AL ÉXITO LE DICEN LIZZIE.


 

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Ganó el concurso del afiche en Viña del Mar.

Fue alumna mía en el IPAD y más que eso, amiga. Por eso estoy tan orgulloso hoy. Porque sé que algunas cosas de las que dije se le deben haber quedado a Lizzie.

Vuelve a suceder, el que “nadie es profeta en su tierra” y una chica talentosa, sencilla y descomplicada, es reconocida en otro lugar, donde sus méritos profesionales son percibidos y tanto, como para ganar un certamen con muchos participantes. Un logro que nos tiene que llenar de alegría porque es fruto del propio esfuerzo de alguien que yo sé que ha luchado y lucha por lo que quiere, al extremo de cambiar de país porque aquí no se le considerara.

Lizzie nos demuestra la chatura y estrechez de miras que a veces rige nuestro ambiente. Su triunfo es un mentís al ánimo derrotista y al carácter de perdedores que nos consolamos con éxitos “morales” que presentamos tantas veces.

En el IPAD yo era el “profe maldito” que tenía un curso de creatividad y exigía a cada uno de los alumnos lo que a mi leal saber y entender podía dar. A veces me encuentro con antiguos alumnos aquí en casa o en la Red. Saben, que como siempre pueden contar conmigo. Ha sucedido lo mismo en cualquier otro sitio donde enseñé y es que lo que me interesa es que cada uno de los muchachos y muchachas, encuentren las respuestas profesionales que buscan y si yo puedo colaborar en hallarlas, me doy por bien servido.

Estudian para aprender y ser alguien en la vida. Estudian con el fin de ser más y escalar cotas de cada vez mayor altura, por eso cuando veo que la educación se toma como un puro negocio, o cuando se ve a la carrera como un método que sirve solo para hacer dinero, me sublevo.

Ambos extremos existen. Felizmente en el medio hay otros que piensan diferente.

Estoy contento por mis alumnos y sus triunfos, como el de Lizzie. Porque los siento míos y esa es una sensación que nadie podrá arrebatarme.

“COMULGUÍN”


Para algunos el título tendrá sentido y recordarán. Para otros será una palabra inventada y no dirá nada especial.

Comulguín” era (y de repente todavía es, porque existe) un personaje de mi “niñez y primera juventud”, como se le suele llamar a la etapa en que cambiábamos del pantalón corto al largo y teníamos  cerca la aparición del acné. Claro que estábamos en el colegio e íbamos a Misa como primera actividad, antes de empezar las clases. Asistíamos a ella en  la iglesia que queda en La Colmena, esquina con el jirón Chancay y que formaba parte de nuestra realidad como alumnos del centro de educación llevado por padres jesuitas: el Colegio de la  Inmaculada.

De pronto, en Misa, apareció un personaje de anteojos, saco y corbata, peinado con “gomina”, flaco y extraño, que iba a comulgar cuando ya los del colegio lo habían hecho, mezclándose con otros asistentes. Una vez no hubiera sido suficiente para llamar la atención de nadie. Lo hacía todos los días y creo que también los domingos. Su inconfundible figura y asiduidad, llamaron la atención, primero de algunos y luego de todos nosotros. Al principio eran los codazos y cuchicheos al verlo. Después fue el buscarlo con la vista recorriendo bancas posteriores o mirando con disimulo, por si estaba detrás de columnas que podían esconderlo. Tiempo después su sobrenombre nació y se extendió en el colegio. A veces alguien se atrevía a llamarlo en voz suficientemente alta, para que oyera: “¡Comulguín!”              Se convirtió en un misterio. Iba a Misa todos los días, comulgaba y nadie sabía nada de él. Se tejieron suposiciones y se ensayó respuestas. Creo que nunca nadie llegó a averiguar nada concreto.

Comulguín” era parte de nuestra rutina, un personaje esperado y extrañado si por casualidad o seguramente por enfermedad, faltaba a la cita. No recuerdo bien cuanto tiempo estuvo viniendo todos los días. Sí me A veces daba gracias, con los brazos abiertos, rezando luego de comulgar,  en las gradas de mármol que llevaban hasta la verja de metal con baranda de bronce que separaba el altar mayor del resto de la iglesia. Un día desapareció o su inasistencia intermitente hizo que nos olvidáramos de él. No lo sé, pero desapareció “Comulguín” después. ¿Qué sería de él? ¿Quién era en realidad?

Excéntrico sin duda, extraño, con actitudes poco frecuentes y blanco de burla y observación de todo un colegio. Un personaje que parecía salido de un cuento pero que tenía una historia propia que yo, por lo menos, nunca conocí. Alguien que pasó por nuestras vidas, marcando el momento de la comunión en la Misa y siendo el blanco de los comentarios de centenares de muchachos a los que la rutina había convertido en meros asistentes a una ceremonia religiosa. De pronto alguien conoce la verdadera historia de “Comulguín” y se anima a contarla.