UN MUNDO PEQUEÑO


Estoy releyendo “Don Camilo” de Giovanni Guareschi, en una edición popular de “Planeta” del año 1982. Veo que es la novena edición  en la colección y si tenemos en cuenta que el autor murió en 1968, comprenderemos la inmensa trascendencia del cura y los habitantes de ese “mundo pequeño” que  nos acompañan, con sus acciones traducidas del natal italiano a muchos  idiomas desde que Guareschi les dio vida.

Para mí, haber leído “Don Camilo-Un mundo pequeño-“ y “La vuelta de Don Camilo”  trae el recuerdo de un libro de tapas verdes y otro con ellas azul claro, con dibujos del mismo autor dentro, presidiendo cada capítulo, donde un angelito personifica a un protagonista y un diablito a otro.

Pepón y Don Camilo, personificados por Gino Cervi y Fernandel en el cine, en glorioso blanco y negro, fueron las caracterizaciones que dieron cuerpo a los personajes del alcalde comunista y el cura de la aldea. Hoy, nuevamente abro el libro que he leído muchas veces, para encontrar a la voz de Cristo, como la conciencia que habla desde lo alto de una cruz. Historias sencillas, fáciles y enternecedoras que me regresan  a los días de infancia, cuando descubría el mundo en los libros que mi padre tenía en la biblioteca. Cuando el mundo parecía seguir divido en dos bandos: los rojos y los otros, herencia de una Segunda Guerra Mundial no tan lejana.

Don Camilo y Pepón habían luchado en ella como partisanos y tenían guardadas –y bien engrasadas- “mitragliatrice” que podían dar contundencia a los argumentos cuando faltaban, o sobraban las palabras. Historias por las que pude adivinar a una Italia representada por “la Bassa”, esa llanura del río Po. Un año, en “Don Camilo-un mundo pequeño” que va de diciembre a diciembre, tomando fines del1946 y todo el 47, año este en que yo nacía.

Estoy seguro que pocas lecturas en mi vida tendrían tanta trascendencia como este diario acontecer en una lejana aldea italiana. Don Camilo era mi héroe y la representación de Fernandel, con su sonrisa caballuna, fue sin duda magistral y significó para mis ojos de chico lo más perfecto visto hasta entonces. Qué lejos están los días en que las cosas eran solo en blanco o negro. En que los personajes del “mundo pequeño” llenaban mi fantasía y apodos como “el Brusco” eran corrientes por la lectura.

El tiempo ha pasado pero nuevamente encuentro a los viejos amigos de la infancia, repetidos en la juventud y madurez, pasear incólumes sus creencias, matizadas por el sentido común y la necesidad de vivir.

Gracias a todos ellos porque abrieron para mí un maravilloso universo donde las trompadas de Don Camilo y del “compañero Bottazzi” seguirán volando eternamente delante de un Cristo que menea la cabeza con desaprobación, pero comprende.

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

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