NAVIDAD


Se acerca la Navidad. Estamos a pocos días y el caos es notorio en la ciudad: se llega más tarde por el tránsito embotellado, se hacen más colas largas en los supermercados, los taxis de ocasión llenan las calles peleándose posibles pasajeros cargados de paquetes. Los cohetes revientan en las noches y disparan las alarmas de los autos. Los “marcas” hacen su agosto a fines de diciembre asaltando para aprovechar las fiestas y los mendigos solicitan la buena voluntad que se dulcifica con la proximidad navideña. El avispero se agita y todo el mundo tiene algo qué hacer, regalos que comprar, cenas caseras que planear o decoraciones de última hora por poner.

La Navidad esa fiesta de amor y paz está cerca y ha sido desnaturalizada.

Creo que estaremos de acuerdo que la Navidad verdadera está muy lejos de esta celebración del consumismo y la emulación.

Un edificio pone luces y el siguiente ostenta un reno iluminado en el techo. Los jardines se pueblan de Papás Noeles, muñecos de nieve o bastones de caramelo que en realidad son de alambre iluminado que brilla en las noches y se ve horrible de día.

La Navidad como pretexto para la huachafería y el derroche. La Navidad como un álbum gigante donde el mal gusto se ve en todas las páginas.

Sé que este post no me va a hacer muy popular, pero no puedo callarme frente a tanta afrenta impune. No es que me erija en árbitro del buen gusto y que la bulla de los villancicos me haga desear el silencio. No.

Lo que sucede es que siempre he creído que la Navidad es una fiesta que celebra a esa familia chiquita que son María, José y Jesús. Una fiesta familiar, en suma, una fiesta religiosa con un significado específico. Una fiesta de paz que ni la ONU podría organizar.

Claro que a los niños les encanta la época porque hay regalos (para los que pueden tenerlos), bullicio de cohetes y brillo de luces. La Navidad es para los niños y aquellos que tienen uno en el alma. Los abrazos de las doce, que deben ser para desear paz, son los obsequios que los mayores nos hacemos unos a otros. Porque detrás de todo, debajo de todo eso, está el motivo real: Jesús.

Un motivo olvidado mayormente por la importancia casi exclusiva que le damos al celebrar. ¿Celebrar qué, si no es el nacimiento de Él?

Creo en una celebración más íntima, con la alegría de la sonrisa que no es ruidosa y el deseo hermoso de lo mejor, que no tiene por qué tener luces.

Esta Navidad, parece que será como otras. Hagamos de nuestra parte para que sea una verdadera fiesta de la familia y la celebración del nacimiento de un niño.