YO SÉ QUE TÚ SABES QUE YO SÉ


Cuando era joven, una vez me preguntaron si quería trabajar en el Concejo Provincial.

En realidad, lo que siempre me había gustado era la comunicación y la publicidad, pero me hablaba un exprofesor mío, diciéndome que trabajaría con un amigo y compañero de colegio, un año mayor, al que habían nombrado Concejal. Era el tiempo en que al Alcalde y a los Concejales no se los votaba, sino que eran nombrados “a dedo”. Acepté de inmediato y dejé que reposaran mis ganas publicitarias.  Ingresé por primera vez a un mundo desconocido y a seguir trabajando de cierta forma con lo que ya venía haciendo desde una oficina privada: Lo que  ahora son asentamientos humanos, fueron pueblos jóvenes y antes barriadas. De Jefe de comunicaciones en la privada, pasaba a ser jefe de oficina en el inmenso Concejo Provincial, con responsabilidad de un gran número de zonas ubicadas desde las márgenes de río Rímac hasta los perdidos cerros de piedra y arena que formaban un cinturón visible en el mapa y que rodeaba la ciudad.

Entre lo que a mi poca edad me pareció maravilloso, era el horario, que iba desde las 8.00 am hasta las 2.00 pm y que me asignaron una camioneta con chofer para uso oficial.

Cuando me presentaron a la persona que manejaría el vehículo, algo en él me pareció conocido, pero por más que quise no pude recordar en ese instante. Pasaron los días, tramité expedientes, peleé con una burocracia de la que oficialmente yo formaba parte por nimiedades que significaban no recibir cosas pedidas, por no usar el “conducto regular” de los memorándums o por mover algún mueble de la oficina sin permiso expreso de administración. Poco a poco fui viendo como funcionarios y empleados sobrevivían gracias a trabajar lo justo y menos, alardeando de lo mucho que hacían. Me fui dando cuenta que no era precisamente el entusiasmo el que los hacía realizar su labor y que muchos aprovechaban el menor resquicio para obtener ventajas personales. Nada que ver con el idealismo que yo traía y que me hacía notar cosas que son tan comunes por desgracia en una administración pública, que para otros no solo eran invisibles, sino que querían que continuaran así. Iba y venía en la camioneta, hasta que un día me acordé: Mirando lo que se veía del rostro del chofer por el espejo retrovisor, aventuré: “¿Por casualidad usted no trabajaba antes en el comité de colectivos 96, que iba de Lima a Chorrillos y viceversa?

Se volteó rápidamente y asintió. Yo seguí: “Claro, la insignia estaba en una calcomanía puesta el parabrisas y tenía forma de escudo en V, con dos leones (ahora sé que rampantes) rodeando el número 96, en amarillo y negro y usted tenía un Chevrolet verde…”  Asombrado me dijo, mirando por el espejo: “Exacto, así es… ¿Usted ha sido mi pasajero, entonces?” Yo me reí y hablamos de las vueltas que da la vida y como tarde o temprano uno termina encontrándose nuevamente. Se hizo un silencio y cada uno rumió la coincidencia, hasta que yo lo rompí, diciendo: “Una vez usted me insultó…” Se rompió el hechizo y él frenó diciendo que era imposible, que seguro yo lo confundía con otro… Respondí que me había tomado tiempo, desde que empezamos a trabajar juntos, el ubicarlo. Pero lo había hecho y ahí estaban las pruebas: Su pasado como colectivero de la 96 y la marca y color del automóvil que manejaba. Serio, siguió negando y declarando que era una equivocación, que él nunca había faltado el respeto a sus pasajeros. Yo le recordé que hace años, viajaba en su colectivo con el uniforme de gimnasia bajo mi saco y pantalón escolares, con un maletín en la mano y al llegar al paradero final a una cuadra de la plaza San Martín, me bajé, cerré la puerta y que él furioso, me dijo que la había tirado y sumó una serie de insultos, mencionando a mi madre y más. Que yo me había asustado mucho y que no había golpeado al cerrar.

Él me dijo que no, que seguro me equivocaba… El tema quedó ahí, pero él sabía que había sido de esa manera: Un recuerdo pequeñito, naufragado en el acontecer diario de años atrás para él, ya  adulto entonces y un susto enorme con el sentimiento de ser insultado injustamente, para mí.

Pasaron los días y yo pensaba que nunca se le habría ocurrido, que el mocoso aquel sobre el cual descargó sin motivo real su furia una tarde, vendría a su encuentro, recodando el episodio y convertido en un muchacho que usaba corbata, al que él llamaba “doctor” (sin  serlo y pese a mis protestas de que me llamase Manolo) y que para colmo de males, circunstancialmente era su jefe de quien en teoría, dependía su trabajo. Nunca le dije nada más sobre el asunto, porque creo que a veces uno dice cosas que no quisiera, cuando no lo quisiera y él no era una excepción. Si embargo, el azar nos puso en contacto esa vez y yo pensé: “Yo sé que tú sabes que yo sé”. Parece un galimatías, pero expresaba una realidad que él consideraba, seguro, una amenaza latente.