“T P”


Estuve “chateando” con mi amigo Domingo, que me encontró con el Facebook abierto. Miraba a ver si alguno de los amigos que a veces leen lo que escribo, había visto mi último post, aquí, en el blog. Nadie lo había marcado y entonces llegó. Su primera frase fue para saludarme y después decirme: “Manolo, estamos jodidos”. Cuando le pregunté por lo que pasaba, me contestó: “Porque no podemos caminar”: Una rotura del hueso de la pierna lo tiene inmovilizado y a mí el infarto cerebral me detuvo hace casi dos años. Repliqué que las anémonas, las flores y las esponjas no se movían de su sitio y no les pasaba nada. Me respondió que eran organismos unicelulares. A mi vez le dije algo sobre nosotros, organismos multicelulares y él me dijo que estaba un poco deprimido y que a los 64 años no había un buen seguro que funcionara. Le dije lo que pienso: A los 60 somos unos viejos desechables e incómodos, que se evitan.

Y me puse a pensar que mi siguiente post se lo dedicaría a él.

Eso estoy haciendo, rompiendo la costumbre de no escribir ni publicar nada dos veces en un mismo día. Hace poquito la rompí, también por amistad…

Domingo es mi amigo de colegio. Nos conocemos hacen ufff años y aunque no hemos sido de vernos seguido, muchos recuerdos escolares y amistades nos unen. Nos une ese hilo indestructible que se forja al principio, cuando uno es niño. Lo he visto antes de mi infarto cerebral bastante seguido, hicimos planes conjuntos de trabajo que no se concretaron, conversé bastante con su hijo y ¡plum!: Caí enfermo. Ha pasado el tiempo y contactos esporádicos por la computadora con la promesa  incumplida de ambas partes de vernos es el resultado. Hace poco él tuvo su accidente y usé el Facebook para desearle mejoría.

¿Qué decirle a Domingo? Tal vez extender lo que ya le dije: Somos material descartable, pero la gran diferencia que tenemos ambos son las ganas de hacer cosas. No me atreví a comentarle que hoy había ido con Alicia, muy despacito a Wong, a ver si había algún libro para leer. Molesto conmigo mismo porque no veo bien, me demoro para elegir y siento que puedo ser un estorbo para los compradores veloces de un supermercado, sin embargo compré tres libros, tomé un café y salí con la ayuda de Alicia, dándome la mano para que no corriera peligro. ¡Me estoy moviendo! Repito: no me animé a decírselo.

Entiendo muy bien la frustración de mi amigo, que siempre vivió apurado, haciendo muchas cosas y dando muestras de un genio, por decir lo menos, fuerte. Estar de “para” no es lo mejor del mundo, sobre todo si uno ha tenido la costumbre de ir delante y si no se hacían las cosas, hacerlas.

Comprendo a mi amigo porque yo he sido más o menos igual. Pero esto que me dio me ha enseñado a valorar la paciencia. A saber que hay cosas que ahora no puedo hacer, pero trataré. Recuerdo el movimiento europeo “Slow Food” sobre el que leí y ahora lo comprendo mucho más como filosofía integral de vida: “Slow Life”. Algo que una vez probado, ejerce una atracción adictiva, que siento buena. Como decía Gilberto, mi buen amigo pintor, ya fallecido: “¿Para qué tanto salto si el suelo está parejo?” Corremos detrás del viento y resulta que es más veloz que nosotros: Nunca lo podremos alcanzar. No significa esto ausencia de metas, sino selección de las mismas y lo que ya dije: Paciencia. Si uno se propone algo y “trabaja” para lograrlo, lo consigue. A veces toma más tiempo del que se querría, pero llega. Mi abuelo materno, dicen, tenía en su estudio de abogado en Arequipa, sobre su escritorio, una plaquita con las letras “T. P.”: Ten Paciencia. Sabio el hombre.

Parece una incongruencia pedir paciencia en una época veloz e impaciente: Resulta, me parece, que no hay nada mejor. Las piedras del camino y los obstáculos, trato que no me venzan. Siempre hay un modo de eludirlos. Mientras lo descubrimos: ¡Paciencia!

No tengo mucho más que decir. Me uso como ejemplo, no porque lo sea, sino porque la información la tengo de primera mano: Hace dos años casi, no podía moverme ni hablar.

“ERA DE TARDE Y SIN EMBARGO LLOVÍA…”


Empezaré como en los cuentos: “Había una vez…” y esta es una buena forma de comenzar. En realidad, como cualquier otra.

Había una vez pues, un muchacho (o sea yo, perdonen la inmodestia) que viajó a Puno con un grupo de amigos, para participar de una experiencia que formaría su carácter y lo haría ver realidades que hasta entonces eran solo adivinadas, leídas o conversadas. Se trataba de ir a hacer trabajo, físico, por supuesto, a una comunidad.

Lo primero que les dieron fue un alojamiento en los dormitorios muy grandes, de un instituto, que se encontraba de vacaciones. Todo era nuevo para el muchacho y sus amigos. Desde las personas con quienes tratarían diariamente hasta el aire frío y enrarecido por la altura.

El trabajo era acarrear grandes piedras para construir un muelle en la comunidad, al borde del lago Titicaca. En realidad, mirándolo a la distancia, lo que habían de hacer era muy poco en relación a lo que el trabajo demandaba. Resultaba una buena manera de conocer ese Perú que a veces se veía en las entonces llamadas “barriadas” de Lima. Un Perú con dificultades, con carencias, pero un Perú alegre, con la alegría que da vivir una vida que se resuelve diariamente.

En uno de los días, invitaron al grupo a ir en lancha patrullera a visitar otra comunidad que estaba asentada en el mismo lago, pero a una buena distancia navegando. El día pasó entre conversaciones, almuerzo, uno que otro baile y muchas preguntas formuladas para conocer más. Al caer la tarde se enrumbó al puerto de Puno. Pero como la ley de Murphy actúa siempre de improviso, haciendo que lo que pueda salir mal, salga mal, se desató una tormenta de padre y señor mío. Eran varios en una patrullera que solo tenía cubierta la cabina  a la que la lluvia y el viento azotaban a su antojo. No sé si han pasado una tempestad en un lago, pero este es como una taza (no importa su tamaño) y el agua se agita sin tener salida, por lo que se mueve TREMENDAMENTE, provocando unas olas gigantescas. Si a eso le sumamos el viento y la lluvia que se convertía en granizo, tendremos a nuestros protagonistas bastante ateridos. De pronto, la patrullera tosió y su motor dejó a la lancha en medio del lago, a merced de olas, viento y frío.

Cuando preguntaron, después de esfuerzos por volver a echar a andar el motor, inútiles por cierto, porqué no se pedía ayuda por radio para que salieran a dar el encuentro, explicaron que no podían quitar el capuchón de jebe de la antena, porque atraería los rayos y bastaba con uno para hacer que el remedio fuese peor que la enfermedad. Sentados a ambos lados de la lancha, la distracción fue contar los rayos que caían a babor y estribor. El panorama era aterrador  para los amigos, marineros de tierra firme, porque entre el viento, las olas, los truenos y relámpagos, los rayos y la lluvia convertida en granizo, las posibilidades de que se hundieran y ahogaran eran bastante ciertas. El granizo, grande como cascajo y filudo como él hizo trizas la casaca de nylon acolchada que nuestro personaje (o sea yo, otra vez) tenía puesta.

La patrullera no tenía al parecer nada de combustible en el tanque  y propusieron “mover” lo poquito que podía quedar a ver si el motor “agarraba” y encendía, que el peso se cambiar de un lado a otro (borda de babor una vez y de estribor la otra): No hubo forma.

De pronto, en la oscuridad se divisó el faro trazador de otra patrullera. Venían en busca de los perdidos, que hacía horas debían haber vuelto. El ataque anterior a una lancha de la Marina, por contrabandistas fuertemente armados y su hundimiento, hicieron que se pensara lo peor.

La patrullera fue remolcada hasta Puno, dejando atrás la tempestad. Al llegar a puerto, los cansados, asustados y ateridos navegantes ocasionales, vieron nieve por todas partes: Había caído la peor nevada de las que había registro. Pero estaban a salvo.

Y “colorín colorado, este cuento…¡Se ha terminado!

Hasta el lunes…