RAVIOLES


Este puede ser un tema bastante banal, pero hoy quisiera tomarlos como tema de mi post.

El domingo almorzamos en casa de Alicia María y fuimos con Norma, amiga nuestra. Habían prometido locro, preparado por Daniela, que ya está en la universidad, pero alimentándose de teoría en su carrera de gastronomía que recién empieza. Como yo no como locro, que a decir de todos estaba excelente y le ganaron a la nieta felicitaciones encomiásticas (de encomio y también por comida), me preparó un plato de ravioles en salsa de carne, al que le puse mucho queso parmesano. De ellos puedo decir que no quedó uno solo en el plato: al punto, consistentes pero no duros; suaves pero no babosos, con un sabor a “casa y a familia” maravilloso.

La conversación de sobremesa se prolongó con café y hasta entrada la tarde.

Y me puse a pensar que Daniela preparó un plato especial para mí. Nada complicado es cierto, pero lo hizo y eso me basta para medir su cariño. Recuerdo que de chico esperaban que yo comiera de todo y trataron siempre que las verduras formaran parte de mi dieta. Ya he contado antes que ni disfrazándolas pudieron nunca hacérmelas comer. Preferí quedarme con hambre a atacar ensaladas, “arbolitos” o las variedades que existen de verduras incluyendo muchas de colores y no verdes. Nunca pude y ahora tampoco. Sé que las verduras son buenas, contienen vitaminas e incluso cuando Alicia María nuestra hija dudaba que las zanahorias ayudaran a la vista,  le preguntaba qué había visto  comer a los conejos (Bugs Bunny, por ejemplo). “¡Zanahoria!” era su respuesta y mi siguiente pregunta iba así: “¿Y has visto algún conejo con anteojos?”. Su corta edad y el que su padre que NO comía zanahorias usara anteojos, la desconcertaban ante lo que parecía ser una verdad.

El plato de ravioles me trajo a la mente otros domingos, cuando mis padres vivían, en que eran el plato especial del día. El del fin de semana, el de familia reunida y almuerzo largo.  Familia corta, es cierto porque mis dos hermanos ya no estaban en casa ni en Lima, pero siempre con algún invitado que traía aires frescos a la conversación. Veo a mi padre ofrecer paté y “pan negro” de centeno o una entrada de espárragos blancos envueltos en una generosa tajada de jamón con mayonesa casera y una ramita de perejil como adorno. En este domingo nos faltó Paloma y su familia, que están en Buenos Aires, pero sentí que estaban con nosotros y que Daniela seguía los pasos de su tía en la cocina…

El plato de ravioles, sencillo, dominguero y familiar hizo volar mi imaginación y tuvo el poder de llevarme a otros momentos, a otras épocas,  felices. Hoy que escribo esto me doy cuenta y no espero que interese a muchos, pero sí quisiera que sientan lo que yo sentí y recuerden momentos gratos. Finalmente, la vida es una sucesión de recuerdos y mientras más gratos, mejor.