NACER


Mi anterior post fue bastante largo. Yo diría que excesivo, especialmente en momentos en que uno no tiene el tiempo suficiente para dedicarlo a algo. Pero sucede que los recuerdos funcionan así, por lo menos en mi caso. Uno va trayendo a otro y este a los demás. Al final es una larga sarta de anécdotas, enhebradas por el hilo de la memoria.

Hoy ha sido el cumpleaños de Alicia María, mi hija mayor y aunque a ella pueda no gustarle, he vuelto a vivir los momentos previos a su nacimiento, cuando en la clínica Anglo-Americana.

El Dr. Tomás Díaz salió de la sala de operaciones (iban a hacer una cesárea) y pasó un papel pidiéndome que firmara, porque necesitaba mi autorización. “Vamos a tratar de salvar al bebé” me dijo y agregó: “Por su mujer ya no podemos hacer más”. En el hall de la clínica, en el segundo piso, me acompañaba Néstor Chacón, mi amigo, hoy fallecido y compañero de trabajo en Kunacc, una agencia de publicidad. Yo cogí una revista para disimular mi nerviosismo y al rato me di cuenta que la tenía al revés.

Esa mañana me había despedido de mi madre que, lo recuerdo, me dijo que no me preocupara y dejara todo en manos de Dios. Mi primera hija nacería mediante una operación a los siete meses del embarazo de Alicia, porque al parecer se estaba estrangulando con el cordón umbilical.

Néstor regresó a la oficina y me quedé solo. De seguro había otra gente en el hall, pero yo estaba totalmente abstraído y me sentía también totalmente solo. De pronto mi esposa y el bebé morían y las ilusiones desaparecerían para dar paso a una tristeza tremenda, perodesconocida.

Finalmente, después de una agonía que nunca había sentido, apareció el doctor para decirme que me felicitaba, que era padre de una niña y que ambas, Alicia y ella, estaban muy bien. La frase “volver el alma al cuerpo” nunca estuvo mejor aplicada. En ese momento sentí que volvía a vivir.

Hoy, que los años pasaron, el recuerdo regresa y claro, me río de ese muchacho, padre primerizo, asustado de perderlo todo. Me río porque la vida ha continuado y ha sido buena con nosotros. Mis padres partieron, mi hermano partió, pero en medio de todo, seguimos aquí, celebrando un cumpleaños más de Alicia María y un nuevo aniversario de la vuelta a la vida de Alicia y mío. Creo que hay que dar gracias a Dios.

LOS PASILLOS DE LA MEMORIA


Estoy recorriendo otra vez los pasillos de la memoria y vuelvo al Barranco de los años 50, un  día cualquiera y sé que me voy a levantar en mi cuarto del segundo piso, de la casa de la calle Ayacucho y como no tengo que ir al colegio, porque es verano, me preparo a sacarle el jugo, sin saber exactamente qué haré en esas horas en que permaneceré despierto.

Después de lavarme rápidamente y vestirme, bajo a desayunar. En el comedor están mi padre y mi madre y por alguna razón mi hermano no. Alejandrina y María,  las empleadas familiares,  ya empezaron su diario limpiar y hacen una pausa temprana para desayunar también, cerca al comedor, en lo que se le llama “la despensa”: una habitación que tiene un par de armarios empotrados, grandes, donde se guardan diversos alimentos secos y las botellas de aceite “Friol”, de sillau y la infaltable salsa inglesa, oscura, “Lea & Perrins” en la botellita clásica, con una etiqueta naranja. Debe haber también alguna lata de sardinas de las que le gustan a mi padre y una lata de aceite de oliva marca “Plaignol”. Estoy seguro que si sigo husmeando en la memoria, voy a encontrar mucho más. Hacia abajo, en un pequeño apartado de la alacena, debe estar la lejía “Liguria” y los jabones ara lavar, de esos que mi madre usa una vez por semana, en la terraza de arriba, para hacer lo que después sabré se llama ”la colada” y que significa que ella hervirá la ropa en un cilindro puesto sobre el “Primus” grande  y la revolverá con el “palo de lavar”,  un viejo mango de escoba ya blanquecino por el uso. Restregará las prendas con la “escobilla de lavar” de cerdas fuertes, en la “tabla de lavar”, remojará, enjuagará  y exprimirá para después colgar lo lavado en los tendederos que son alambres que ahora me doy cuenta deben ser “galvanizados” porque no se oxidan, que están simétricamente colocados en la terraza.

Pero estaba preparándome a desayunar  y veo en el comedor la mesa cubierta por el mantel de hule a cuadritos, con los sitios puestos para los tres y mis padres ya desayunando. Media toronja para mi padre, tostadas que se hacen “adentro”, en la despensa, en una tostadora bastante curiosa, con dos puertas abatibles, detrás de las cuales se ponen dos tajadas de pan. Mi padre come pan negro, de centeno y mi madre unta las tostadas calientes que trae María, con mantequilla arequipeña de “Velando” y alguna mermelada. Ellos toman café y a mí me sirven un plato de avena “Quaker”, con canela y clavo (puedo ver los palitos)  y endulzada con azúcar rubia.

Desayuno lo más rápido que puedo, pero quedo al último: el “Quaker” estaba caliente y me demoró comerlo. Dejo un poco de leche “Gloria” en la taza y mientras mi padre se despide de nosotros porque va a trabajar al centro de Lima, al Ministerio de Fomento y Obras públicas, en el carro “Ford” modelo “Victoria” de dos colores, que le da el Ministerio, manejado por “don Rodríguez”, el chofer de sempiterno sombrero de paño, yo subo corriendo las escaleras para volver a mi cuarto donde Alejandrina ya está haciendo la cama. Mi cuarto propio, para mí solo, que “heredé” de mi hermana cuando esta se casó y fue a vivir a Arequipa. Tiene dos ventanas gemelas que dan a la fachada de la casa y debajo de ellas, curiosamente dice “Villa Teresa”, el nombre de Teté, mi hermana, que tenía quince años cuando nací.

Saco apurado mis patines “Winchester” de fierro, a ver si esta vez me los puedo poner sin ayuda y patinar o tratar de hacerlo en la “terraza de abajo”.

No creo que tuviera tanta suerte y abandono tras algunos frustrados intentos de mantenerme derecho y no caer. Subo lentamente las escaleras hacia el hall y allí encuentro “El chico de las dunas”, que estuve leyendo. Decido entonces bajar trabajosamente una colchoneta y ponerla en la “terraza de abajo” para tumbarme y continuar con la lectura. Me ayuda María, que ha visto mis dificultades para cumplir con el cometido yo solo.

Hace buen tiempo, decididamente es verano y leo hasta que llaman a almorzar. Ha llegado mi padre del trabajo, mi madre debe haber ido a hacer compras al mercado y donde el “chino Perico”, con María, para que doña Victoria, la cocinera, prepare la comida. Yo, es ese lapso he viajado con la lectura y ahora resulta que tengo hambre. Un “chupe de viernes” (ya sé que día es) con su huevo frito flotando en el caldo y cubriendo a medias las papas y alguna odiada verdura (si es que a las habas hervidas se les da tal categoría) para empezar, luego el segundo que es pescado con arroz y como final una gelatina. ¿De tomar? ¡Agua! Como debe ser,  a esa hora y entonces, sobre todo en casa, no se piensa en gaseosas. He contado, respondiendo a las preguntas de mi padre, lo que leí y cómo pasé esa mañana. Él tomará “la horizontal” que es una siesta de no más de 15 minutos y no una pastilla, como yo creí alguna vez y volverá al trabajo. Mañana, como es sábado, trabajará solo medio día.

¡Tengo toda la tarde por delante! Creo que voy a revisar las figuritas de mi álbum, pegar las que tengo sueltas y ordenar un poco mis cosas, como  dijo mi madre. No es que tenga mucho en mi cuarto, pero sobre la mesa, pomposamente llamada escritorio, se acumulan algunos chistes de “Porky y sus amigos”, un libro de “Tintín” que se llama “El Tesoro de Rackham el Rojo” y lo que, seguramente otros, considerarían “basura” compuesta por chapitas, un trompo que nunca supe “bailar”, papeles y seguramente algún veleidoso dibujo hecho por mí, en una tapa de caja de zapatos “Diamante”.

Paso gran parte de la tarde entretenido pensando que debo cambiar el oso negro, que tengo repetido, por una figurita de golondrina y así ir completando la colección y revoloteando de aquí para allá, poniendo en orden el bendito escritorio, lo que supone guardar lo sobrante, mejor dicho, esconder lo que queda, en el cajón.  Hay una pausa para el lonche que trae una taza grande de leche con “Ovomaltina” y un pan con mantequilla. Tal vez torta, de la de dos colores, que mi madre preparó ayer. Al caer la noche, a sentarme en el suelo de madera de la salita, a los pies del mueble que tiene el radio, para escuchar “Radio Club Infantil”. Más tarde a comer, esta vez con mi hermano ya de regreso a casa. Seguramente hay pastel de acelgas, que no me gustan, porque son fibrosas y aunque las disfracen, para mí siguen siendo verduras.

Conversamos, mi hermano Panchín cuenta su incursión por el jirón de la Unión y yo imagino el tranvía que lo ha llevado y traído, como un inmenso tren, de esos que aparecen en las historietas de “cow boys” de “Red Ryder”, el pelirrojo.

Se ha terminado el día y cada uno se va a su cuarto, en los altos. Mi padre y mi madre al suyo, mi hermano al suyo y yo al mío, que está entre los dos. Pasada por el baño para lavarme los dientes, pijama y a leer echado en la cama, con la luz de la lamparita de la mesa de noche, que mi padre dentro de un rato me pedirá apagar. Lo tengo todo listo y cuando se aquiete el murmullo de la conversación de mis padres  y piense que duermen, me meteré debajo de la sábana para seguir leyendo alumbrado por una linterna que usa dos pilas gordas “Ray-O-Vac”, que tienen un gato saltando por la “O”.

TRAJES VACÍOS


Con un título similar, pero cambiando trajes por ternos, escribí hace mucho tiempo un breve artículo que por supuesto no publiqué en ningún sitio, porque en ese entonces trabajaba como Secretario de Comunicaciones de la PCM, del gobierno del Presidente Alejandro Toledo y mi contrato  impedía hacer uso de la información acopiada, en beneficio propio, por un número determinado de años. Ahora trataré de rehacerlo, acordándome de las cosas agregando algo, fruto de la distancia.

Cuando un congresista, ministro o alguien con poder lo pierde, queda lo que podríamos llamar un “traje vacío”. Es decir, la funda que ya no tiene mayor contenido. El Poder, con “P” mayúscula ha abandonado a la persona, haciendo que esta quede reducida a su expresión normal. Atrás quedan las circulinas y  las motocicletas oficiales que abren paso, apuran y aceleran tramos. Lejos están las palmadas en el hombro y los “querido cholito”, “pase usted” y “es gracia que espero alcanzar por su intermedio”. De pronto, todo se acaba y la lisonja se convierte en indiferencia. He visto alguna vez una tarjeta que presentaba a su propietario como “ex diputado” y me pareció triste. No las he visto de ex médicos, ex ingenieros, ex curas ni ex putas. Es reconocer que se fue algo que ya no se es. Es decirles a todos que se sigue viviendo de las “glorias pasadas”, que se está en el ayer y no en el presente.

¡Trajes vacíos! Como las conchas de los caracoles muertos que son el recuerdo de algo que vivió. Imágenes archivadas de un poder ejercido o no pero latente, que únicamente queda en las imágenes desvaídas de una fotografía…

Es triste comprobar que aunque los poderosos no se resignen a no serlo, la volatilidad del poder es inmensa y desaparece, por lo general, sin dejar huella.

 Le sucede lo mismo al guachimán que de día ejerce su cuota de poder delegado o asumido e impide la entrada a algún lugar, solicita documentos decidiendo y llegada la noche se convierte en un anónimo pasajero de microbús rumbo a su domicilio en un barrio marginal.

“Hacerse esperar” es una de las señales de tener poder. No significa necesariamente que uno esté ocupado, sino que mientras avanza el reloj y se usa y abusa del tiempo del otro, más  “importante” se es.

“Cuotas de poder” se llaman.  Ejercida por la empleada que debe estar atendiendo en una ventanilla y no lo hace porque está pintándose las uñas a vista y paciencia de todos. La ejerce quien come despreocupadamente mientras al frente de su escritorio alguien espera ver resueltos sus reclamos. La ejerce el que se hace llamar “doctor” por darse importancia y nivel ninguneando a los demás. Cuando esas partículas de poder desaparecen, los individuos retornan a lo que alguien llamó “su triste realidad”.

DISEÑANDO NUBES


Ella trabajaba como diseñadora gráfica en “Aleph Comunicación Integral”, una agencia de publicidad de la que fui socio-gerente, hace algunos años. Daniela, de risa franca, dibujar hermoso y despreocupación por todo lo que no fuera el trabajo que hacía, ha brotado ahora de mi memoria y una oleada de nostalgia y cariño me ha invadido, este domingo ya muy lejos de la noche en que un accidente hizo que no volviese más a mezclar colores y plasmar formas. Daniela falleció, junto con su novio, la aciaga noche del incendio de la discoteca “Utopía”. Algo que pudo evitarse y que sin embargo sucedió. Sé que él volvió a buscarla, pero ambos no regresaron más.

Daniela, la de la risa franca y las preguntas inocentes. El alma buena con quien compartía de vez en cuando un café en la cocina de la oficina, haciendo un alto en el corre-corre diario. De ella aprendí el valor de las cosas sencillas y dejó un silencio terrible al irse.

Hoy que es domingo por la tarde-noche, miro hacia atrás y pienso que mañana iré temprano a la oficina, suponiendo que allí me encontraré con Daniela y  Paola, mi sobrina, también diseñadora y su íntima amiga, que estarán de vuelta del gimnasio. Eso debe ser, porque hace mucho tiempo atrás que Daniela nos dejó y que incluso yo mismo dejé “Aleph” para recorrer otro tramo de la vida, esta vez como Secretario de Comunicaciones de la PCM, en el gobierno de Alejandro Toledo.

En esta tarde-noche, he mirado una fotografía que tengo de Daniela, tomada en un paseo que hizo a Huaraz. Eso y un regalo de un calendario de ese año del “Señor de los Anillos” por mi cumpleaños, es lo único material que tengo de ella. Y digo material, porque guardo el recuerdo inmenso que durante mucho tiempo el dolor de haber perdido a una amiga, hizo que la memoria tejiese una cortina espesa. Hoy, sin motivo aparente, su recuerdo volvió y estoy seguro que ella estaba allí, silenciosa, esperando el momento.

¡Cuánto daría porque mañana lunes, al ir a la oficina Daniela estuviera esperando para consultar algo!  Sin embargo ya no hay oficina y Daniela está diseñando nubes en una eternidad que empezó a vivir muy temprano.

 

LA FUERZA DEL OLOR


A veces uno fuerza la memoria, tratando de extraer recuerdos y un cierto olor gatilla  la extraña cadena de asociaciones que nos trae el pasado al presente y nos lleva a él. Hoy por la mañana, de pronto sentí lo que para mí era el olor característico de la pintura. No una pintura cualquiera sino la del esmalte. En el momento de detectarla, un cúmulo de imágenes del pasado vino a mi mente. La más nítida tenía que ver con una mesita de noche que alguna vez, chico, pinté con lo que seguramente eran los restos de un esmalte del color que hoy llamaríamos “hueso” y que entonces era una especie de blanco indefinido, un poco crema. Me quedo con ese recuerdo porque una vez escogido, me permite ver la forma del pequeño mueble y cómo mi absoluto desconocimiento hizo que el cajón, muy bien pintado, se pegase, impidiendo después su normal apertura. Una vez, dificultosamente extraído (con ayuda segura y reconvenciones lógicas) se mostraba en forma de gotas rotas de pintura chorreadas y secas, la trampa que impedía el normal deslizamiento del cajón. Deben haberme indicado que dejase secar fuera el cajón y que después lo colocase, una vez que la pintura estuviese BIEN seca. Lo habré hecho así, pero en la parte baja del cajón siempre quedaron restos de esas gotas rotas y dificultaron el cierre. ¿Resultado? Otra vez se esparció por el aire, fuertemente, una y otra vez tiempo después, el olor a pintura. A esmalte llamado curiosamente en un alarde de modernidad, “sintético”.

Tiempo después, cada vez que abría el cajón de la mesa de noche que quedaba cerca de la cabecera de mi cama, sentía el olor característico. Ese olor que hace un rato me devolvió a un momento de evidente impericia y deseo de terminar algo empezado, inmediatamente.

Y entonces también recordé cuando en ésa misma habitación de la casa de Ayacucho 263, en Barranco, el éter despedido por un chisguete de vidrio, de carnavales marca  “Amor de Pierrot” que yo había escondido precipitadamente bajo mi almohada y que se rompió, me hizo dormir profundamente, digamos que me anestesió y felizmente, al no moverme, los vidrios del envase roto no me produjeron ningún corte. El olor a éter no se borrará nunca de mi memoria y estará asociado a los carnavales, sí, pero a que uno de niño suele hacer cosas que ya crecido nunca haría, porque las consecuencias pueden ser desastrosas.

Hay mucho escrito sobre los olores, desde tratados como “El mono perfumado” y cuentos como “La nariz” hasta novelas tan notables como “El perfume”, que tratan de la estrecha relación entre los olores y el recuerdo. Hay mucho escrito y he leído bastante sobre el tema, pues en mis cursos de creatividad, lo he tocado extensamente, sin embargo el misterio persiste para mí. Siempre me parecerá de fábula que lo olido active la memoria y haga surgir momentos, sabores y texturas del pasado. ¿O es que el olorcito de un lomo saltado haciéndose no ha conseguido que “salive” de gusto?