EL TWIST


Fue un éxito mundial. El baile que animó todas las fiestas jóvenes en cualquier lugar.

Uno podía escuchar “El Twist” donde uno quiera que fuera. Chubby Checker, lo hizo famoso así como Bill Halley y sus Cometas. Nacido el año 1960 fue una derivación del rock´n roll,  que se podía bailar,  con las parejas separadas.

Para bailarlo, el movimiento era un enérgico giro de la cadera y los talones, manteniéndose sobre las medias puntas. Los bailarines se podían desplazar adelante, atrás, a los lados y hacia abajo.

Marcó toda una época. Recuerdo ahora el italiano “Guarda come dondolo” (“Mira como me balanceo”) y el clásico “The Twist”. Seguramente mucho más se compuso, adaptó, pero especialmente se bailó al empezar los sesentas.

Cuenta la leyenda (que quizás es un ardid promocional de la época) que Chubby Checker era carnicero e “inventó” el baile de los movimientos repetitivos que hacía en su profesión, al cortar y girar hacia un lado para colocar el producto, regresando el giro, para volver a cortar. De la repetición de los movimientos, se decía entonces, nació el “twist”. Según la historia quien compuso la canción fue Frank Ballard, el nombre artístico de John Henry Hendricks, músico afroamericano de rock que murió en el 2003 e integró el “Salón de la Fama del Rock” desde su ingreso en 1990.

No importa si la leyenda pelea con la historia (que conocí gracias a Wikipedia), lo que vale es que el “twist” marcó toda una época, en la que en las radios y “rockolas” era lo que más se escuchaba y no había fiesta donde no se bailara. Fue una moda, qué duda cabe, pero una moda bailable y divertida que se sigue recordando. Justo ayer escuchaba en un CD, la canción italiana interpretada por Edoardo Vianello, “Guarda come dondolo”, recordaba la fiesta de la que nos echaron por no bailar y la oportunidad que nos ofreció el sencillo “twist” para entrar en el mundo del baile, la socialización y no ser unos marginados en las “patotas”.

¿LECHUGA? ¡PARA EL CANARIO!


 

No me gustan las verduras.

Esa ha sido una constante desde que tengo memoria. Algo que no debe ser muy bueno para mi salud, pero que a pesar de tácticas, presiones, disfraces, enojos y paciencia, es algo que nadie, ni yo mismo, ha conseguido que coma consistentemente. Es claro que algún puré de espinacas he comido y el tomate no me provoca repeluznos, pero una ensalada “Caesar” (o dicho en cristiano César) me atrae tanto como el alcohol a un abstemio.

Lo siento mucho, de veras, porque sé que cantidad de los que lean esto disfrutan de la lechuga y el brócoli. No estoy en su club. Hacen ya casi sesenta y cinco años que no como verduras y han sido infructuosas todas las maniobras emprendidas para que lo haga. Hace unos años, un muy buen amigo mío me invitó a almorzar, pero como no había mucho tiempo, decidió que comeríamos en su oficina una fresca y abundante ensalada César, con “croutons” acompañada de un buen vino. A pesar de que él sabía que las verduras y yo no éramos cofrades, debió haberlo olvidado en  un instante fatídico. Haciendo de tripas corazón, bebí un poco del magnífico vino y juntando fuerzas, cogí con el tenedor unas hojas, me las llevé a la boca y deglutí. Un nuevo trago de vino hizo que el sabor (para mí desagradable sabor) se enmascarara. Así, conversando, me comí todos los “croutons” y muy poco más de lo que ya era un suplicio. Agradecí, terminé el vino que me había servido de aliado y ataqué un postre que no recuerdo bien cual era. Un café caliente cerró la poco grata aventura gastronómica. No es que la ensalada estuviera mal preparada, seguramente era una muy buena ensalada “César”, pero yo no soy, ni era nadie, en capacidad de juzgarla. Esa tarde-noche, la “venganza vegetal” me alcanzó y el estómago se me hizo añicos. ¿Idea? No tanto, porque mis experiencias anteriores con plantas de todo tipo, nunca fueron satisfactorias. Llevar una flor, en el mes de mayo, mes dedicado a la virgen María, cuando era chiquito en el colegio, suponía una verdadera prueba y la llevaba bien envuelta en papel y lo más alejada de mí. Hay una película de cuando yo tendré tres o cuatro años, donde mi hermana Teté me corretea por el parque municipal de Barranco, amenazándome con un ramo de flores y riendo. Mi madre contaba, que de pequeñito, al pasearme en el coche por la avenida Pedro de Osma y pasar bajo los ficus, temblaba. Sí, yo temblaba. Pienso que si hay alguna otra vida,  morí porque me aplastó un árbol o me hizo efecto la cicuta. Hoy, flores en la mesa, como adorno,  arruinan cualquier comida para mí, aunque las verduras no estén presentes ni en la imaginación.

Ya crecido, en mi primera estancia larga en la clínica Americana, advertí a la nutricionista de mi peculiaridad. Tomó nota y un mal día se le ocurrió enviarme algo donde cierta verdura estaba arrebozada de tal modo que (para ella) pasaría desapercibida. Mi gusto la detectó de inmediato y la comida regresó con la gelatina consumida y el plato principal prácticamente intacto, con mis enérgicas protestas.

La vez siguiente en que fui a la misma clínica, la dietista, al visitarme, dijo: ¡Llegó nuestro problema!y no recuerdo que tratara de hacerme pasar “gato por liebre” o siquiera ver alguna verdura flotando en la sopa.

Soy un pésimo ejemplo, pero siempre dije que tenía colmillos, para desgarrar la carne y que si comiera hierba solamente, tendría planos los dientes y muelas como las vacas. Siempre se han reído de mí por esto y muchas veces se han enojado conmigo: mueven la cabeza y me hablan de las virtudes de la verdura. No va conmigo. No me gustan las verduras, especialmente aquellas que son hojas. En general, no suelo comer nada verde, porque me recuerda a lo que para mí no es comida. La palta, si la como y me gusta. La como con un poco de sal, pimienta y aceite de oliva. Todavía recuerdo que a Alicia, cuando recién nos casamos, le regalé un libro ilustrado por Quino, que se llamaba “¡Viva la lata!”, con un capítulo que se llamaba “De la palta, considerada como lata”. ¿Ven? Alguien más piensa que la palta no es verdura, sin  llegar a los extremos claro, de comer palta con azúcar, mermelada de fresas o saborear helados o “milk shakes” de palta…

Bien. De pronto mis cuatro infartos al corazón y tres ataques cerebrales, se han debido a mi no ingestión de verduras, no lo sé, pero a estas alturas, mis papilas gustativas creo que están lo suficientemente entrenadas, como para que detecten el sabor una lechuga que estuvo y fue sacada de un sándwich, porque yo no como verduras.

NIETO EN BUENOS AIRES


Ayer Manuel tomó un paquete de bizcotelas y las deshizo minuciosamente, para después, como es su costumbre, protestarle a su mamá porque había migas, muchas migas y a él no le gustaba. Digamos que le molestaba que las hubiera. Le daba asco, pues.

Todo esto lo vimos en la pantalla de la computadora, gracias a una máquina allí, otra acá, un par de camaritas y un programa. Es decir que las imágenes juntaron la distancia de miles de kilómetros que separan Buenos Aires de Lima. Ayer, cumpleaños de la abuela, el nieto, en medio de su destrozo “bizcotélico”, le dijo “¡hola!”, se rió y estuvo con nosotros un rato. Cristian y Paloma también estaban allí. Hacía calor en la ciudad del Plata y teníamos dos horas de adelanto.

Me sigue pareciendo una maravilla eso de conectarnos a distancia, vernos, hablarnos y escucharnos siempre que podemos. Claro, que está el teléfono pero el ver, escuchar y hablar  sin sostener un adminículo, por el que solamente se escucha y se habla, es algo que aunque hoy sea frecuente y muy sencillo, a mí no deja de llamarme a perplejidad. Debe ser porque cuando mi hermana se casó y fue a vivir a Arequipa, allá por el año 52, nosotros en Barranco no teníamos teléfono y los domingos, creo era ese día, con mi madre íbamos a la casa de Sara Freyre, en la misma vereda de la calle Ayacucho, pero en el extremo en que se hacía esquina con la Bajada de los Baños. Allí después de atravesar la reja y luego de un salón estaba el teléfono  (era de pared), desde donde conversábamos rápido y bastante mal con Teté, que mediante un acuerdo previo con mi madre, llamaba a determinada hora. Así sabíamos “de viva voz” como estaban allá y ellos podían saber de nosotros. Hablar por teléfono “a larga distancia” para mí era cada vez toda una experiencia.  Por eso, ahora que las facilidades ponen ante nuestros ojos lo lejos, cerca, recuerdo unos días en que Arequipa sonaba al “otro lado del mundo” y por eso, viajar allí tenía tanta importancia personal, además de servirme para ver a mi hermana y familia , a los Echegaray, a los Gómez de la Torre y divertirme con primos de edades cercanas.

Manuel, “Manu” para los iniciados, tiene dos años y un poquito. Habla en su propia lengua, intercalando palabras que se le entienden y creyendo que uno comprende perfectamente lo que como carretilla dice. Es grande de tamaño para su edad y desarrollado para la misma.

Estuvo con sus papás un año aquí, pero  tocó en suerte que durante todo ese período estuviera lo suficientemente mal como para que Alicia y yo no disfrutáramos por entero de su vitalidad desaforada y estoy seguro que ellos y él, no lo pasaron tan bien como hubieran podido. No digo que no estuviera bastante bien todo, pero es que uno siempre quiere más y en verdad, todo puede ir mejor.

En fin, ya están en Argentina y Manuel irá al nido cuando empiecen allá las clases. Me lo estoy imaginando con su guardapolvo y extrañado de ir descubriendo un mundo nuevo y fascinado con hacerlo. Empezarán las amistades, el aprender lo que después le va a servir en la vida para irla construyendo, los sustos sin razón de los papás y la continuará la chochera, estoy seguro, de sus abuelos argentinos Nelly y Pepe.

Ayer fue un buen día: cumpleaños de Alicia, visita nutrida da familia a compartir y estar un buen rato en una casa de Temperley, en Buenos Aires. Virtualmente, es cierto, pero por lo menos estuvimos allí y ellos estuvieron en casa, en San Borja.

Parecería de lo más normal y seguramente lo es, pero para mí, valga le reiteración, sigue siendo una maravilla. La maravilla con la que mis padres no soñaron cuando se escribían cartas de enamorados de Lima a Arequipa y viceversa, usando para transportarlas los vapores que unían El Callao y Mollendo o más tarde tener noticias de la familia a través de una cita telefónica acordada, una “larga distancia” no muy clara y la mistad, ¡siempre la amistad! de quienes uno guarda el mejor de los recuerdos.

ESTAR EN LA MIRA


 

Imagino lo que debe ser vivir bajo la atención constante del público.

No poder hacer nada sin que esto sea escrutado, juzgado y se opine sobre ello. No poder vestirse como se quiere sin aparecer como “el peor vestido” o merecer burlas inmisericordes. Supongo que a todo se acostumbra uno y la exposición inclemente al acontecer diario se convierte después en una necesidad para quienes vemos tratando desesperadamente de ganar notoriedad, especialmente en los medios, haciendo de todo para conseguirlo.

Los ejemplos están a la vista con sólo mirar un periódico o revista, ver TV, escuchar radio o navegar un rato por Internet. Una cosa es destacar por algo y otra muy diferente hacer que uno destaque por cualquier cosa. Cuando me tocó ver el tema de comunicaciones con el Presidente Toledo, un día le dije que no me gustaría, nunca, estar en sus zapatos. Veía como su vida privada se hacía no solo pública sino que era motivo de chistes, chanzas, dimes y diretes.  Lo veía decidir sobre algo y divisaba un cargamontón de opiniones sobre lo bueno o malo de la decisión. Ahora lo veo en el actual Presidente, Ollanta Humala y su esposa Nadine Heredia.

De pronto, un militar y su esposa se han convertido en la comidilla de los medios y del país, alimentando apetitos, generando opiniones, desatando críticas y soportando endiosamientos.

Comunicadora, debe mirarse con un poco de extrañeza ella y militar devenido en político él, debe pensar: “Están hablando de mí… ¡Ese soy yo!”. Estoy seguro que no se imaginan lo que seguramente vendrá. Empiezan recién, no importa que hayan transcurrido un poquito más de cien días de su elección presidencial  y vengan de dos campañas electorales. “No se estudia para ser Presidente” me dijo una vez la señora Eliane Karp.

El Presidente y su esposa comienzan un periplo que puede ser devastador en el tema de privacidad, si no se mantienen fuertes y ajenos a “run-runes” que tratarán de modificar sus personalidades. Se esfuerzan y esforzarán, estoy seguro, por mantener incólumes sus “yo” interiores. Sin embargo circulan y acechan muchas tentaciones que se les ofrecen y que un “no tiene nada de malo” como respuesta interna y su aceptación natural, provocarán una tempestad muchas veces desproporcionada.

Es que ya no son ellos, sino lo que significan. No se tiene en la mira a Ollanta y Nadine, sino al Presidente del Perú y a su esposa. Es muy distinto a cuando él era cadete y ella alumna universitaria. Ahora representan esperanzas, despiertan envidias, desatan odios, encarnan a una especie de “piñata” de cumpleaños que todo gil golpea. En este caso, no para recibir dulces u obsequios, sino para disfrutar con los palazos.

Lo deben tener bien claro desde el principio y si así no fuera, si el entrenamiento de campañas y experiencias ajenas no les hubiese enseñado algo, lo van a aprender en carne propia y con verdadero riesgo. Riesgo para ellos y para un país.

No los envidio para nada y espero que hagan todo bien y les vaya igual. Me consta, porque lo he visto, que el Poder marea y es difícil sustraerse a ese mal. ¡Éxito en una tarea tan difícil! Estar “en la mira” siempre, no es la mejor de las ubicaciones.

AL ÉXITO LE DICEN LIZZIE.


 

http://filmsperu.pe

 

 

Ganó el concurso del afiche en Viña del Mar.

Fue alumna mía en el IPAD y más que eso, amiga. Por eso estoy tan orgulloso hoy. Porque sé que algunas cosas de las que dije se le deben haber quedado a Lizzie.

Vuelve a suceder, el que “nadie es profeta en su tierra” y una chica talentosa, sencilla y descomplicada, es reconocida en otro lugar, donde sus méritos profesionales son percibidos y tanto, como para ganar un certamen con muchos participantes. Un logro que nos tiene que llenar de alegría porque es fruto del propio esfuerzo de alguien que yo sé que ha luchado y lucha por lo que quiere, al extremo de cambiar de país porque aquí no se le considerara.

Lizzie nos demuestra la chatura y estrechez de miras que a veces rige nuestro ambiente. Su triunfo es un mentís al ánimo derrotista y al carácter de perdedores que nos consolamos con éxitos “morales” que presentamos tantas veces.

En el IPAD yo era el “profe maldito” que tenía un curso de creatividad y exigía a cada uno de los alumnos lo que a mi leal saber y entender podía dar. A veces me encuentro con antiguos alumnos aquí en casa o en la Red. Saben, que como siempre pueden contar conmigo. Ha sucedido lo mismo en cualquier otro sitio donde enseñé y es que lo que me interesa es que cada uno de los muchachos y muchachas, encuentren las respuestas profesionales que buscan y si yo puedo colaborar en hallarlas, me doy por bien servido.

Estudian para aprender y ser alguien en la vida. Estudian con el fin de ser más y escalar cotas de cada vez mayor altura, por eso cuando veo que la educación se toma como un puro negocio, o cuando se ve a la carrera como un método que sirve solo para hacer dinero, me sublevo.

Ambos extremos existen. Felizmente en el medio hay otros que piensan diferente.

Estoy contento por mis alumnos y sus triunfos, como el de Lizzie. Porque los siento míos y esa es una sensación que nadie podrá arrebatarme.

«COMULGUÍN»


Para algunos el título tendrá sentido y recordarán. Para otros será una palabra inventada y no dirá nada especial.

Comulguín” era (y de repente todavía es, porque existe) un personaje de mi “niñez y primera juventud”, como se le suele llamar a la etapa en que cambiábamos del pantalón corto al largo y teníamos  cerca la aparición del acné. Claro que estábamos en el colegio e íbamos a Misa como primera actividad, antes de empezar las clases. Asistíamos a ella en  la iglesia que queda en La Colmena, esquina con el jirón Chancay y que formaba parte de nuestra realidad como alumnos del centro de educación llevado por padres jesuitas: el Colegio de la  Inmaculada.

De pronto, en Misa, apareció un personaje de anteojos, saco y corbata, peinado con “gomina”, flaco y extraño, que iba a comulgar cuando ya los del colegio lo habían hecho, mezclándose con otros asistentes. Una vez no hubiera sido suficiente para llamar la atención de nadie. Lo hacía todos los días y creo que también los domingos. Su inconfundible figura y asiduidad, llamaron la atención, primero de algunos y luego de todos nosotros. Al principio eran los codazos y cuchicheos al verlo. Después fue el buscarlo con la vista recorriendo bancas posteriores o mirando con disimulo, por si estaba detrás de columnas que podían esconderlo. Tiempo después su sobrenombre nació y se extendió en el colegio. A veces alguien se atrevía a llamarlo en voz suficientemente alta, para que oyera: “¡Comulguín!”              Se convirtió en un misterio. Iba a Misa todos los días, comulgaba y nadie sabía nada de él. Se tejieron suposiciones y se ensayó respuestas. Creo que nunca nadie llegó a averiguar nada concreto.

Comulguín” era parte de nuestra rutina, un personaje esperado y extrañado si por casualidad o seguramente por enfermedad, faltaba a la cita. No recuerdo bien cuanto tiempo estuvo viniendo todos los días. Sí me A veces daba gracias, con los brazos abiertos, rezando luego de comulgar,  en las gradas de mármol que llevaban hasta la verja de metal con baranda de bronce que separaba el altar mayor del resto de la iglesia. Un día desapareció o su inasistencia intermitente hizo que nos olvidáramos de él. No lo sé, pero desapareció “Comulguín” después. ¿Qué sería de él? ¿Quién era en realidad?

Excéntrico sin duda, extraño, con actitudes poco frecuentes y blanco de burla y observación de todo un colegio. Un personaje que parecía salido de un cuento pero que tenía una historia propia que yo, por lo menos, nunca conocí. Alguien que pasó por nuestras vidas, marcando el momento de la comunión en la Misa y siendo el blanco de los comentarios de centenares de muchachos a los que la rutina había convertido en meros asistentes a una ceremonia religiosa. De pronto alguien conoce la verdadera historia de “Comulguín” y se anima a contarla.