EL CONEJO VOLADOR


 

Nuestro nieto tiene un conejo.

Nuestro nieto tiene más de dos años y el conejo muy poco tiempo de experiencia conejil aún. Ambos viven en Buenos Aires, Argentina, en Termperley, para ser exactos.

Hace calor allí ahora, mucho calor, el suficiente para que a la mascota le hayan colocado en su jaula una botella de plástico con agua helada, a ver si así se refrigera un poco el medio ambiente en el que habita, porque, digámoslo claramente, el conejo no quiere salir de su pequeño espacio: Le tiene miedo a Manuel.

El regalo  del conejo significa que hay que limpiar la jaula, alimentarlo, cuidarlo y ver que el nieto en un acceso de ternura, curiosidad o entusiasmo, no dañe al animalito. Manuel aprenderá que esa cosa suave, peluda y movediza no es un muñeco de peluche que puede llevar de un lado a otro y hacer víctima de sus caprichos. Para empezar, ya lo dije, el conejito se mueve, se agazapa y tratará de escapar de cualquier tierno o furioso exceso. Además, aunque pequeño, tiene uñas y dientes que por más que sean acordes a su edad y tamaño hacen daño, especialmente si el blanco está desavisado y confía en que no le pasará nada.

Recuerdo que a Alicia María, nuestra hija mayor, le regaló un amigo que tenía una granja de conejos en Pachacamac, una maravilla pequeña, de raza “mariposa”: Con las orejas larguísimas y todo lo tierno que puede ser un bichito de esta especie. Lo teníamos en el jardincito interior de la casa, libre y era un verdadero engreído. Pronto descubrió que podía mordisquear las plantitas de los bordes y poco a poco se las fue comiendo. Luego hizo lo propio con algunas plantas mayores y se detuvo en el rosal, porque parece que las espinas no eran de su agrado. Prefería lo sembrado a la alfalfa que se le ponía para comer. Pasó muy poco tiempo y vimos que trataba de excavar túneles que el cemento de las paredes hacía imposibles de realizar. Finalmente, con el dolor de todos, “Mariposa” (que así se llamaba) fue obsequiado a Goyo, un amigo chileno que trabajaba con una granja que albergaba a niños discapacitados: Fue lo más cercano a un terreno lunar que haya visto, cuando hubo que reparar el jardincito luego de las aventuras gastronómico-exploratorias del conejo.

Estoy seguro que los papás de Manu tendrán en cuenta todo esto con relación a la mascota regalada y que nuestro nieto aprenderá la convivencia con un animalito, que por muy conejo que sea, no deja de ser un animalito y llegado el caso, se defenderá con uñas y dientes ante la perplejidad de su dueño. Es bueno que Manu aprenda y que en el proceso ni el conejo ni el niño sufran.

Claro, nuestro nieto es un poco cafre, con la seguridad que le dan su poca conciencia y sus también pocos  años y el otro día me contaba Paloma que vio pasar volando al conejo, porque Manuel en un arrebato hiperactivo lo cogió de una oreja y lo lanzó: Parece que todo quedó ahí, pero el bicho, cuando nuestro nieto se acerca más de lo debido, se orina: Supongo que no será de felicidad,  ciertamente.

EL NAUFRAGIO DE LA RESPONSABILIDAD



 

 

Por las conversaciones del capitán del crucero que naufragó hace unos días, que circulan en Internet, se puede colegir que el señor subió a uno de los botes salvavidas de la nave, antes que muchos de sus propios pasajeros. Esto destroza el dicho “Mujeres y niños primero”, para convertirse en un “ampay me salvo” fraseado en italiano.

El hecho es que este marino no observó para nada la tradición de “hundirse con su nave” y prefirió ponerse a buen recaudo, aduciendo después extrañas razones y fortuitas circunstancias.

Hay muertos, heridos y desaparecidos: el capitán Schettino tuvo la suerte o la previsión de salvarse. No se le hubiera reprochado que lo hubiera hecho, después de asegurarse que todos los pasajeros y tripulantes a su cuidado estaban seguros, fuera del crucero. Sin embargo no sucedió así y a las imputaciones de falla humana y los rumores sobre su ingesta de bebidas alcohólicas se suma un abandono culposo de sus obligaciones  y  las conversaciones escuchadas muestran a una persona que no parecía tener idea de los muertos y la gravedad de la situación.

Es cierto que estar al mando de una nave que tiene a bordo tal cantidad de personas y llevarla de un lugar a otro no es cosa fácil. Los instrumentos modernos, la profesionalidad de los oficiales y marineros hacen un poco más sencilla esta tarea, pero el capitán, que por eso es la autoridad máxima en el buque, tiene o debe tener TODOS los conocimientos técnicos y la experiencia necesaria, para desempañar su papel. Un naufragio en su hoja de servicios es malo, heridos, muertos y desaparecidos, agravan su situación. Lo que a todas luces es imperdonable es que haya preferido salvarse él, sin, al parecer, haber comprobado que todos se ponían a salvo.

Creo que en el naufragio de ese barco, naufragó también la responsabilidad.

Si tantas personas confían en alguien, porque les han dicho que lo hagan y ese alguien traiciona la confianza en él depositada, podrá hablarse de tragos, de fallas, de obstáculos imprevistos y no marcados en el mapa de la zona: La verdad es que todo eso es una excusa para algo que es muy común y se llama miseria humana. No de otra manera se explica en realidad la aparente conducta del marino. Digo aparente, pues todo lo señala, pero hasta ahora son especulaciones y pruebas que se van acumulando. Es que tendemos a culpar a alguien y señalarlo o diluir la culpa y convertirla en nada. La verdad se abrirá paso y se sabrá de responsabilidades. Ello no devolverá la vida a los muertos ni hará que los desaparecidos aparezcan: Un crucero de placer y diversión se convirtió en un viaje hacia la muerte y la desesperación. Por lo que parece, lamentablemente, el hombre falla cuando menos lo esperamos. Y lo terrible en este caso, es que el hombre no es un palurdo cualquiera sino el depositario de la confianza de armadores, tripulantes, pasajeros y de las familias de todos ellos. Es un capitán que le falló a la humanidad entera que sigue incrédula las noticias.

 

LIMA SIGLO XXI


 

Ayer se cumplió una fecha más del aniversario de Lima. Pensé escribir algo, pero he preferido dejar “asentar” los sentimientos que normalmente afloran en una fecha así, especialmente para un limeño. Además, seguramente mi texto se perdería aún más entre la multitud de saludos, reflexiones y celebraciones del día. Hoy, a un día de distancia pero con el escozor todavía vivo, me pongo a teclear esto, para subirlo al blog.

Lima es la “Ciudad-Jardín” y también “Lima La Horrible”: Dos extremos, uno ideal y que solo se ve  en escasos “ghettos” de la ciudad, y la otra una realidad, triste, pero con la que convivimos hoy a diario.  Una realidad que Sebastián Salazar Bondy ya anunciaba en los cincuenta.

Hoy, muchos años después que se fundara la ciudad trazando un damero de calles y que Nicolás de Ribera “El Viejo” fuese su primer alcalde, el río Rímac sigue corriendo a su vera, cada vez más dificultosamente, llevando detritus y basura en sus aguas, que como dice el filósofo, no son las mismas de antes, porque “nadie se baña dos veces en el mismo río”.

Ha cambiado mucho Lima: Creció, se convirtió en una ciudad maravillosa, de la que se hablaba siempre, encomiásticamente, fuera. Aquí los gallinazos se fueron llevando la carroña, mientras el cerro San Cristóbal era testigo de un crecimiento inmenso, algo ordenado al principio, con esfuerzos por mantenerlo y caótico después, sin visos de solución en nuestros días, ni en un futuro más o menos cercano.

Llevo vivida una fracción del tiempo en que Lima ha hecho crecer sus límites hacia los lados y cuando no ha podido, como con el mar, hacia lo alto.  Hoy la gente que habitó la ciudad y que se regía por las campanadas de las iglesias, no reconocería el lugar y recorrerla significaría lo que ahora: Un verdadero viaje. Y es que Lima, la que no está ya ni en los recuerdos, sino en algunas estampas, ciertas canciones memoriosas y el deseo de algunos limeños de volver al pasado, es otra Lima.

Lima es hoy un Perú chiquito. Hay pocos limeños y multitud de provincianos  que con sus ganas de surgir y ser, han cambiado la tranquila somnolencia de la siesta por un movido ritmo vital que a veces no gusta del todo.

Cuando uno visita Los Olivos, Manchay, Villa El Salvador o Lurigancho, se da cuenta de como en cada centímetro de tierra surgen casas, comercios, calles, parques y las combis tejen su telaraña trasportista. Lima es las ya olvidadas fiestas de Amancaes, también un cortamonte de origen andino y sanguito, salchipapas y chifa. Lima ha crecido, pero como suele suceder cuando un hombre crece, los pantalones le han quedado cortos: Muestran las medias y uno se da cuenta.

Somos habitantes de una urbe que sigue extendiéndose y acarreando los problemas inherentes al crecimiento, por improvisación, descuido, desgana y por el eterno “Déjalo así nomás,  nadie se va a dar cuenta”. Somos los arquitectos de una ciudad hechiza que se busca parchar en vez de buscar soluciones verdaderas. No es fácil ser limeño: Viven algunos una tradición rancia y obsoleta y no miran al lado.

Viven otros en un gritar tan fuerte que no escuchan. Unos creen tener las soluciones, a otros no les importa. Finalmente tenemos esta Lima siglo XXI que extraña algún pasado, pero no parece hacer nada notable por mejorar y merecer el siglo en el que vive.

Vuelvo y repito, aunque parezca letanía: Los peruanos y los limeños, no seremos nada sin educación. Lo que emprendamos se llenará de basura, de orines en la esquina, de “siempre yo primero”. No podemos ahora mantener la mirada y preferimos andar por los rincones sombreando nuestra incuria: Nos falta educación, base de convivencia.

¿Solución? Larga, lenta y difícil: Educarnos. Dejar la criollada y el inmediatismo. Difícil, lento y largo, pero posible.

TRAS CUERNOS, PALOS.


Esta es la frase que viene a mi memoria. Una frase, no por conocida y usada, es menos adecuada para encabezar este post.

Una llamada por teléfono de mi prima Rosa hizo que volviera al teclado para reformar este escrito. Estaba contando como a ella le robaron sus anteojos de sol y me habló muy mortificada, diciendo que un virus había hecho presa de su computadora, al abrir parece, unas imágenes que alguien conocido le enviaba y temía habérmelo pasado a mi máquina, en el correo que me hizo contando lo de sus anteojos.

No había sucedido eso y por si acaso, pasé el antivirus (tarea lenta pero necesaria) para asegurarme y por lo menos parece que mi computadora está limpia.

A Rosa le robaron sus anteojos en un mercado Vivanda en Miraflores. Fue para comprar algo de fruta, creyó haberlos guardado y se le cayeron seguramente. Cuando se dio cuenta, acudió a Servicios al Cliente, presentó su caso y de inmediato perifonearon en la tienda. Lógicamente, quien encontró los anteojos, en vez de devolverlos, se los quedó: Es decir, los robó, porque hallar algo, no devolverlo y apropiárselo, se llama robo en buen castellano.

Ya le había pasado antes en un micro donde un individuo no la dejaba pasar por la puerta mientras aprovechaba para extraer los anteojos de su bolso, los con medida y los de sol: ¡Dos pares! Se los robó y ella se dio cuenta después, reconstruyendo sus movimientos últimos. Es decir que los anteojos que se le cayeron en Vivanda y de los que alguien se apropió, eran los que tenía de reposición.

El resultado: Rosa está sin anteojos, lo cual es un perjuicio para su vista y para su bolsillo, porque tendrá que conseguir unos nuevos. Además, hay dos delincuentes, uno que le robó directamente en el micro y otro que no devolvió lo que encontró, que están tan campantes después de sus fechorías.

Es cierto que Japón está muy lejos, pero hace algún tiempo leía que lo que más perdían los japoneses en el metro (transporte público) eran paraguas, que estaban depositados en la sección “Cosas perdidas” junto con miles de otras cosas olvidadas en los vagones esperando que los dueños reclamaran. Es decir que a nadie se le ocurre llevarse nada ajeno así esté tirado, sino que lo entrega a la administración del metro, para que vean de devolverlo si es reclamado. A veces uno dice que por qué no los imitamos, si tenemos el mismo número de neuronas. No lo hacemos porque la EDUCACIÓN deja mucho que desear aquí: Los valores están perdidos y nadie los devuelve. Es algo que facilitaría la convivencia. Si los peruanos fuésemos educados en valores, otro gallo nos cantaría.

El título de este post describe como una cosa sobre otra, le ocurrieron nefastamente a mi Prima Rosa, que de pronto no podrá leerlo porque su computadora fue víctima de un virus, que algún insano creó para hacer daño.

La moraleja es muy triste porque nos dice que NO hay que confiar y hay que estar preparados para que lo peor pase, extremando medidas de seguridad: Con razón Lima está cortada por rejas, se anda a la defensiva y el comercio de armas de fuego para los civiles florece, según un informe último. Y mientras tanto, las autoridades bien gracias o inermes ante la delincuencia: ¿No acaba de salvarse un sereno al que unos maleantes lo acribillaron en su carro oficial? “¡Cosas veredes, Sancho!”

CHOCOLATES


Soy diabético y Alicia también. Ella tuvo hace unos años un episodio grave: Cayó en lo que se conoce como “coma diabético”, con mil ciento quince (1,115) de nivel de azúcar. En realidad, como suelo decir, murió y aquí está de nuevo, resucitada, gracias a Dios. Los médicos que la vieron sólo habían sabido de un caso similar, en una persona que siguió viva a pesar del enorme desbalance.

El hecho es que mi diabetes al lado de esa, es de juguete, pero como con la salud no se puede jugar, nos controlamos el azúcar dejando un día  (ya me han dicho que es una exageración, pero prefiero, como dicen: que sosobre a que fafalte). Seguimos dieta y Alicia toma pastillas (no se aplica insulina). Es decir, somos dos más dentro de las estadísticas de lo que se ha dado en llamar “la enfermedad silenciosa”.

De vez en cuando, un chocolate se hace extrañar y para ello recurrimos a los que venden, “especiales para diabéticos” donde el azúcar brilla por su ausencia y es sustituida por algún edulcorante. De paso por las tiendas Wong, vimos unos chocolates “Costa” de ese tipo. Al cogerlos y mirar que como precio marcaban más o menos 16 soles cada tableta, los dejamos y digamos que el precio nos quitó las ganas: ¡Dieciséis soles por una tableta de chocolate!

Otro día, Alicia llegó con dos chocolates “Costa”  para diabéticos. Le dije que no éramos millonarios y lancé una parrafada  sobre las cosas suntuarias y hablé hasta por los codos. Alicia me miró riendo (lo que me sulfuró más) y entonces me dijo que en un mercado de San Borja, donde ella compra a veces, vio los chocolates en un puesto y sin mucho ánimo, preguntó el precio. Le dijeron que ocho soles (S/.8.00) cada uno. ¡Eran los mismos “Costa” y valían cien por ciento (100%) menos que en Wong!

Y ayer, como paseando, fuimos a ese mercado. Compramos algo de “tofu”, pan integral y preguntamos por los chocolates. No tenían “Costa”, pero nos ofrecieron unos alemanes, también para diabéticos, a nueve soles (S/. 9.00) cada uno.

Digo yo, los primeros chocolates se hacen en Chile, es decir aquí al lado y los otros en Alemania, que está un “poquito” más lejos; digamos que la lejanía y el idioma extranjero valen un sol.

Sin embargo, cuando me doy cuenta que Wong también está en San Borja como el mercado y me quieren cobrar el 100% más por un chocolate “Costa”, me pregunto cuanto querrán (si lo importan) por uno alemán. De acuerdo que hay un tema de servicio, “comodidad”, ambiente  y surtido que hace que Wong  sea un lugar deseable para ir. Pero al final uno va por los productos y no “para dejarse ver”: Va a comprar. Hace lo mismo que en el mercado. De pronto van a decir que no es lo mismo y que por ahí en el mercado no tengo seguridad y pueden estarme vendiendo contrabando. Esto último me sonó un poco y pensé que si los impuestos son del arden del casi 100% (porque alguito deben ganar), mal estamos: Muy mal. Porque resultaría que se está gravando algo (ya sé que superfluo) que pueden consumir los pacientes de una enfermedad extendida en todo el mundo y que aquí en el Perú avanza inexorablemente. Se lo está gravando para impedir su consumo por quienes menos tienen o hacer que algunos despistados paguen.

No creo que sea cuestión de impuestos. Me parece que en la diferencia de precios, hay un 100% de oportunismo aprovechador. “Total”, puede ser el pensamiento, “los que compran en Wong tienen plata, los diabéticos creen que algo dulce para ellos, como no tiene azúcar, DEBE ser más caro: Hay que sacarles la mugre por ser unos enfermos exquisitos que tienen plata”.

Escribo esto, no por roñoso, sino porque me indigna que alguien, quien quiera que sea, aproveche indebidamente de una situación dada. Al final, me dirán que esto es un libre mercado y es cierto, pero también hay que pensar que no es un superlibre supermercado.

EL BÚHO


EL BÚHO

 

No es el ave nocturna. Otra vez, vuelvo sobe los comentarios de Carlos L. y trato de escribir recordando a alguien que fue parte de nuestra vida escolar: Claudio Ramírez Alzamora Cobos, el popular “Búho”. Mayor que nosotros y ex alumno cuando lo conocimos. Era de la promoción 1956, o sea tres años menor que mi hermano. Quién de mi época no se acuerda de él, con sus anteojos tintados, correctamente vestido y caminando muy apurado. Hoy cada vez que entro a una iglesia y escucho tocar el órgano, lo recuerdo instantáneamente. Ha fallecido ya, pero busqué en Goggle, poniendo su nombre y me refirió a un libro del cual él parece ser autor sobre el ingeniero Antúnez de Mayolo. De pronto hay más referencias, pero prefiero dejar la búsqueda a quienes sepan hacerlo mucho mejor. Yo pongo aquí lo que de la memoria me va brotando y lo que el cariño a gentes y épocas que se fueron marcaron mi vida.

Decía que la figura más vívida que tengo de él, es la de un muchacho que tocaba el órgano de la iglesia en el colegio, magistralmente. Sus interpretaciones eran asombrosas, porque Claudio, verdadero virtuoso del piano, ponía el alma en cada nota. Es difícil describir esto, porque raras veces se lo veía ejecutar, salvo los integrantes del coro, porque el “coro” de la iglesia quedaba atrás, en lo alto y era imposible verlo desde abajo, máxime si le dábamos la espalda los que asistíamos a Misa.

Claudio fue también profesor y ante todo, amigo. Yo lo describiría como mi amigo el organista. El amigo de todos nosotros, en realidad. El hombre sencillo que supo ganarse a jóvenes un poco menores que él y compartir sus cosas ofreciendo, era evidente, lo mejor de sí.

El apodo que tenía y por el que todo el mundo lo conocía es uno de los nombres, estoy seguro de más rápida asociación en la gente de mi generación en el colegio.

No es que yo tenga anécdotas de él, pero recuerdo a su hermano mayor Carlos y a su mamá, que solía ir a misa al colegio entre semana. Creo también estar viendo a su padre, viejito pero muy bien puesto… Quienes sí deben acordarse de cosas de él son los integrantes del coro y los alumnos que iban en el ómnibus (le llamábamos “la góndola”) que él cuando fue profesor cuidaba.

Yo salí del colegio y nunca supe directamente sobre él. La música de Bach, tocada en órgano me trae su imagen y siempre lo asociaré a ella. Yo creo que habrá un mañana en que el “Búho” nos estará deleitando temprano, desde su lugar en el coro del colegio, haciendo sonar suave o imponente, una de las maravillosas “Toccatas” que él tan bien conoce.