LA FUERZA DEL OLOR


A veces uno fuerza la memoria, tratando de extraer recuerdos y un cierto olor gatilla  la extraña cadena de asociaciones que nos trae el pasado al presente y nos lleva a él. Hoy por la mañana, de pronto sentí lo que para mí era el olor característico de la pintura. No una pintura cualquiera sino la del esmalte. En el momento de detectarla, un cúmulo de imágenes del pasado vino a mi mente. La más nítida tenía que ver con una mesita de noche que alguna vez, chico, pinté con lo que seguramente eran los restos de un esmalte del color que hoy llamaríamos “hueso” y que entonces era una especie de blanco indefinido, un poco crema. Me quedo con ese recuerdo porque una vez escogido, me permite ver la forma del pequeño mueble y cómo mi absoluto desconocimiento hizo que el cajón, muy bien pintado, se pegase, impidiendo después su normal apertura. Una vez, dificultosamente extraído (con ayuda segura y reconvenciones lógicas) se mostraba en forma de gotas rotas de pintura chorreadas y secas, la trampa que impedía el normal deslizamiento del cajón. Deben haberme indicado que dejase secar fuera el cajón y que después lo colocase, una vez que la pintura estuviese BIEN seca. Lo habré hecho así, pero en la parte baja del cajón siempre quedaron restos de esas gotas rotas y dificultaron el cierre. ¿Resultado? Otra vez se esparció por el aire, fuertemente, una y otra vez tiempo después, el olor a pintura. A esmalte llamado curiosamente en un alarde de modernidad, “sintético”.

Tiempo después, cada vez que abría el cajón de la mesa de noche que quedaba cerca de la cabecera de mi cama, sentía el olor característico. Ese olor que hace un rato me devolvió a un momento de evidente impericia y deseo de terminar algo empezado, inmediatamente.

Y entonces también recordé cuando en ésa misma habitación de la casa de Ayacucho 263, en Barranco, el éter despedido por un chisguete de vidrio, de carnavales marca  “Amor de Pierrot” que yo había escondido precipitadamente bajo mi almohada y que se rompió, me hizo dormir profundamente, digamos que me anestesió y felizmente, al no moverme, los vidrios del envase roto no me produjeron ningún corte. El olor a éter no se borrará nunca de mi memoria y estará asociado a los carnavales, sí, pero a que uno de niño suele hacer cosas que ya crecido nunca haría, porque las consecuencias pueden ser desastrosas.

Hay mucho escrito sobre los olores, desde tratados como “El mono perfumado” y cuentos como “La nariz” hasta novelas tan notables como “El perfume”, que tratan de la estrecha relación entre los olores y el recuerdo. Hay mucho escrito y he leído bastante sobre el tema, pues en mis cursos de creatividad, lo he tocado extensamente, sin embargo el misterio persiste para mí. Siempre me parecerá de fábula que lo olido active la memoria y haga surgir momentos, sabores y texturas del pasado. ¿O es que el olorcito de un lomo saltado haciéndose no ha conseguido que “salive” de gusto?

 

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

2 comentarios en “LA FUERZA DEL OLOR”

  1. Querido Manolo, tu post me recordó la mañana cuando, iniciando ciclo en el IPP, una profesora nos confesó su deleite por el olor a césped recién cortado y la gama de recuerdos que venían a su memoria al percibirlo cada mañana. Desde entonces, el mismo aroma, a hierba fresca mañanera, me ha retornado a instantes por los que ese misterio que mencionas, me permite visitar una y otra vez; el aroma a útiles nuevos, el de la tinta en las letras recién impresas o fotografías que acaban de revelar sus colores, de los rosales de mi abuela y el perfume que ella usaba, del algarrobo que ofrecía a mis caballos y el sudor de éstos en mi ropa luego del paseo, de la tierra recién removida y húmeda, de la arena seca chamuscándose bajo el sol de Cerro Azul, del aliento salado y helado de la marea baja, que dañaba las aletas de mi nariz de niña… Cómo detrás de uno, llegan otros, tomando turno para señalar su espacio en ese enorme álbum de nuestras vidas y todo, desde las perfectas y discretas funciones de un órgano tan sensible y aparentemente, tan capaz de “gatillar” en nosotros, como bien escribes, lo que llamamos emoción. Tampoco lo comprendo, mas, cómo lo disfruto! Los seres humanos somos un verdadero y grandioso misterio! Saludos, profe y gracias por los aromas-recuerdo que me ayudó a evocar este post.

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