EL PICNIC MÁS LARGO DE MI VIDA


 

 

Creo que nunca he escuchado ruido tan estruendoso de vajilla que en una cafetería de Madrid, España, donde me coloqué para pedir un café y una medialuna que me sirvieran de desayuno hace muchos años.  Nunca me pude imaginar que los platos y cubiertos pudieran sonar tanto y que el acompañamiento de órdenes gritadas tuviera tal volumen. Fue en un viaje de esos locos que uno hace en el mundo de la publicidad y viajé millas y millas por muy poco tiempo, para presentar una campaña a Iberia, la línea aérea de aviación que en esa época era cliente de Creativity, la agencia donde trabajaba como director creativo. Viajamos el gerente de Iberia de Lima y yo, con una campaña que se reducía a un par de spots para TV y a otro par de avisos de revistas. Insistieron en que la campaña había que presentarla allá y en un tiempo en que las computadoras eran un sueño e Internet una quimera, nos fuimos a Madrid con bocetos, guiones y story boards.  El vuelo fue excelente, en especial porque Chus, el gerente de Iberia de Lima, había sido antes de ser destinado al área administrativa, compañero y “promoción” del capitán de la nave. Nos instaló en primera y abrió su bodega de rioja tinto.  Comimos de lo mejor, conversamos y ellos recordaron mil anécdotas resultando que ese era el último viaje del capitán como tal, porque se retiraba: lo tomamos como una celebración o despedida, pero nos advirtió que en la escala de Puerto Rico, debíamos volver a nuestros asientos normales y continuar el viaje hasta Madrid en ellos. Es decir, en San Juan terminaba la fiesta.

La presentación, entre esperas, conciliábulos, idas y vueltas, nos tomó medio día. Salimos y de allí nos fuimos a “celebrar” la aprobación con unas “tapas” y alguna “caña”. Recuerdo haber dormido una siesta larga luego, con ese sueño fruto del cambio de horario, cansancio de viaje, cansancio atrasado de trabajo, tensión por la presentación y su resultado. Hacia la noche, nos encontramos en el bar del hotel y mi anfitrión, porque eso era Chus, se ofreció para mostrarme Madrid de noche. Fuimos a quien sabe cuantos lugares, probando “tapas”, matizando las “cañas” con los whyskies,  viendo espectáculos y participando de esa “movida” madrileña que el buen tiempo estiraba. Volvimos al hotel empezando el amanecer y quedamos para repetir el plato esa noche. Así pasamos tres días y como Chus se iba a San Sebastián a ver a sus padres, yo me mudé del hotel al departamento de mis primos, pues él era representante de Chile en la Unesco. Con mi prima Maricruz conocí el Madrid de día, fuimos a museos, librerías donde yo me podía haber quedado a vivir y vi lo que había que ver, gracias a la paciencia de mi prima. Finalmente, me llevaron al aeropuerto y para no molestar más, me despedí de inmediato, disponiéndome a chequear mi maleta y prepararme para abordar, leyendo tranquilo un libro. Cuando llegué al counter hice mis trámites y me encontré con la noticia que IBERIA había suspendido sus vuelos eso noche, porque los sobrecargos y aeromozas estaban en huelga. Luego de lo que recuerdo como minutos angustiantes, nos llevaron en bus a un hotel del aeropuerto, para que pasáramos la noche, por cuenta de la compañía. ¡Felizmente eran los tiempos en que aún se apiadaban de ti y tenían algo de consideración! Por supuesto que la maleta ya estaba despachada y uno tenía lo que llevaba puesto. A la mañana siguiente temprano, duchazo, vestirse con la misma ropa y a desayunar al buffet. De allí en bus al aeropuerto y a volar hacia Lima. Otra vez en el counter, nos informaron que la huelga seguía, pero que volaríamos, eso sí, como no había personal de servicio que estuviese activo en el avión, nos entregaron unas bolsas plásticas, con publicidad impresa de cigarrillos Marlboro, que contenían agua mineral, alguna gaseosa, raciones de comida, toallitas húmedas y fruta, entre ella, naranjas: Esa era nuestra ración comestible y bebestible individual hasta llegar a la única escala que hacía el avión, en Guayaquil, Ecuador.

Como dice la canción “Todo empezó como jugando…” y allí nos acomodamos los pasajeros sin que nadie indicara asientos ni nada. El personal en huelga estaba, pero bien sentado y amarrado con sus cinturones de seguridad. Despegamos y todo fue normalmente. Los pasajeros, al rato, empezaron a pasear por los pasillos y la conversación se generalizó, se trabaron nuevas amistades y daba la impresión de un  salón de clases donde el maestro no estaba y los estudiantes aprovechaban. Alguien tuvo la idea de preguntar a un huelguístico sobrecargo acerca de la ubicación de la cerveza y de pronto esta empezó a materializarse, lo mismo que los vinos.

Tiempo después (porque si hay algo que sobra en estos vuelos es el tiempo) el clima a bordo era festivo, bastante achispado, diría yo. Empezó primero tímida y después feroz, una guerra de almohadas, que hacía volar a estas junto con mantas y por suerte nada más. Yo pensaba en las naranjas y su contundencia: felizmente parece que se las habían comido todas.

Bajaron los ánimos, se terminó lo bebestible colectivo y alcohólico y lo individual también, disponiéndonos a seguir volando con rumbo a Lima, parando en Guayaquil.

Llegamos finalmente a esta ciudad, bajaron los pasajeros que allí se quedaban y nos dieron la noticia que la huelga había acabado. Todo el mundo aplaudió y sonrió y cuando estuvieron todos acomodados, inclusive los que subían en la escala, no dijeron que sí, que la huelga había terminado y contábamos con atención y servicio, pero dieron una bolsa más pequeña a cada pasajero y advirtieron que a bordo no había nada de beber porque nos lo habíamos tomado todo y que cuidáramos nuestras provisiones para el viaje hasta Lima. Pasaron una bandejita con caramelos y sonrientes desearon feliz viaje.

Creo que este fue el picnic más largo de mi vida.

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.