MUELAS Y DIENTES SON ACCIDENTES


Mi tío Pancho, el hermano menor de mi padre, era dentista y durante un tiempo vivió y tuvo su consulta muy cerca a mi casa. Yo era un niño y me maravillaba con el sillón neumático y brillante que se podía regular pisando una palanca, donde me acomodaba para que me arreglara la dentadura. Siempre es bueno tener un médico, cualquiera que sea su especialidad en la familia, pero se vuelve contraproducente cuando este alguien es t tío, te quiere, trabaja cerca de tu casa y tú eres su paciente.

Además de maravillarme el sillón neumático y los diferentes instrumentos que usaba, también me aterraba el zumbido que emitía la “fresa” o taladro dental que giraba vertiginosamente, metiendo su cabecita brillante en mi boca. Para evitar que la fricción hiciera estragos, el agua que salía apenas empezaba a funcionar el aparato para enfriarlo, dejaba un sabor especial, que hasta hoy recuerdo. En realidad estoy seguro que no era solo el agua, sino que el gusto estaba compuesto por otras cosas, como algún fármaco, la anestesia (que ponía en el paladar o en la encía con una jeringa especial, muy fuerte y que alguna vez vi adornando una carátula de disco de jazz que se titulaba “Jazz, Volume I,Doctored for super stereo” o algo así.

Mis miedos de chico hacían que las maravillas se disolvieran en quejidos y Pancho, como vivía cerca, era su sobrino y me quería posponía la curación para otro día o aplazaba lo que debía ser una extracción. Me iba caminando a casa, con la cara todavía medio entumecida por la anestesia y con los bolsillos llenos de caramelos (golosinas que recibía agradecido y lloroso y que estoy seguro ningún dentista daría, pero Pancho era Pancho y yo su sobrino). Cuando me dolía de nuevo, volvía y continuábamos con los trabajos.

Cuantas veces he ido a su casita de techo a dos aguas, con piso de tablones de madera sabiendo que mis melindres de chico, detendrían por un momento el desagradable tratamiento. Pancho, paciente y complaciente me curaba “a plazos” de tiempo, que mucho después irían cobrando sus impuestos.  Luego crecí y Pancho se mudó con mi tía Gilda y sus hijos Juan, Javier y Coco, a la calle Tumbes, también en Barranco, al lado del colegio “San Luis”  que tenía un uniforme exacto al mío de “La Inmaculada” diferenciándose solo por el escudo, colocado en el bolsillo superior del saco azul. En la casa de la calle Tumbes, un nombre que siempre me sonó exótico para Barranco, no solo me atendía sino que como ya estaba más grande, “Lolo” –así me decían él y Gilda- se quedaba a conversar, a escuchar música y claro, a fumar. Ellos fumaban y yo empezaba a hacerlo.

Recuerdo claramente que tenían como mascotas unos hámsteres que un buen día escaparon y desaparecieron. Se los buscó sin suerte hasta que un mal día, la radiola que tenían en la sala, se malogró. El técnico que vino a repararla, encontró electrocutado el cadáver de un hámster, que seguramente se había refugiado allí y tuvo la mala idea de morder un cable y morir creando un corto circuito. De los otros, nunca se supo nada: seguramente se las ingeniaron para ganar la calle.

Pero mis historias de dientes no terminan aquí. Estando en Colombia, se me hinchó la cara en medio de una reunión, al extremo que el cliente, me recomendó de inmediato ir a un dentista. Fui a la dirección indicada y después de verme me recetó unas pastillas para bajar la inflamación y me dio una cita para extraer la muela. Un par de días después mi muela daba paso a una prótesis con tornillo de titanio, que me salió carísima. Era un dentista que atendía según su tarjeta, también en Washington DC a la comunidad colombiana residente. Lo que me cobró era de seguro lo que cobraba en USA. Tiempo después, ya en el Perú, fui a un almuerzo y en un momento sentí algo extraño en la boca: como si faltara algo. ¡Faltaban la muela y su tornillo de titanio! Me los había tragado sin darme cuenta: Fue el almuerzo más caro de mi historia.

Volviendo a Pancho, pienso en como sufriría conmigo como paciente, porque otra vez, un dentista que me curaba cuando mi tío ya no ejercía, al terminar de hacerme una radiografía dental y verla, le dijo a su secretaria: “Señorita, anule todas las citas que tengo en la tarde”. En ese instante no comprendí sino que el problema era yo. Luego me lo explicó contándome que tenía las raíces de una muela, cruzadas y como era justo la que debía extraerme, para hacerlo tenía que partir a la enferma en dos y sacar por separado las mitades: Estaba bastante oscuro cuando salí.

Ahora sé que en algún momento deberé volver a que un dentista se ocupe de mí. Voy a extrañar a Pancho cuando vaya porque aunque hayan pasado los años, todavía para mí la odontología es una ciencia infusa, que me asusta con sus herramientas y accesorios que parecen a mis ojos, los de alguna mazmorra inquisitorial.

 

¡FELIZ CUMPLEAÑOS DANIELA!


 

Hoy cumple años mi nieta: 18 años.

Parece increíble como ha pasado el tiempo y la chiquita que gateaba y después correteaba persiguiendo a las mariposas, es hoy una estudiante universitaria en ciernes, cocina bien y porque le gusta, es amiga más que hija de su mamá y será hermana de Miranda en junio.

La vida ha pasado sin avisar o sin que me diera cuenta y Daniela cumple dieciocho. Todavía recuerdo las carreras en las que anduvimos para el parto y el comentario del médico a Alicia María, al ver a su hija tan chiquita: “Parece un cuarto de pollo”. No ha crecido desmesuradamente y sus amigos en el colegio la llamaban “Peke”. Es mi nieta mayor, mi compañera y cómplice.

Es como una hija más y he tratado de estar ahí, a su lado, siempre que me necesitara. Daniela sabe perfectamente que puede preguntar cualquier cosa o pedir algo y que si la sé y puedo responder a su pregunta o darle lo que pide, lo voy a hacer. Ella me hizo fama de “abuelito maldito” y  el término me gustó. Me gustó por su cariño y su mirada irreverente, llana, horizontal.

La vida va a seguir y ella tomará su camino, pero a donde la lleve, mientras pueda, estaré para advertirle de los baches y huecos que ya conozco, previniéndola porque ya me caí en ellos o aprendí a sortearlos. Es que creo que ese es el papel de los abuelos. El de los pa-pa-padres.

Un papel vigilante, amable y de experiencia. El papel no del guardián sino el del facilitador que hace posible, en su medida, llegar a metas y descubrir paisajes.

No hay montañas por aquí cerca, pero si las hubiera y pudiésemos un día subir juntos, le diría que todo lo que se ve desde la cumbre es suyo, que lo único que tiene que hacer para obtenerlo, es merecerlo…

LA TRISTEZA


La tristeza es un estado de ánimo que lo invade y pinta todo con unos tonos de color… ¡triste!

No conozco una persona que no haya pasado por la tristeza y tampoco sé de alguien que haya salido indemne a ese paso. Escribir aquí sobre ella es llover sobre mojado, pues tantas, innumerables y mucho más decidoras páginas se han escrito sobre ella.

Sin embargo, hoy quiero hacerlo, poniendo un granito de arena más en esa inmensa playa en la que siempre parece haber un atardecer, un irse del día, un ir cerrando el ciclo.

La tristeza es una y las causas son muchas. No existe una “pequeña tristeza” así queramos minimizarla. En el momento en que estamos tristes  su tamaño no importa, porque ya lo dije, parece invadirlo todo.

Estando triste, hay la percepción de haber perdido algo. Sentimos que nos falta algo que teníamos y ya no está. “No te pongas triste” decimos, como si la tristeza fuera un sombrero o una camisa que se puede poner y quitar a voluntad. Es imposible, creo, aunque se trate, dominar a la tristeza. Tal vez se la puede acallar un poco, pero está ahí, agazapada como un animal herido y de pronto se manifiesta: basta un recuerdo, una imagen, tal vez una palabra o las notas de una canción. La tristeza baja y va ocupando los espacios, haciendo difícil la risa, tiñendo lo que toca.

Digo que la tristeza baja como una figura, porque cuando se está triste no hay espacio alguno ni dirección posible. A la tristeza no se le ahuyenta y por más que uno haga es constante en su presencia que resulta a veces ominosa. El olvido y el tiempo suelen ser factores que poco a poco deslíen su figura. De pronto, como ante una señal inesperada, vuelve.

Tiempo y olvido, el uno a veces producto del otro, porque para olvidar se necesita tiempo, aunque a veces este parece no bastar. Recuerdos hay que sobreviven a los eones y se instalan, bastando un no sé qué para activarlos y si ellos son tristes, vuelven saltando las barreras.

En muchas oportunidades uno reconoce estar triste sin razón aparente y es entonces cuando todo puede ser la causa posible y nada es seguro. En inglés la diferencia entre “sad” y “blue” existe y creo que esta última palabra refleja más esa tristeza general, innominada, que aparece sin un motivo claro.

Al final, la tristeza parece incongruente en un día de sol y verano, una especie de mosca en una taza de leche, o una nube preñada de lluvia, que tapara el sol.

 

DESGRACIA EN EL TREN


Las noticias empezaron a llegarme por el teléfono, con los comentarios de mi hija Paloma, que vive en Bueno Aires. Llovió un poco más la información y de pronto sobrevino una avalancha: No era para menos, pues el hecho que había costado tantas vidas, roto tantos hogares y sembrado de heridos los hospitales y clínicas era una verdadera tragedia.

Uno está lejos, sabe por referencias, ve fotos y videos en las noticias, pero está lejos y la distancia de los días emborrona un poquito las realidades. Mi solidaridad, que es lo único que puedo dar, a los argentinos.

Ahora vamos viendo que era una cosa aparente de falta de mantenimiento. Que el “accidente” no lo es tal, porque hay culpas detrás, que esto o que lo otro, cosa que ya no importa a los que murieron y que sí tiene vital trascendencia para sus deudos y los heridos. Que en realidad tiene importancia capital para una sociedad, aunque sea para prevenir desastres de esta naturaleza: Cincuenta vidas que ya no son más, al parecer por desidia. Más de 600 heridos, al parecer por desidia. Familias destrozadas al parecer por desidia. Esa que está como cáncer, por todas partes, carcomiendo lo que debe ser para beneficio de todos. Desde la flojera o “fiaca” como le llaman en el país vecino, para trabajar, no reparar el caño que gotea, dejar para mañana lo que se debe hacer hoy: Mucha desgracia contenida en una sola palabra.

¿Qué hacer para que esa palabra terrible desaparezca, vaciándose de significados y las cosas sean como deben ser? ¿Cómo explicar que la responsabilidad no tiene tamaño y que no hay ninguna diferencia entre uno y cincuenta muertos, entre uno y seiscientos heridos?

Es tremendo pero vamos acostumbrándonos a convivir con la desidia. Allí están el incendio de Mesa Redonda, en Lima y los accidentes que jalonan nuestras carreteras. ¿Es el destino que golpea?: No. La improvisación y la desidia. Aquello que es culpa de todos los que aceptamos las cosas “porque así son”. Cargamos en nuestras conciencias miles de cadáveres porque todos tenemos un pedacito de culpa, por obra u omisión.

Lo del tren no es argentino solamente porque en todos nuestros países ocurre el fenómeno de prometer que mañana lo haremos, lo corregiremos. Si mañana o pasado corregimos, es que alguien hizo algo que está mal. Es preferible, creo, que no se haga nada, a que se lo haga mal. Se me dirá que por lo menos se hizo: Sí, pero la desidia tiene un costo que es muy alto y no creo que nadie esté dispuesto a pagar.

 

 

ET LUX IN TENEBRIS LUCET


 

A veces parece que la Iglesia Católica se moviera en los tiempos de la Inquisición religiosa.

Me parece que los oros, los ritos y todo lo que a lo largo de siglos se ha ido acumulando, pesa tanto que no la ha dejado avanzar, poniéndose al día. Así como condenó el saber de Galileo Galilei y tantos otros, arrebujándose en la comodidad del statu quo, ahora quiere a través de la Santa Sede que la Universidad Católica del Perú se adecúe a ciertas normas que demuestran el desfase de una institución. No soy abogado y lo que digo no tiene más que el valor de una opinión de ser humano y no de oveja de manada. Estoy seguro que la mal entendida política tiene mucho que ver aquí. Nos encontramos ante el caso de una organización muy antigua y mundial que quiere tener en su órbita como sea, a una pequeña universidad situada en la América Latina donde se dieron los extremos de un cura Valverde y un Las Casas: “¡Los Evangelios por tierra!” argumentó el uno para iniciar la masacre, según dicen y el otro abogó hasta su muerte por unos naturales que eran tratados peor que las bestias.

Nací como católico, me educaron como católico y me enseñaron que la diferencia que había entre los animales y mi persona, todas las personas, era el pensamiento razonado. Descubrí después, como tantos, que “la razón no tiene razón”, cuando no conviene. Y ahora veo que a la Universidad, que es católica, o sea etimológicamente universal, se le quiere marcar un determinado sendero, so pena, de no aceptarlo, perder por lo menos el título de “Pontificia”. Mi amigo Marcial Rubio a quien conozco desde que estuvimos juntos en kindergarten, es el Rector y junto con la Asamblea Universitaria y todos los que piensan un poco, se atiene a las leyes del Estado al cual pertenece la Universidad. No creo que las leyes de un Estado extranjero, como es el Vaticano en cuanto a Estado, rijan aquí.

Si lo que se quiere es un centro de enseñanza religiosa, casi una madraza islámica, hay lugares donde se enseña la teología católica, pero parece ser que “la razón no tiene razón” y que detrás de todo esto se mueve la mal llamada política que lleva en su disfraz una sonrisa amiga que esconde la mueca de avidez que realmente tiene. Los hombres pasarán. Los Rubio, Bertone, Erdö, Cipriani por citar unos cuantos, se irán, pero la luz que brilla en las tinieblas perdurará, para guiar a la barca del saber, a pesar de los mares procelosos.  El saber no conoce de ritos ni de cauces fabricados. El saber no es bueno ni malo: Nos acerca al conocimiento y como hombres sabemos distinguir el bien del mal. Aprendimos a diferenciar uno de otro así nos vengan con sonrisas, palabras o armas para tratar de convencernos.

EL NOMBRE DEL VIENTO


Estoy leyendo una novela cuyo título me fascinó: “L nombre del viento” se llama y su autor Patrick Rothfuss  vive en Winsconsin, USA. Esta es su primera novela y según leo ha publicado la que le sigue, “El temor de un hombre sabio” en noviembre del año pasado.

Es una verdadera “novela río” que se prolonga por 873 páginas en esta vez y que seguramente suma otras tantas en la segunda.

Es una novela de aventuras, situada en una región inexistente pero de claro tinte medieval. Rothfuss tiene antecesores brillantes como Tolkien y en la dedicatoria de su libro agradece primero a su madre  que “me enseñó a amar los libros y me abrió las puertas de Narnia, Pern y La Tierra Media.” La novela en inglés tiene copyright fechado en el 2007, o sea que estoy leyendo algo que se publicó por primera vez hace cinco años.

Una vez más estoy tras la aventura, conociendo la historia de un hombre contada por él mismo, que no me da tregua en la lectura. Se notan a veces las influencias de los grandes, pero eso no hace más que provocar mi lectura, porque descubro a alguien que conoce las claves y la usa sutilmente para ir tejiendo una historia que de veras atrapa.

Como de costumbre, la editorial tiene montada una página web: www.lahistoriadekvothe.com, a la que entraré para mirar. Un libro que dice estar traducido a 26 lenguas y que ha ganado un premio a la literatura fantástica, es algo de llamar la atención. Su éxito inmediato nos dice que el autor sabe tocar las fibras adecuadas y que pulsa recuerdos, sueños y deseos magistralmente, para producir una lectura que a regañadientes pide descanso.

No puedo decir más que me gusta mucho y estoy contento con mi adquisición. No soy dado a leer “best sellers” porque no aseguran nada, especialmente si están escritos en un idioma que no es el que tenemos publicado, sin embargo esto no va para lo que leo. Pulcramente escrito y al parecer bien traducido. Estoy leyendo un éxito de ventas que a mi modesto entender tiene razones para serlo. No es ningún “grande” de la literatura, pero pienso que los gigantes también fueron pequeños y que “El nombre del viento”, además de un bello título esconde en sus páginas lo suficiente para hacer soñar. Es bueno siempre ser un chico maravillado y recorrer los caminos siguiendo la ruta de la aventura. Este libro, hasta ahora me lleva fácilmente.

Ingresaré a la página web, aprenderé sobre el autor y su mundo. Hay algo nuevo con un dejo de viejos conocidos para disfrutar. Eso trato de hacer.