GRANDE Y CHIQUITO A LA VEZ


 

Cuando entré a trabajar para el gobierno del Presidente Toledo, tenía un Communicator de Nokia. Se lo vi a un ex alumno y amigo mío en una reunión y me enamoré de sus posibilidades. Claro, era grande para ser un teléfono (dicen que es lo único pequeño que el hombre tiene y se enorgullece de su tamaño mínimo) pero era a la vez una computadora que permitía muchos usos, muy manuable (una especie de adobe chiquito, grande para ser sólo teléfono). Mi amigo me dijo dándomelo.: “Llévatelo y pruébalo este fin de semana. Es el mío, pero no importa. Si te parece bueno hablamos el lunes y te compras uno, yo los vendo.” Protesté (confieso que poquito) y salí más contento que chico con juguete nuevo: Lo había visto en Internet y en alguna película del OO7. ¡Eso era lo que yo quería! Pasó el fin de semana y el lunes por la tarde era el feliz propietario de uno. El manual era casi tan gordo como el teléfono y pasé muy buen tiempo aprendiendo las funciones, que en realidad estaban bien explicadas y como el aparato y su interfaz eran muy amigables, pronto estaba llevando mi  adobecito a todas partes. Guarda que cuando digo adobecito, no es que signifique que el teléfono fuera muy grande. Lo era, en relación a otros, pero cuando el Presidente Toledo me preguntó que era eso que llevaba en la mano, le dije que un teléfono y rápidamente lo abrí mostrando teclado y pantalla. “Y una computadora” terminé, acercándoselo. Lo tomó, miró y pasamos a otra cosa.

Yo tuve los primeros teléfonos celulares que Genaro Delgado trajo y fui cliente de su compañía e hice la publicidad de Telemóvil, que así se llamaba. Cuando llegaron y yo tuve uno… ¡Oh maravilla! Podía hablar casi desde cualquier parte, pero el aparato marca Uniden era un verdadero ladrillo y me acostumbré a llevarlo a todos sitios, vigilándolo siempre, no fuera a ser que lo dejara olvidado, o me lo robaran. El Communicator era, comparado, un avance gigantesco.

El hecho es que el aparato celular me servía para entrar a Internet, almacenaba y reproducía películas, me permitía acceder fácilmente a mi correo electrónico, ofrecía una grabadora y tenía mil chiches más, salvo que no tomaba fotografías ni filmaba: Una maravilla, si pensamos que en el 2003 algunas de esas cosas se veían en revistas o eran para los fanáticos de los gadgets.

Recuerdo que una vez, cuando recién lo tenía, la secretaria del Primer Ministro me preguntó que era y yo abriéndolo y como la pantalla se iluminaba, le dije: “Es una polvera con luz” y me reí para después mostrarlo y decirle que era mi teléfono, explicándole que de acuerdo a los estándares, era un teléfono grande pero una computadora chiquita, etc.

Varios años después ya me resultó incómodo y además no usaba ni el 20% de sus funciones (además debo haberme cansado de dar explicaciones y respuestasI: Lo regalé con sus accesorios al museo de la Facultad de Artes y Ciencias de la Comunicación de  Universidad Católica. Allí debe estar, porque las cosas van tan rápido en este campo, que mucho de lo que acaba de salir ya es un recuerdo y merece, si vale la pena, guardarse para que los que vienen y no lo conocieron, sepan que alguna vez existió.

¡Ah! Me olvidaba decir que en la película del 007, con Roger Moore, creo, este abría los seguros y encendía su auto desde su “teléfono celular” que era, ya lo he dicho, igualito que el mío. La diferencia es que yo no soy James Bond ni mi Communicator tenía el programa que hacía posible esa función. Tampoco he poseído nunca un auto como el del espía más famoso, aunque ganas nunca me faltaron.