EL ÁNFORA DE BARRO.


EL ÁNFORA DE BARRO

 

Mi tía era pequeña y vivía en la hacienda en el Cusco. Venía después de mi padre y a decir de él era la engreída de la familia. Familia que creció hasta ser seis hermanos. La hacienda, en ese entonces era una especie de “lejano oeste” donde eran bastante comunes las armas y quedaba alejada de la ciudad. Estoy seguro que los días pasaban lentos como el rodar esporádico de las grandes nubes sobre un cielo fuertemente azul.

Mis abuelos a quienes no conocí, debían hacer una vida tranquila, dedicada al cuidado de la casa y a las tareas diarias que la hacienda requería. Tendrían trabajadores que habitarían dentro del perímetro de la propiedad, bastante extensa o cerca del edificio principal.

Mi padre también estaba chico y dos de sus hermanos todavía no habían nacido. La hacienda era un pedazo de lo que fue originalmente. Su “capital” había sido un pueblo famoso por sus tejidos y en el terreno, además de cultivo, se encontraban minas de varios metales y hasta una de caolín. Contaban que mi bisabuela montaba a caballo y llevaba en el arzón un rifle, que sabía usar perfectamente. Viajaron a París y se mantuvieron no sé cuánto tiempo en Francia, con lo que recibían de regalías por lo que la hacienda producía. Esta pequeña historia ocurrió cuando ya se había disgregado la propiedad y sólo quedaba el recuerdo de una grandeza ida. Era extensa aún, sí, pero ni la sombra de lo que había sido.

Mi abuelo estaba empeñado en sacar adelante lo que tenía y su sueño era explotar las minas de caolín, una arcilla muy blanca que se utiliza aún para la fabricación de loza fina. Corrían los primeros años del siglo XX. Atrás quedaba el bautismo de mi padre, el hijo mayor, ceremonia que tuvo muchos invitados que durmieron en la casa, toda la semana que duraron las celebraciones. Los capillos de bautismo eran medallas de oro para familiares y notables y de plata para amigos y conocidos, conmemorando la fecha.

Había que enfrentar cambios, reducciones y lo que en un futuro sería el establecimiento definitivo en Arequipa, en una casa de la calle Santa Marta. Vivían en esa realidad y mi tía estaba jugando en el viejo patio, con un ánfora pequeña, de barro, taponada completamente por hierbas, herméticamente cerrada con estas (algún tapón de corcho tendría debajo de las hierbas).

En algún momento del juego, a mi tía se le cayó el objeto y se rompió en el suelo de piedras del patio, derramando un líquido sobre la superficie. No le dio mayor importancia nadie y seguro echarían a la basura los restos de la rota vasija.

Al día siguiente, en el mismo lugar donde el líquido se había esparcido, la piedra estaba carcomida, como si algún potente químico la hubiera fundido. No se supo nunca de donde venía el anforita ni el contenido. Mi tía contaba la historia, que se la debían haber recordado después porque no creo que una pequeña guarde tan bien en su memoria ciertos sucesos, a no ser que sean muy extraños. Decían que había un pajarito en la zona que hacía sus nidos en la piedra, horadándola con el jugo que extraía al picotear ciertas bayas. Bueno, eso era lo que mi tía contaba. Yo no sé si fuera totalmente cierto o una de las historias inventadas por ella para entretenernos. Lo que sí sé es que a veces suceden cosas muy raras.

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

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