NIETO EN BUENOS AIRES


Ayer Manuel tomó un paquete de bizcotelas y las deshizo minuciosamente, para después, como es su costumbre, protestarle a su mamá porque había migas, muchas migas y a él no le gustaba. Digamos que le molestaba que las hubiera. Le daba asco, pues.

Todo esto lo vimos en la pantalla de la computadora, gracias a una máquina allí, otra acá, un par de camaritas y un programa. Es decir que las imágenes juntaron la distancia de miles de kilómetros que separan Buenos Aires de Lima. Ayer, cumpleaños de la abuela, el nieto, en medio de su destrozo “bizcotélico”, le dijo “¡hola!”, se rió y estuvo con nosotros un rato. Cristian y Paloma también estaban allí. Hacía calor en la ciudad del Plata y teníamos dos horas de adelanto.

Me sigue pareciendo una maravilla eso de conectarnos a distancia, vernos, hablarnos y escucharnos siempre que podemos. Claro, que está el teléfono pero el ver, escuchar y hablar  sin sostener un adminículo, por el que solamente se escucha y se habla, es algo que aunque hoy sea frecuente y muy sencillo, a mí no deja de llamarme a perplejidad. Debe ser porque cuando mi hermana se casó y fue a vivir a Arequipa, allá por el año 52, nosotros en Barranco no teníamos teléfono y los domingos, creo era ese día, con mi madre íbamos a la casa de Sara Freyre, en la misma vereda de la calle Ayacucho, pero en el extremo en que se hacía esquina con la Bajada de los Baños. Allí después de atravesar la reja y luego de un salón estaba el teléfono  (era de pared), desde donde conversábamos rápido y bastante mal con Teté, que mediante un acuerdo previo con mi madre, llamaba a determinada hora. Así sabíamos “de viva voz” como estaban allá y ellos podían saber de nosotros. Hablar por teléfono “a larga distancia” para mí era cada vez toda una experiencia.  Por eso, ahora que las facilidades ponen ante nuestros ojos lo lejos, cerca, recuerdo unos días en que Arequipa sonaba al “otro lado del mundo” y por eso, viajar allí tenía tanta importancia personal, además de servirme para ver a mi hermana y familia , a los Echegaray, a los Gómez de la Torre y divertirme con primos de edades cercanas.

Manuel, “Manu” para los iniciados, tiene dos años y un poquito. Habla en su propia lengua, intercalando palabras que se le entienden y creyendo que uno comprende perfectamente lo que como carretilla dice. Es grande de tamaño para su edad y desarrollado para la misma.

Estuvo con sus papás un año aquí, pero  tocó en suerte que durante todo ese período estuviera lo suficientemente mal como para que Alicia y yo no disfrutáramos por entero de su vitalidad desaforada y estoy seguro que ellos y él, no lo pasaron tan bien como hubieran podido. No digo que no estuviera bastante bien todo, pero es que uno siempre quiere más y en verdad, todo puede ir mejor.

En fin, ya están en Argentina y Manuel irá al nido cuando empiecen allá las clases. Me lo estoy imaginando con su guardapolvo y extrañado de ir descubriendo un mundo nuevo y fascinado con hacerlo. Empezarán las amistades, el aprender lo que después le va a servir en la vida para irla construyendo, los sustos sin razón de los papás y la continuará la chochera, estoy seguro, de sus abuelos argentinos Nelly y Pepe.

Ayer fue un buen día: cumpleaños de Alicia, visita nutrida da familia a compartir y estar un buen rato en una casa de Temperley, en Buenos Aires. Virtualmente, es cierto, pero por lo menos estuvimos allí y ellos estuvieron en casa, en San Borja.

Parecería de lo más normal y seguramente lo es, pero para mí, valga le reiteración, sigue siendo una maravilla. La maravilla con la que mis padres no soñaron cuando se escribían cartas de enamorados de Lima a Arequipa y viceversa, usando para transportarlas los vapores que unían El Callao y Mollendo o más tarde tener noticias de la familia a través de una cita telefónica acordada, una “larga distancia” no muy clara y la mistad, ¡siempre la amistad! de quienes uno guarda el mejor de los recuerdos.