DOMINGO DE VERANO EN LOS CINCUENTA


Es un domingo de verano y no tengo nada qué hacer salvo una tarea  que significa leer el evangelio de hoy, repasarlo y hacer una reseña de este, en mi cuaderno de religión, usando “mis propias palabras”, como si a un niño en los años cincuenta, se le ocurriera poner lo que otro ha escrito, o quizá, pienso ahora, para que no me hagan la tarea. Abril queda muy lejos y recién entonces pedirán la tarea de ese domingo y de los demás domingos.

Voy a leer bien y a escribir más tarde: Estoy de vacaciones, hay sol y la pereza me invade…

Tal vez leeré algo y haré exactamente nada hasta la hora de almuerzo, cuando nos reunamos mis papás y mi hermano en el comedor, sentados a la mesa. Hemos ido, con mis papás a misa de ocho de la mañana en la parroquia que queda frente al parque donde hay una pileta rectangular con agua y en ella, una estatua blanca de una mujer que cuando era más chiquito y me llevaban a que pedaleara en mi triciclo celeste de madera, con líneas rojas, decía –me cuentan- que era “mi novia”.  Por supuesto, solo recuerdo muy vagamente algo que escuché del evangelio, pues todo el rato estuve atento a mirar lo que es evidentemente un lugar que se usa como capilla mientras se levanta al lado la iglesia de verdad, que tomará –hoy lo sé- varios años completar a punta de kermeses y donaciones. No es que tuviera nada de extraño, pero ese recinto rectangular y al que se entraba por un costado, no tiene nada que ver con “iglesias de verdad” como las que he visto cuando hemos ido al centro de Lima. Tiene bancas con sitio para arrodillarse, es cierto, pero no hay ventanas altas de colores, ni techo alto, ni nada de eso que yo he visto. Es un poco más grande que la capillita de mi colegio, que queda en la Av. Petit Thouars, en Miraflores, en lo que, confirmo mis sospechas, es una casa.

He cogido un libro y me dispongo a leer. Antes puse una colchoneta en la terraza de abajo, para allí hacerlo en la mejor posición que conozco: echado y estar más fresco. Siento que me falta una almohada para apoyar la cabeza, levantándola pero se me ocurre doblar una esquina superior de la colchoneta y usarla como almohada.  Hay un cierto olor un poco punzante, que seguro proviene de lo que me protege de las losetas del piso de la terraza. Es un olor que al principio se hace notar y poco a poco, conforme leo y pasa el tiempo, va desapareciendo. Estoy leyendo “El Chico de las Dunas”: tiene el empaste duro, más bien celeste, porque es el fondo de la ilustración de la carátula, que muestra a un muchacho con un sombrero de paja. En la parte de atrás el libro tiene un papelito platinado, en el que hay una cita de San Agustín. El libro me lo han regalado y recuerda un poco a “Las aventuras de Tom Sawyer” que ya he leído.

Pasa un buen rato y mi madre llama a almorzar…

Dejo el libro sobre la colchoneta, la estiro para que no quede la parte doblada y voy al baño que está en la terraza, para lavarme las manos. Me las seco con la toallita blanca y salgo para subir los escalones que me llevarán al comedor. Abro la puerta y como todavía no hay nadie, voy a mi sitio, me siento y acomodo. Tengo hambre y mordisqueo un pan francés que he sacado de una panera metálica que está al centro. Entran por la otra puerta, la que tiene vidrios y da al hall, mi padre y mi hermano Panchín. De la despensa, por otra puerta que suele estar abierta, entra mi madre. Se sientan y damos gracias por lo que vamos a comer. Es un almuerzo de domingo y estamos los cuatro, porque Teté mi hermana mayor se casó y se fue a Arequipa. Yo he heredado su cuarto con dos ventanas que dan a la calle, en la fachada de la casa. Bajo ellas, en relieve se puede leer afuera, “Villa Teresa”. Nunca me había puesto a pensar que era el nombre de mi hermana, Teresa y que la casa la alquila mi padre a una señora Renée Pazos de Letona, desde que vino con la familia a Lima, creo que en 1946: El nombre tiene que haber sido una coincidencia.

Vamos a almorzar hoy domingo, caluroso domingo, en el comedor que tiene una ventana de guillotina, acristalada, que mira hacia el mar, justo al lado de la puerta por la que entré. Ahora la ventana está abierta para refrescar la hora. Hay como entrada una empanada, comprada seguramente hoy en la panadería del italiano Mangini, de la avenida Grau, para cada uno. Digo que comprada hoy, junto con el pan, porque no tenemos refrigeradora. Como es verano no hay sopa y seguramente un plato fresco será lo que comamos. De postre: ¡Uvas! Uvas Italia verdes y grandes. Un racimo para cada uno. ¿De tomar?: Agua.

Mi madre termina tomando un “mate” de manzanilla. La conversación se prolonga un poco de sobremesa y yo no veo el momento de volver a leer. Finalmente acabamos todos y mi padre sube a tomar “la horizontal” que yo algún día interpretaría como una pastilla, sin imaginarme que era una siesta. Mi hermano va también a su cuarto y seguramente irá más tarde a la vermouth a algún cine, que puede ser el Zenith con sus amigos Manolo, Paco y Pilo: Los Peirano y Felipe Gordillo. Mi madre trasteará un poco, leerá otro y escuchará música en el tocadiscos que está en la salita: Un Garrard  que tiene un mueblecito hecho a propósito, sobre el que está el aparato de radio cuya marca ya no recuerdo y que fue remplazado después por un Saba con ojo mágico verde y redondo, cuya misión es indicar la más ajustada recepción de la emisora.

Yo recojo el libro de la terraza de abajo y dejo la colchoneta para guardarla más tarde, con la admonición de mi madre: “No la dejes ahí, se van a hacer pila los gatos”. Deben ser los mismos gatos que maúllan por las noches y recorren las dos terrazas de la casa como su territorio.

Subo a mi cuarto a leer un rato y sé que antes de bañarme, debo hacer la tarea.

Llamarán más tarde para el lonche, donde me encontraré con los amigos de mi hermano, que han venido para ir al cine. Manolo Peirano, en broma, dice que debe estar muy rico el queso gruyere de los sándwiches, pero que a él le han tocado solo los huecos: Risas generales y mi padre prepara más sándwiches.  Todos toman café con leche Gloria, servida de la lata nomás y yo una Ovomaltina porque el café es para los grandes.

Los jóvenes se van al cine, mi madre vuelve a su música, yo ataco a mi tarea y mi padre leerá El Comercio y La Prensa.

Finalmente mi madre avisa que está listo mi baño y dejo aún sin terminar “mis propias palabras”, para desvestirme y entrar al cuarto de baño, que tiene una ventana que da a la terraza de arriba, con los vidrios pintados de blanco para dar privacidad. La tina está llena de agua caliente y Adosada a la pared hay una terma pintada de crema, que dice “50 litros” y tiene una extensión de tubo movible, que termina en un caño y que ahora pende sobre la tina. Pruebo el agua con la mano y me meto en ella. He traído una revista de “Porky” para mirar antes de jabonarme.

Estoy en el agua hasta que empieza a enfriarse, decido que así está bien y salgo del largo y caliente remojón para secarme, ponerme un pijama y en zapatillas, esperar la hora de comer terminando la tarea. Cuando mi madre llame ya sé que a la mesa llegará puré de espinacas, puesto sobre dos tostadas. Pediré que frían un huevo y lo pongan sobre el puré. De postre habrá gelatina de fresa. Mi hermano llegará después de las 10.00 p.m. y mi madre lo esperará para calentarle la comida, o de pronto María, que a pesar de ser domingo no ha salido, porque la vino a visitar su primo Juan, que es Guardia Republicano, será la que se encargue de eso.

No espero mucho, subo a mi cuarto termino de escribir y me apresto a meterme en cama, no sin antes llevarme el libro, para leer hasta que mi padre diga: “Manolo, apaga la luz” y yo remolonee un rato para hacerlo y me duerma pensando que al día siguiente es lunes, es verano y yo estoy de vacaciones.

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