Y NO FUE MÁS QUE EMPEZAR…


El cumplir mañana cuarenta años de matrimonio trae a la memoria un sin fin de anécdotas vividas en ese lapso. Como por ejemplo, que el día de nuestra boda religiosa en la iglesia de la Virgen de Fátima, en Miraflores, que estuvo a cargo de Augusto Vargas Alzamora S.J.,  antes de ser Cardenal, por supuesto, llegué temprano y recibí a algunos invitados en la puerta de la iglesia, comentándome Kiko Ledgard Jr. después, que le parecía muy gracioso que el novio recibiera a los invitados a su boda y no que estos lo esperaran a él. Resulta que la puntualidad que aprendí de mi padre me hizo llegar “por si acaso” con un poco más de media hora de adelanto.

Recuerdo también que terminado el saludo nos fuimos al departamentito que alquilamos en Barranco, al lado de la comisaría, para que Alicia se cambiara el vestido de novia y yo me pusiera también algo más “civil”. Inmediatamente después fuimos a casa de mis padres, también en Barranco, que nos vieron llegar sorprendidos y les dijimos que nos habíamos peleado. Riendo, Alicia terminó de hacerse ayudar a quitar unos ganchos que tenía en el cabello, conversamos un rato y salimos para el centro, al hotel Crillón, donde pasaríamos nuestra primera noche de casados antes de viajar al día siguiente a Tacna y Arequipa  -y si se podía a Arica- en luna de miel de siete días de extensión. Llegados a la puerta del hotel, en La Colmena, nos ayudaron con las dos maletas y subimos a lo que sería nuestra habitación. Ya instalados, un rato después sonó el timbre de la puerta y al abrirla vi, sonriente, al botones, que traía la llave del auto: ¡Lo habíamos dejado abierto y con las llaves puestas en plena avenida céntrica de Lima! Felizmente, o no nos tocaba aún, o era una época un poco menos complicada que esta y el VW crema no desapareció para siempre.

Salimos a “estirar las piernas” y a ver si comíamos algo fuera. Llegamos hasta un restaurante que ofrecía parrilladas en la plaza San Martín. Entramos y cenamos sendos “lomo a lo pobre” que no pudimos terminar y que ocasionarían una ingesta bastante copiosa posterior de Sal de Andrews  para “bajar” una comida que junto con los nervios estaba haciendo estragos.

Al día siguiente, antes de ir al aeropuerto, dimos unas vueltas por el centro, compramos algo de última hora que necesitábamos y salimos para el Jorge Chávez, donde Pancho, mi querido primo y compañero de aventuras, nos esperaba para regresar a casa el VW y cumplir con un encargo de Alicia: devolver la media peluca que le había prestado una amiga.

Al llegar a nuestra primera ciudad de destino  nos hospedamos en el Hotel de Turistas y como era fin de año y había que hacer trámites para lograrlo, no fuimos a Arica, es decir, no cruzamos la frontera y adelantamos nuestro vuelo a Arequipa, a casa de mi cuñado Jorge y mi hermana Teté. En Tacna nos enteramos el día 1 de la muerte de Lucho Banchero, cuyo avión particular nos fue ofrecido por Tony, un sobrino suyo, amigo nuestro y que había sido testigo de Alicia en el matrimonio. Habíamos declinado el ofrecimiento, pues no queríamos molestar a nadie. Me imagino la que hubiese podido armarse si volábamos en su avión, justo el día que lo asesinarían: ¡Menuda luna de miel!