UN VIAJE A LA LIBRERÍA.


Es un poco tarde para “subir” este post al blog, pero estuve haciendo algunos trámites. Me acompañó Alicia María y después de un jugo de naranja y una muy mala atención en el local al que fuimos, ante mi insistencia, llegamos al nuevo lugar de la librería “El Virrey”. Le llevaba un librito mío a Chachi y por segunda vez en casi dos años, entré en una librería. La vez pasada fui a “Crisol”, pero el ambiente de supermercado que hay, nunca me gustó mucho y su oferta de libros tampoco fue de mi preferida.

Ir hoy a la librería era un reto para mí, porque era como para un niño entrar a una tienda de dulces o de juguetes. Ahí estaban en diferentes ambientes los amigos de toda la vida y aquellos que serían a partir de la fecha mis amigos y los que vendrán, si es posible, en el futuro.

La hora me garantizaba mínima afluencia de público y libertad para alguien como yo, de moverme y ver lentamente sin las presiones a veces incómodas de los vendedores, que creen adivinar lo que te gusta o tratan de vender lo que está de moda. En “El Virrey”, a la que voy desde que Eduardo y Chachi la inauguraron en Miguel Dasso, sobre la cual un par de pisos más arriba estaba mi oficina, siempre fue diferente, al igual que en la antigua “Castro Soto” de la misma calle sanisidrina. Diferente, porque libreros profesionales que amaban lo que hacían, nunca intervenían en la elección a menos que uno preguntara. Parecerá una verdad de Perogrullo, pero estamos hablando de libros que leen (o leían, en los casos de Castro Soto y Eduardo). Esto para mí es muy importante, porque elegir un libro requiere tiempo, búsqueda y tranquilidad. Es diferente a “comprar” lo mismo. La compra es un acto generalmente definitivo. Aunque sean sinónimos, un libro se “adquiere”. El libro puede ser algo definitivo o estar en tránsito, como cuando uno lo presta o lo obsequia (no “regala” que aunque también sea sinónimo de la otra palabra, a mí me suena más serio, respetuoso y digno). En fin, son disquisiciones y a lo que voy, es que como para algunos, para mí elegir un libro es algo no solo serio, sino que toma tiempo. Agradezco la tranquilidad de librerías donde uno puede hojear, ver, cambiar de decisión y conseguir de entre la pléyade de libros y autores existente, lo que cree que desea. Claro, que uno quisiera poder abarcarlo todo y solamente leer, pero como es imposible por la cantidad impresa y la necesidad de hacer otras cosas, la visita a una librería bien surtida siempre dejará el sabor de la incógnita sobre mucho, por lo menos hasta la próxima visita, en que nuevos títulos satisfarán un  poco la necesidad de conocer, leyendo.

Cegatón yo, me demoré más de lo conveniente, de seguro, pero pude elegir cuatro ejemplares de temas totalmente disímiles que me proporcionarán el placer de una lectura alternada. ¡Qué felicidad poder comprar los libros y qué alegría saber que uno los leerá!

Finalmente conversé un ratito con la cajera, le conté que era mi primera vez en el nuevo local y que había sido un habitué de la librería. Chachi no estaba, pagué y le dejé de obsequio un librito de “El pasado se avecina” diciéndole por escrito: “Para Chachi con mucho cariño, para que vea que de tanto leer, aprendí a escribir.” Y ahora me voy a leer, porque “El Informe Mariano” de Alfredo Queirolo, está esperando.

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

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