MI HERMANA CUMPLE OCHENTA AÑOS.


 

 

Mañana 12, mi hermana Teté cumplirá 80 años. Vive desde 1952 en Arequipa, donde como digo en un cuento “los días pasan con las campanadas de las iglesias”. Es cierto que la ciudad ha crecido y se desarrolló y las campanadas deben escasear y de seguro su sonido está cubierto por el trepidar del tráfico, pero sucede que para mí, Arequipa evoca un recuerdo especial que nada tiene que ver con la realidad.

Allí vive desde que se casó mi hermana y fue en Arequipa donde desarrolló su vida, hizo su hermosa familia y continúa siendo ejemplo de tesón y buen humor.

Porque esto último es lo que siempre la ha caracterizado, haciendo de la broma (yo diría que casi “inglesa”) un modo de circular por la existencia. No es que ella se tome todo ligeramente, pero su manera de encarar las cosas ha resultado siempre un ejemplo para mí, que heredé el genio de mi padre y suelo renegar más, viendo negro donde no lo hay.

Es curiosa esta profunda ligazón con mi hermana, a la que dejé de ver permanentemente cuando yo tenía cinco años (se casó entonces y viajó a la ciudad de los sillares blancos). Después el tiempo nos ha reunido esporádicamente y todavía me acuerdo la expectación que me producía su inminente llegada, justo después de Navidad, para pasar desde el 26 de diciembre, fecha del cumpleaños de mi padre, una larga temporada que abarcaba el verano y que ella disfrutaba yendo a la playa a diario, casi de sol a sol. Vinieron también mis sobrinos, cuando estaban chicos y después se fueron espaciando sus visitas. A veces, en el verano, viajaba yo a Arequipa y está clavado en mi memoria el molle inmenso que crecía en el jardín de la quinta, Jerusalén 603, donde vivían al principio y las caminatas nocturnas con  mi maravilloso cuñado Jorge y con ella por una ciudad que como decía al principio, sólo vive en mis recuerdos.

Ya más crecido, en la casa de la calle Ugarte, seguí viviendo por lo menos una vez por año en mis visitas de vacaciones y en cuanta oportunidad podía. Siempre, allí estaba mi hermana que sabía que los mejores panes dulces de diferentes sabores se compraban al caer la tarde donde “La Lucha”, que trabajaba (cosa que hizo siempre, desde que llegó, para horror de la “sociedad” arequipeña de la época, como lo que era, una brillante asistenta social) y contaba historias que a mí siempre me parecían tan vívidas y conocía a todos, y respondía por la calle a los saludos de “¡Qué tal, señora Teresita!”.

A veces, como hoy, cuando uno escribe, piensa si esto interesará a alguien fuera del ámbito familiar. Es normal y lógico que un hermano menor quiera a su hermana, pero es que sucede que Teté resulta ser mucho más que mi hermana. Es una especie de madre, de amiga, de compañera, de cómplice. Es en realidad, todo eso y mucho más. Por ello pongo en blanco y negro un poquito de lo que siento. Solo un poquito, porque conforme avanzo en la escritura salen atropelladamente anécdotas que me hacen sonreír y entender de pronto que el buen carácter de Teté es la clave para vivir una amistad sin cortapisas con el mundo.

Son ochenta sus años y van a ser sesenta y cinco los míos. Ya no están nuestros papás, ni Lucho, el hermano que murió antes que yo naciera, ni Panchín, nuestro hermano intermedio. Se fueron todos y también Jorge, mi hermano, su esposo. Estamos los dos, una en Arequipa y otro en Lima.

Pero yo sé que hay un vínculo hermoso que nos une y que aunque no pueda ir y abrazarla personalmente, hace que mañana, más que de costumbre, piense con amor en “la niña rosada de la casa azul”, como le decían sus amigos de Barranco.