DOCTOR


Cuando iba a terminar  mi trabajo con el Gobierno del Presidente Toledo, me preguntaron qué es lo que iba a extrañar más de Palacio, el lugar donde tenía la oficina y pasaba fácilmente 14 o 15 horas al día. Mi respuesta fue rápida: “que me llamen doctor” y ahora, años después recuerdo con cariño esa época en que me “doctoreaban” y yo me empeñaba en explicar que no tenía título universitario alguno  y menos el de doctor: “Sí doctor” era la respuesta a mis protestas.

Era una manera de mostrar deferencia hacia alguien que no tenía una filiación política, que trataba de hacer su trabajo lo mejor posible, usaba terno y corbata, lentes y estaba rodeado de  doctores reales o asumidos. Yo debía ser abogado, supongo que pensaban y por lo tanto era doctor. La repetición de este término, como saludo, introducción a una conversación o a veces hasta en documentos, hizo que me cansara de corregir y decirles que era Manolo nomás. Señor si era muy formal el asunto. Fue imposible mi intento múltiple y ahora me doy cuenta que estuve en lo cierto cuando dije que mi título “bamba” era lo que más iba a extrañar: Nunca, durante tanto tiempo tuve uno.

Hace muchos años, en el café Mónaco de Arequipa, donde solía pasar largas tardes de conversación con mi primo Lucho Taboada, el mozo que nos atendía nos saludaba con un “¡Buenas ingenieros!” que nos hacía reír y pensábamos que se estaba burlando de nosotros. Mi primo lo encaró un día y le preguntó como sabía que éramos ingenieros. Explicó que debíamos serlo porque seguro trabajábamos en las oficinas de una compañía minera cercana. Al negarlo nosotros, decidió que éramos “doctores” y que seguro litigábamos en el Palacio de Justicia, a cuya calle llamaban popularmente “La Quebradilla de las Águilas” por la cantidad de “aves de presa” (abogados) que la poblaban a toda hora. Con el título nos quedamos y en adelante para él fuimos los “doctorcitos”.

Es una curiosa costumbre que está mucho más arraigada de lo que uno piensa. Parece que un título universitario da un cierto status y es impensable que alguien que use corbata no lo tenga.

Salvo en alguna ocasión en que me lo han solicitado, nunca extrañé el tener un cartón que me acreditara como algo. Esta no es una negación a la conveniencia que un centro de estudios superiores idóneo certifique los conocimientos y que se sigan estudios hasta conseguirlo. Lo que sucede es que yo no tengo título porque nunca seguí los pasos necesarios para obtenerlo. Mi “universidad” la constituyó el quehacer diario, los libros que leí, las respuestas con que sacié mi curiosidad. Reconozco que hay vacíos en mi que sólo un estudio sistemático hubiera cubierto.

No tengo un título formal, pero soy un convencido que solo con la educación cambiaremos al Perú y a los peruanos.

Por eso me siento tan mal cuando veo que es un tema en el que como país, vamos a la zaga. Un título es mucho más que el papel en el que se ha impreso: Detrás de él  está el saber acumulado, la disciplina, aquello que hace y construye nuestra vida.