LOS PASILLOS DE LA MEMORIA


Estoy recorriendo otra vez los pasillos de la memoria y vuelvo al Barranco de los años 50, un  día cualquiera y sé que me voy a levantar en mi cuarto del segundo piso, de la casa de la calle Ayacucho y como no tengo que ir al colegio, porque es verano, me preparo a sacarle el jugo, sin saber exactamente qué haré en esas horas en que permaneceré despierto.

Después de lavarme rápidamente y vestirme, bajo a desayunar. En el comedor están mi padre y mi madre y por alguna razón mi hermano no. Alejandrina y María,  las empleadas familiares,  ya empezaron su diario limpiar y hacen una pausa temprana para desayunar también, cerca al comedor, en lo que se le llama “la despensa”: una habitación que tiene un par de armarios empotrados, grandes, donde se guardan diversos alimentos secos y las botellas de aceite “Friol”, de sillau y la infaltable salsa inglesa, oscura, “Lea & Perrins” en la botellita clásica, con una etiqueta naranja. Debe haber también alguna lata de sardinas de las que le gustan a mi padre y una lata de aceite de oliva marca “Plaignol”. Estoy seguro que si sigo husmeando en la memoria, voy a encontrar mucho más. Hacia abajo, en un pequeño apartado de la alacena, debe estar la lejía “Liguria” y los jabones ara lavar, de esos que mi madre usa una vez por semana, en la terraza de arriba, para hacer lo que después sabré se llama ”la colada” y que significa que ella hervirá la ropa en un cilindro puesto sobre el “Primus” grande  y la revolverá con el “palo de lavar”,  un viejo mango de escoba ya blanquecino por el uso. Restregará las prendas con la “escobilla de lavar” de cerdas fuertes, en la “tabla de lavar”, remojará, enjuagará  y exprimirá para después colgar lo lavado en los tendederos que son alambres que ahora me doy cuenta deben ser “galvanizados” porque no se oxidan, que están simétricamente colocados en la terraza.

Pero estaba preparándome a desayunar  y veo en el comedor la mesa cubierta por el mantel de hule a cuadritos, con los sitios puestos para los tres y mis padres ya desayunando. Media toronja para mi padre, tostadas que se hacen “adentro”, en la despensa, en una tostadora bastante curiosa, con dos puertas abatibles, detrás de las cuales se ponen dos tajadas de pan. Mi padre come pan negro, de centeno y mi madre unta las tostadas calientes que trae María, con mantequilla arequipeña de “Velando” y alguna mermelada. Ellos toman café y a mí me sirven un plato de avena “Quaker”, con canela y clavo (puedo ver los palitos)  y endulzada con azúcar rubia.

Desayuno lo más rápido que puedo, pero quedo al último: el “Quaker” estaba caliente y me demoró comerlo. Dejo un poco de leche “Gloria” en la taza y mientras mi padre se despide de nosotros porque va a trabajar al centro de Lima, al Ministerio de Fomento y Obras públicas, en el carro “Ford” modelo “Victoria” de dos colores, que le da el Ministerio, manejado por “don Rodríguez”, el chofer de sempiterno sombrero de paño, yo subo corriendo las escaleras para volver a mi cuarto donde Alejandrina ya está haciendo la cama. Mi cuarto propio, para mí solo, que “heredé” de mi hermana cuando esta se casó y fue a vivir a Arequipa. Tiene dos ventanas gemelas que dan a la fachada de la casa y debajo de ellas, curiosamente dice “Villa Teresa”, el nombre de Teté, mi hermana, que tenía quince años cuando nací.

Saco apurado mis patines “Winchester” de fierro, a ver si esta vez me los puedo poner sin ayuda y patinar o tratar de hacerlo en la “terraza de abajo”.

No creo que tuviera tanta suerte y abandono tras algunos frustrados intentos de mantenerme derecho y no caer. Subo lentamente las escaleras hacia el hall y allí encuentro “El chico de las dunas”, que estuve leyendo. Decido entonces bajar trabajosamente una colchoneta y ponerla en la “terraza de abajo” para tumbarme y continuar con la lectura. Me ayuda María, que ha visto mis dificultades para cumplir con el cometido yo solo.

Hace buen tiempo, decididamente es verano y leo hasta que llaman a almorzar. Ha llegado mi padre del trabajo, mi madre debe haber ido a hacer compras al mercado y donde el “chino Perico”, con María, para que doña Victoria, la cocinera, prepare la comida. Yo, es ese lapso he viajado con la lectura y ahora resulta que tengo hambre. Un “chupe de viernes” (ya sé que día es) con su huevo frito flotando en el caldo y cubriendo a medias las papas y alguna odiada verdura (si es que a las habas hervidas se les da tal categoría) para empezar, luego el segundo que es pescado con arroz y como final una gelatina. ¿De tomar? ¡Agua! Como debe ser,  a esa hora y entonces, sobre todo en casa, no se piensa en gaseosas. He contado, respondiendo a las preguntas de mi padre, lo que leí y cómo pasé esa mañana. Él tomará “la horizontal” que es una siesta de no más de 15 minutos y no una pastilla, como yo creí alguna vez y volverá al trabajo. Mañana, como es sábado, trabajará solo medio día.

¡Tengo toda la tarde por delante! Creo que voy a revisar las figuritas de mi álbum, pegar las que tengo sueltas y ordenar un poco mis cosas, como  dijo mi madre. No es que tenga mucho en mi cuarto, pero sobre la mesa, pomposamente llamada escritorio, se acumulan algunos chistes de “Porky y sus amigos”, un libro de “Tintín” que se llama “El Tesoro de Rackham el Rojo” y lo que, seguramente otros, considerarían “basura” compuesta por chapitas, un trompo que nunca supe “bailar”, papeles y seguramente algún veleidoso dibujo hecho por mí, en una tapa de caja de zapatos “Diamante”.

Paso gran parte de la tarde entretenido pensando que debo cambiar el oso negro, que tengo repetido, por una figurita de golondrina y así ir completando la colección y revoloteando de aquí para allá, poniendo en orden el bendito escritorio, lo que supone guardar lo sobrante, mejor dicho, esconder lo que queda, en el cajón.  Hay una pausa para el lonche que trae una taza grande de leche con “Ovomaltina” y un pan con mantequilla. Tal vez torta, de la de dos colores, que mi madre preparó ayer. Al caer la noche, a sentarme en el suelo de madera de la salita, a los pies del mueble que tiene el radio, para escuchar “Radio Club Infantil”. Más tarde a comer, esta vez con mi hermano ya de regreso a casa. Seguramente hay pastel de acelgas, que no me gustan, porque son fibrosas y aunque las disfracen, para mí siguen siendo verduras.

Conversamos, mi hermano Panchín cuenta su incursión por el jirón de la Unión y yo imagino el tranvía que lo ha llevado y traído, como un inmenso tren, de esos que aparecen en las historietas de “cow boys” de “Red Ryder”, el pelirrojo.

Se ha terminado el día y cada uno se va a su cuarto, en los altos. Mi padre y mi madre al suyo, mi hermano al suyo y yo al mío, que está entre los dos. Pasada por el baño para lavarme los dientes, pijama y a leer echado en la cama, con la luz de la lamparita de la mesa de noche, que mi padre dentro de un rato me pedirá apagar. Lo tengo todo listo y cuando se aquiete el murmullo de la conversación de mis padres  y piense que duermen, me meteré debajo de la sábana para seguir leyendo alumbrado por una linterna que usa dos pilas gordas “Ray-O-Vac”, que tienen un gato saltando por la “O”.