MEA CULPA


El entusiasmo a veces lo gana a uno. Y con esto de Internet es muy fácil. Parece casi natural el hacer cosas que antes no se hacían, o no se mostraban porque pertenecían al ámbito privado.

Hace algún tiempo he estado subiendo imágenes a FaceBook que tenía en mis desordenadas cajas, a veces sin pensar que las personas que allí aparecían querrían exponerse como eran antes, con gestos que a mi me parecían cómicos o simplemente porque no querían traer al presente un pasado que no les agradaba. Vuelvo a decir que sin ninguna otra intención que la de compartir instantes (que eso era lo que buscaba la red social) es que he subido las imágenes. De pronto un mensaje privado me hizo pensar dos veces: a alguien no le gustaba su fotografía. Es así que he eliminado la mayoría de las que no conciernan directamente a mí y a mi familia. Habrá algún amigo por ahí, pero en realidad creo haber actuado como debería desde el principio.

La tentación de enseñar un álbum de fotos se multiplica pero una cosa es que una persona lo vea y otra que sean varios cientos los que lo hagan. Yo, como cualquiera, selecciono mis fotos y no pongo aquellas que a mí no me gustan. ¿Porqué hacerlo con otra persona?

Esto me lleva a lo que compartimos y como, cada vez la red social penetra más profundamente en nuestras vidas, exponiéndolas innecesariamente. Recuerdo como en Twitter había personas que documentaban su almuerzo con una fotografía y comentario, pensando que era importante para todos y como Facebook servía de fuente para comprobar la vida de los empleados de ciertas empresas, que gracias a unas ganas de notoriedad, combinadas con ingenuidad, decidían sobre el futuro de personas que aireaban su vida privada. Ni la “documentación” vía Twitter ni lo subido a Facebook interesan más que a un círculo íntimo. Los demás satisfacen su ánimo de “voyeurs” o lo utilizan para determinados fines. Y somos nosotros mismos los que ponemos en manos de personas a las que no conocemos, pasajes de nuestra vida.

Lo he pensado también a raíz de un comentario, sobre una persona que se exponía en la red social junto con su familia viva. Allí  dejaba entrever una buena posición económica mediante fotos de viajes y lugares lejanos visitados. También había imágenes de compras y de un cierto estilo de vida que incluía fotografías de actividades en colegios caros, donde se veía a sus hijas. Me puse a pensar y comenté que ese era material valioso para los delincuentes, porque están en las redes sociales al acecho. En México asesinaron a una periodista a la que siguieron a través de la Web, dándole caza hasta matarla en venganza por la difusión periodística,  en el medio electrónico, que esta hacía sobre las actividades de la mafia. El mundo se abre en millones de historias y miríadas de fotos. Lo que antes pertenecía a un pequeñísimo grupo familiar o amical, ahora se desparrama por el éter y llega a los rincones más insospechados y a las manos menos deseadas.

Todo esto he pensado y otra vez me replanteo el principio: ¿quiero que lo sepan? Mi respuesta es: si es mío y yo lo quiero o inocuo en absoluto y también lo quiero, doy cuenta de ello a la red social en que participo. Si hay otras personas involucradas, trataré de no hacerlo o por lo menos lo pensaré mucho antes. Es lo menos que puedo ofrecer. Así todos estamos un poco más en paz.