DISEÑANDO NUBES


Ella trabajaba como diseñadora gráfica en “Aleph Comunicación Integral”, una agencia de publicidad de la que fui socio-gerente, hace algunos años. Daniela, de risa franca, dibujar hermoso y despreocupación por todo lo que no fuera el trabajo que hacía, ha brotado ahora de mi memoria y una oleada de nostalgia y cariño me ha invadido, este domingo ya muy lejos de la noche en que un accidente hizo que no volviese más a mezclar colores y plasmar formas. Daniela falleció, junto con su novio, la aciaga noche del incendio de la discoteca “Utopía”. Algo que pudo evitarse y que sin embargo sucedió. Sé que él volvió a buscarla, pero ambos no regresaron más.

Daniela, la de la risa franca y las preguntas inocentes. El alma buena con quien compartía de vez en cuando un café en la cocina de la oficina, haciendo un alto en el corre-corre diario. De ella aprendí el valor de las cosas sencillas y dejó un silencio terrible al irse.

Hoy que es domingo por la tarde-noche, miro hacia atrás y pienso que mañana iré temprano a la oficina, suponiendo que allí me encontraré con Daniela y  Paola, mi sobrina, también diseñadora y su íntima amiga, que estarán de vuelta del gimnasio. Eso debe ser, porque hace mucho tiempo atrás que Daniela nos dejó y que incluso yo mismo dejé “Aleph” para recorrer otro tramo de la vida, esta vez como Secretario de Comunicaciones de la PCM, en el gobierno de Alejandro Toledo.

En esta tarde-noche, he mirado una fotografía que tengo de Daniela, tomada en un paseo que hizo a Huaraz. Eso y un regalo de un calendario de ese año del “Señor de los Anillos” por mi cumpleaños, es lo único material que tengo de ella. Y digo material, porque guardo el recuerdo inmenso que durante mucho tiempo el dolor de haber perdido a una amiga, hizo que la memoria tejiese una cortina espesa. Hoy, sin motivo aparente, su recuerdo volvió y estoy seguro que ella estaba allí, silenciosa, esperando el momento.

¡Cuánto daría porque mañana lunes, al ir a la oficina Daniela estuviera esperando para consultar algo!  Sin embargo ya no hay oficina y Daniela está diseñando nubes en una eternidad que empezó a vivir muy temprano.

 

LA FUERZA DEL OLOR


A veces uno fuerza la memoria, tratando de extraer recuerdos y un cierto olor gatilla  la extraña cadena de asociaciones que nos trae el pasado al presente y nos lleva a él. Hoy por la mañana, de pronto sentí lo que para mí era el olor característico de la pintura. No una pintura cualquiera sino la del esmalte. En el momento de detectarla, un cúmulo de imágenes del pasado vino a mi mente. La más nítida tenía que ver con una mesita de noche que alguna vez, chico, pinté con lo que seguramente eran los restos de un esmalte del color que hoy llamaríamos “hueso” y que entonces era una especie de blanco indefinido, un poco crema. Me quedo con ese recuerdo porque una vez escogido, me permite ver la forma del pequeño mueble y cómo mi absoluto desconocimiento hizo que el cajón, muy bien pintado, se pegase, impidiendo después su normal apertura. Una vez, dificultosamente extraído (con ayuda segura y reconvenciones lógicas) se mostraba en forma de gotas rotas de pintura chorreadas y secas, la trampa que impedía el normal deslizamiento del cajón. Deben haberme indicado que dejase secar fuera el cajón y que después lo colocase, una vez que la pintura estuviese BIEN seca. Lo habré hecho así, pero en la parte baja del cajón siempre quedaron restos de esas gotas rotas y dificultaron el cierre. ¿Resultado? Otra vez se esparció por el aire, fuertemente, una y otra vez tiempo después, el olor a pintura. A esmalte llamado curiosamente en un alarde de modernidad, “sintético”.

Tiempo después, cada vez que abría el cajón de la mesa de noche que quedaba cerca de la cabecera de mi cama, sentía el olor característico. Ese olor que hace un rato me devolvió a un momento de evidente impericia y deseo de terminar algo empezado, inmediatamente.

Y entonces también recordé cuando en ésa misma habitación de la casa de Ayacucho 263, en Barranco, el éter despedido por un chisguete de vidrio, de carnavales marca  “Amor de Pierrot” que yo había escondido precipitadamente bajo mi almohada y que se rompió, me hizo dormir profundamente, digamos que me anestesió y felizmente, al no moverme, los vidrios del envase roto no me produjeron ningún corte. El olor a éter no se borrará nunca de mi memoria y estará asociado a los carnavales, sí, pero a que uno de niño suele hacer cosas que ya crecido nunca haría, porque las consecuencias pueden ser desastrosas.

Hay mucho escrito sobre los olores, desde tratados como “El mono perfumado” y cuentos como “La nariz” hasta novelas tan notables como “El perfume”, que tratan de la estrecha relación entre los olores y el recuerdo. Hay mucho escrito y he leído bastante sobre el tema, pues en mis cursos de creatividad, lo he tocado extensamente, sin embargo el misterio persiste para mí. Siempre me parecerá de fábula que lo olido active la memoria y haga surgir momentos, sabores y texturas del pasado. ¿O es que el olorcito de un lomo saltado haciéndose no ha conseguido que “salive” de gusto?