: solamente un pedazo de carne que posiblemente lata debido al pulsar rítmico del corazón.

Esto es lo que no llego a entender de quienes adrede atacan al único órgano que nos hace ser. Donde habita el “self” que permite que, valga la redundancia, seamos.

No lo concibo y cuando veo a los boxeadores machacar con los puños la conciencia del contrario y hacer que su cerebro se golpee contra las paredes del cráneo produciéndose hematomas que a veces llevan al desvanecimiento y a la muerte y a quienes consumen drogas, llámense estas cocaína o sus derivados, marihuana, morfina, alcohol, metadona y tantas otras combinaciones formuladas para sacar de su eje natural al órgano pensante, siento que hay una tremenda equivocación.

Muchos viven en mundos paralelos donde respiran colores, ven sabores y escuchan hablar a las plantas. Buscan fugarse de un mundo que no les es amable por miedo a este o por la cobardía de no querer enfrentarlo. Cada vez que pienso en el daño que le he hecho a mi cerebro con el alcohol ingerido y los compuestos químicos del tabaco que fumaba, me admiro lo fuerte que este órgano es para continuar subsistiendo, funcionando y haciendo funcionar mi existencia. Suena melodramático pero no le ponemos interés alguno y se prefiere una operación para bajar la barriga que mantener un estado mental no digo óptimo, pero sano.

Tal vez sean los años y las cosas que me han pasado los que me hacen pensar así. Tal vez, pero ahora aprovecho para poder leer, porque no sé si mañana podré hacerlo o la agudización de un accidente vascular dejará mi cerebro en blanco y a mí como un objeto. No lo sé y trato de aprovechar el tiempo: de sacarle el jugo a las horas y absorber lo posible ¿Para qué? Tal vez porque los que escribieron esperaban que alguien los leyera y aunque desaparecidos ya, sobrevivieran en esas letras que tan amorosamente unieron.

TÍTULO HABEMUS


 

Ayer ha sido un día especial. Pocas veces pongo en un post tantas fotos, pero es que la alegría de recibirlas y el hecho sucedido me garantizan por lo menos las disculpas de mis lectores. Compartir lo bueno es disfrutar mucho más. Por eso muestro las imágenes que gentilmente tomaron ayer en la Universidad Católica, cuando fui ayer a recoger el título de Bachiller en Ciencias de la Comunicación que la Universidad me concedió. La alegría viene por lo ocurrido y porque es un título profesional otorgado gracias a la insistencia de mis amigos para lograrlo y a su esfuerzo para concedérmelo. Este título, que es el primero que tengo y el único, me llena de orgullo porque proviene de la Universidad que quiero, en la que a pesar de no contar con título, me tuvieron como profesor a solo un año de fundarse la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación hasta hace dos. El mérito para nada es mío sino de todos aquellos que de una u otra manera colaboraron día a día en hacer de ese joven al que le gustaba la publicidad, un hombre que ha vivido casi cuarenta y cuatro años actuando en el mundo de la comunicación. Al mirar atrás me doy cuenta de cómo habría avanzado más si hubiese seguido estudios regulares de la especialidad. Al principio no había donde aprender y luego la vida y el trabajo me llevaron por caminos donde detenerse era imposible. Y así seguí tratando de suplir por mi cuenta lo que no podía absorber en las aulas. Los libros fueron mi escuela y el diario vivir lo fue. Pero siempre eché a faltar esa experiencia profunda que da la vida universitaria y que yo veo en cada uno de los muchachos y chicas que por suerte me tocaron como alumnos. Aprendí por el viejo método de acierto y error y apliqué las consecuencias de mis acciones. Desde ayer tengo la alegría de contar con un título profesional, lo que les hubiera gustado ver a mis padres y a mi hermano. Estoy seguro que se alegran conmigo y por mí desde su sitio en la eternidad.

Y este agradecimiento alegre no es solo para mis amigos y para lo que me sufrieron como alumnos, sino para mi familia que supo darme fuerzas y esperanza siempre.

Hoy sé lo que sienten los muchachos que obtienen su título de bachiller, con una pequeña diferencia: ellos son jóvenes y lo tienen todo por hacer y yo cumplí ya 65 años y tengo bastante que mostrar.

Baste decir que soy muy feliz, que este es un hermoso e inmerecido obsequio y gracias a quienes hicieron que sucediera.

NO HAY TREGUA NI PAUSA


Un fin de semana sin escribir hace que se acumulen los sucesos y las noticias ofreciendo un panorama amplio… ¡de desgracias! Tratar de hablar sobre la coyuntura parece que nos diera un panorama sombrío al qué referirse. Entiendo que nadie lee para revolcarse sobre las heridas y menos en el inicio de una semana. Muchas cosas buenas han de estar sucediendo en el mundo, sin embargo el comentario no puede dejar atrás tintas oscuras.

Como el caso minero de Conga, que no parece dejar satisfecha a la población cajamarquina, por más modificaciones que se hagan a un plan original que amenazaba la ecología al extremo de tener que optar por el oro o por el agua.

Aquí, en Lima, a kilómetros y kilómetros del terreno, el tema se conoce sólo por lo que se lee, se escucha y se ve. De un lado y de otro las razones tiran, pero me da la impresión que en medios de comunicación la minera tiene una posibilidad más amplia de dar las suyas. Los cajamarquinos, por más agrupados que estén solo pueden aspirar a ser noticia y ya se sabe cómo se dan las noticias…

El dictamen de los expertos contratados fue objetado sin conocerse y desautorizado por una población que siente una verdadera amenaza y no cree en las promesas de una compañía que al parecer no dijo la verdad e hizo lo que quiso. Quien falseó lo cierto una vez, puede, dicen, volver a hacerlo. Y cualquier falla por pequeña que pudieran tener, será magnificada y mostrada como ejemplo. Se repite el viejo dicho: “La mujer del César no solo tiene que ser honesta sino parecerlo”. Las buenas intenciones aparentes, no bastan y la disyuntiva continúa a pesar de todo: agua u oro. Sin embargo creo que se olvida que el oro no es la única solución, pero a los amigos cajamarquinos les costará mucho más alcanzar el desarrollo real, que no se mide en raudas camionetas mineras ni en fortunas hechas al amparo del brillante metal. Se mide en el trabajo productivo de los campos, en ese poner toda la energía y la creatividad a funcionar en una región que es rica. Rica en mineral y en mucho más. Pienso que se pide escoger, sin ni siquiera, por ambas partes, ceder un poco para admitir lo bueno. El que “sólo la minería salvará al país” es una mentira grande que ya trajo problemas desde que se nos vio como un terreno de donde había que sacar. No hemos pensado en poner. En mucho tiempo las industrias extractivas, muy rentables, han ido depredando el territorio sin dejar prácticamente nada: allí están el guano, el caucho y la anchoveta, muy notorios. Conga no debería ser una repetición de las desgracias. Los cajamarquinos no lo quieren. Supongo que el Perú tampoco. Parafraseando a la esposa del presidente peruano: “¿Es tan difícil hacer las cosas derechas, bien?”