COMERSE EL MUNDO


Hace algún tiempo, quería comerme al mundo. Mi medida, como dice Marina, el filósofo español, era la desmesura. Creí que todo lo podía y aquello que intentaba me daba la razón. Hoy sé, años después que el centímetro es finito y que debo cuidar los bocados para no engordar demasiado, porque me hace mal, masticar despacio y ver al mundo no como una presa posible, sino como una realidad escurridiza que muestra aristas poco amables y amenazadoras diría, a veces.

El tiempo ha ido modulando mi ánimo y a pesar de seguir con los ímpetus de siempre, aprendí a esperar, a tener paciencia a conversar, que según Ramiro Prialé no es pactar, con otros o conmigo mismo. Me he dado cuenta que no gano absolutamente nada con querer resolver las cosas de inmediato, salvo la frustración de escuchar que tengo que postergar la decisión.

No se trata de abdicar, se trata de aprender a esperar. Siempre usaba el dicho chino que rezaba: “Siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo”. O todo o nada.

Ahora creo que es más veraz el decir: “Deséale larga vida a tu enemigo, para que pueda ver tus éxitos”. La vida y lo que esta me viene dando año tras año han ido haciendo una especie de yo, en mí, que en otro tiempo no hubiera reconocido. En ocasiones mi hija mayor dice que me he ablandado: Lo que yo le diría es que he comprendido. Me he dado cuenta, que el tiempo, ese valor inelástico, se ha ido agregando y trayendo con él enseñanzas. Muchas lecturas de diferente tipo, conocer personas variadas, relacionarme con alumnos que he descubierto como una nueva manera de aprender, tropezar con mis equivocaciones y sacar las consecuencias. Todo ha ido formando esto que soy hoy y que piensa que mis padres tenían razón.

Es curioso, pero de un  tiempo a esta parte sé que estoy caminando por un sendero más estrecho, pero que lleva a lugares hermosos. La carretera de cuatro carriles se ha reducido y con ella se han ido la bulla, la velocidad y la competencia. Ahora discurro a pie y aunque los pasos sean cuesta arriba, los valoro, porque sé que estoy pisando firme. Lento, pero firme.

Atrás quedan los momentos de atolondramiento y de no ver lo que me rodea por llegar antes. ¿Llegar a dónde? Uno llega a un punto de no retorno. Hoy, paso a paso, disfruto de lo que hay y lo que el día y la noche me van regalando.

Sentir el viento en la cara, como decía en otro post, es mucho mejor que correr para no llegar tarde a una cita. Trato de no llegar tarde, por respeto a los otros, pero me preocuparía más si eso me impidiese sentir el viento.

No es que haya cambiado, ablandándome. Es que ahora pienso que primero es lo primero y voy a situarlo ahí en el tiempo que me quede.