“…NI CON EL PÉTALO DE UNA ROSA”


Tal vez, cuando uno escribe sobre actualidades o comenta una noticia, la lectoría crezca y se llame más la atención: el incremento de lectores lo dice. Sin embargo, creo que para dar noticias y comentarlas, están los medios de información que lo hacen de tal modo, que llegan a abrumar. A veces, ganado por el impulso hago lo que me prometí no hacer en este “blog” y trato de volver a mi auto imposición. Sé que de cuando en cuando volveré a caer porque la urgencia del acontecer cotidiano me ganará, pero sin embargo, son lo que en periodismo llaman “inactuales”, mi fuerte.

Recurro a la memoria y de cuando en cuando busco en algún archivo escrito (que es otra forma de memoria) o en imágenes guardadas para encontrar temas.  Escribo como quien conversa, recordando. Claro que la escritura me permite corregir y eso hago. A veces los “gazapos” se colarán a pesar de todo y por ello debo pedir disculpas.

Recuerdo por ejemplo a mis tíos Lucila y Juan. Ella, arequipeña acérrima, era la hermana mayor de mi madre (la mayor de muchos hermanos) y él su esposo: el coronel. Vivían en una casa de la avenida  Du Petit Thouars con  doña Isidora, la empleada que los acompañaba y guardaban en el garaje un automóvil impecable, que solo salía únicamente los domingos.

Mi tío Juan, puneño y militar de carrera, había tenido un destino como intendente y las compras caseras eran efectuadas como para un ejército, cuando la “tropa” eran solo tres. Esto hacía que en la despensa, en perfecto orden, guardara cajas de cerillas que no encendían por la edad y la humedad, velas en cantidad, galletas que sabían un poquito a rancio, sacos de azúcar que llegaba apelmazada a la mesa, bolsas de menestras que a veces escondían algún gorgojo y el infaltable café en bolsas de papel que dejaban escapar el delicioso aroma del grano. Supongo que también se almacenaban jabón, pasta de dientes e insumos para lavandería como el jabón de “pepita” y el “azul”.  Isidora compraba, seguramente, lo que era de “emergencia” así como pollo, carne, verduras frescas y pescado. En la despensa también había, entre otras muchas cosas, “cecina” o tasajo, del que yo “robaba” cuando podía, con ayuda un cuchillo, pedazos.

Ir donde los tíos era un viaje que mi madre y yo hacíamos por la tarde, una vez por semana, en los “camaronesM A N, ómnibus de color rojo, con vidrios verdes en la parte superior, a los lados del techo, que fueron antecesores de los “Mercedes Benz” azules, con increíbles cambios de velocidad eléctricos, accionados por una minúscula palanquita. Con mis tíos nos sentaríamos a tomar “lonche” y antes, en el piso de arriba, estaba listo, para que yo jugara, una especie de “pin ball” de madera quitada ya su funda protectora, cuyas billas de bronce terminaban corriendo por el cuarto debido a la fuerza de mis lanzamientos, efectuados por una varilla que parecía un “taco” de billar en miniatura. Las bolas saltaban fácilmente los receptáculos destinados a contenerlas y veía escaparse los puntajes que marcaban.  Luego venía bajar por la escalera con baranda de bronce brillante de esa casa estilo “buque” y compartir unas galletas añejas, panes con mantequilla arequipeña de “Velando”, un pedazo del “queque” que había preparado y llevado mi madre y el esperado café con leche servido en unas tazas grandes y blancas. El azúcar, en su recipiente de peltre, era “morena” por ser mejor y más económica.

Luego del “lonche” pasábamos al salón a conversar y a escuchar como mi tía tocaba el piano. La velada terminaba cuando empezaba a oscurecer y nosotros debíamos caminar hasta la  “Arequipa”, donde debajo de un letrero luminoso de refrigeradores “Admiral”, que en rojo y verde de letras de neón proclamaba “mira… admira… Admiral”, tomábamos nuestro ómnibus que nos llevaría de vuelta a casa.

No tuvieron hijos y pasaban el día, el coronel leyendo en voz alta las noticias de “El Comercio” y escuchando ambos la radio en el receptor “Philco” con “ojo mágico” que tenían en el dormitorio, en una mesita cubierta por un colorido poncho serrano.

A cierta hora mi tío se retiraba y ella rezaba el rosario.

Saltando en el tiempo, me viene el recuerdo de cuando Alicia y yo fuimos de visita, para anunciarles que íbamos a casarnos. Avisados ya por mi madre, ella con Alicia y él conmigo, por separado, nos dieron consejos. Luego nos reunimos y una cosa que tenemos presente siempre, es que mi tío Juan dijo: “Recuerda que a una mujer… ¡ni con el pétalo de una rosa!”

Juan y Lucila se fueron hace tiempo lamentablemente, ella primero y luego él. Por más militar que fuera, el coronel, seguro, se sentía desamparado sin su compañera de toda la vida.