LOS HÉROES DESCONCERTADOS*


El local tenía pinta de haber sido un cine. En el barrio lo afirmaban los “esquineros” más viejos y decían que a veces albergó compañías de revistas “con hembritas que andaban casi calatas”. Ahora, la portada adusta y con carteles pintados a plumón, pregonaba que “Cristo viene esta noche”, “Tu salvación no esperará a mañana” y “”Tu futuro, orando. 

Por el Predicador Internacional Roberto Antúnez”. Desde que la “Iglesia de la Vivificación Pura” había, primero alquilado el sitio y luego comprado, las películas y las calatas habían dejado paso a sermones, charlas y reuniones de fieles que resultaban extraños a la zona y llegaban desde múltiples lugares.

Las viejas puertas de cristal y marcos de bronce estaban cerradas casi todo el día y recién por las tardes el público era admitido. El público al principio venía por la perspectiva de un rato sentado, protegiéndose del ventoso invierno, descubría que al final de la conferencia pasaban sánguches de queso y chicha morada y de paso –cómo no-  escuchaba al predicador de turno hablar sobre las asechanzas del demonio, el trabajo ennoblecedor o el cercano fin de los tiempos. Lo que no les gustaba mucho es que una voluntaria “donación de lo que fuera su voluntad” era pedida cuando ya habían comido y bebido, pero pensaban que “todo cuesta alguito, pues” y que al final era un sencillo para buenas obras el que daba. Esta atracción se ejerció al principio para los habitantes desocupados de las calles aledañas, que fueron adquiriendo la costumbre de ir, escuchar y comer algo. Con el tiempo, los sánguches se acabaron, los concurrentes locales ralearon y empezó a llegar la feligresía desde otros lugares. Algunos vecinos iban de vez en cuando, pero nada permanente. Las reuniones se redujeron a los sábados y domingos. El sexto día de la semana, por la tarde-noche y el domingo al final de la mañana, en la tarde y en la noche.

Durante la semana el local permanecía cerrado y sólo los viernes un grupo de mujeres, feligresas ellas, hacían limpieza y barrían el polvo que se acumulaba y a las cucarachas muertas que aparecían de vez en cuando. Dejaban el lugar listo para el sábado y se iban en noche.

Una tarde de viernes vino un grupo que iba a adornar el gran auditorio, porque el fin de semana sería de celebración. Pusieron flores y cadenetas de papel. Pero faltaban cadenetas y dos, quedaron en hacerlas y colocarlas.

Salieron las mujeres de la limpieza avanzada la noche, porque habían estado abrillantando los marcos de bronce de las puertas. Una de ellas le entregó las llaves de los candados de afuera a Yovana que se quedaba con Elizabeth, diciéndole que volviera al día siguiente a las tres de la tarde, para abrir.

En el salón con filas de sillones tapizados de un terciopelo granate que había conocido mejores épocas, las dos amigas estaban enfrascadas en realizar su trabajo. Faltaban como tres hileras más, cuando de pronto, un ruido sobre el escenario las sobresaltó: “Debe ser una rata” dijo aguzando el oído Yovana.

Las luces titilaron apagándose y las dos amigas se abrazaron. De pronto una especie de luminosidad apareció al fondo del escenario y fue creciendo en definición conforme se acercaba al borde. Un hombre alto, vestido como un cow-boy caminaba hacia adelante mirando a todas partes. De pronto otra luz y otra y otra y otra aparecieron a diferentes distancias sobre el escenario. Todas eran figuras humanas, una con un faldellín corto  y un collar pectoral dorado, otro ser vestido con sobretodo y sombrero, un niño que venía como corriendo y un hombre con capa que se embozaba en ella. Todos sin tocar el piso de madera limpiado con petróleo, sin proferir ningún sonido. Miraban los alrededores y detrás solo se veía la negrura. Las dos amigas, entre aterradas e incrédulas, veían como estas extrañas apariciones luminosas iban hacia abajo por las escaleras, pasaban a su lado y se perdían en el foyer del viejo local cinematográfico hoy convertido en templo. La luminosidad que despedían duró hasta que ellas supusieron que habían ganado la calle.

Volvió la luz y  sin poder articular palabra, las dos amigas salieron a la carrera, sin detenerse para nada, hasta llegar afuera y atisbar en una calle tranquila y extrañamente silenciosa. Pusieron los candados y echaron a andar. Yovana se acordó que no habían apagado las luces: “¡Consumirán corriente!” dijo Elizabeth, “¡Vámonos rápido, te acompaño a tu casa y ahí me quedo….!”

Dentro del cine-teatro-templo, la luz volvió a apagarse y regresaron los espectros de John Wayne, el vaquero, Yul Brynner, el faraón de Egipto, Mickey Rooney cuando era un niño-actor, James Cagney el “duro” de siempre y Bela Lugosi en su eterno papel.

Subieron por las escaleras hasta el escenario, sin tocar el piso y comentando lo extraño del lugar, los espectros olvidados de grandes papeles del cine se devolvieron a la nada, para contar a otros lo que habían visto, aunque esos otros vendrían alguna noche para ver con sus propios ojos lo que oyeron contar.

*Sí, sé que hay un magnífico libro de escritos de Arturo Pérez Reverte, recopilados por José Belmonte Serrano que se titula “Los Héroes Cansados”. Estar cansado no es estar desconcertado. Y de todas maneras este pequeño cuento no le llega ni a los zapatos a la prosa del escritor español. En todo caso, es el homenaje humilde a un título que se me quedó en la memoria.

Manolo.

UN MUNDO PEQUEÑO


Estoy releyendo “Don Camilo” de Giovanni Guareschi, en una edición popular de “Planeta” del año 1982. Veo que es la novena edición  en la colección y si tenemos en cuenta que el autor murió en 1968, comprenderemos la inmensa trascendencia del cura y los habitantes de ese “mundo pequeño” que  nos acompañan, con sus acciones traducidas del natal italiano a muchos  idiomas desde que Guareschi les dio vida.

Para mí, haber leído “Don Camilo-Un mundo pequeño-“ y “La vuelta de Don Camilo”  trae el recuerdo de un libro de tapas verdes y otro con ellas azul claro, con dibujos del mismo autor dentro, presidiendo cada capítulo, donde un angelito personifica a un protagonista y un diablito a otro.

Pepón y Don Camilo, personificados por Gino Cervi y Fernandel en el cine, en glorioso blanco y negro, fueron las caracterizaciones que dieron cuerpo a los personajes del alcalde comunista y el cura de la aldea. Hoy, nuevamente abro el libro que he leído muchas veces, para encontrar a la voz de Cristo, como la conciencia que habla desde lo alto de una cruz. Historias sencillas, fáciles y enternecedoras que me regresan  a los días de infancia, cuando descubría el mundo en los libros que mi padre tenía en la biblioteca. Cuando el mundo parecía seguir divido en dos bandos: los rojos y los otros, herencia de una Segunda Guerra Mundial no tan lejana.

Don Camilo y Pepón habían luchado en ella como partisanos y tenían guardadas –y bien engrasadas- “mitragliatrice” que podían dar contundencia a los argumentos cuando faltaban, o sobraban las palabras. Historias por las que pude adivinar a una Italia representada por “la Bassa”, esa llanura del río Po. Un año, en “Don Camilo-un mundo pequeño” que va de diciembre a diciembre, tomando fines del1946 y todo el 47, año este en que yo nacía.

Estoy seguro que pocas lecturas en mi vida tendrían tanta trascendencia como este diario acontecer en una lejana aldea italiana. Don Camilo era mi héroe y la representación de Fernandel, con su sonrisa caballuna, fue sin duda magistral y significó para mis ojos de chico lo más perfecto visto hasta entonces. Qué lejos están los días en que las cosas eran solo en blanco o negro. En que los personajes del “mundo pequeño” llenaban mi fantasía y apodos como “el Brusco” eran corrientes por la lectura.

El tiempo ha pasado pero nuevamente encuentro a los viejos amigos de la infancia, repetidos en la juventud y madurez, pasear incólumes sus creencias, matizadas por el sentido común y la necesidad de vivir.

Gracias a todos ellos porque abrieron para mí un maravilloso universo donde las trompadas de Don Camilo y del “compañero Bottazzi” seguirán volando eternamente delante de un Cristo que menea la cabeza con desaprobación, pero comprende.

CHANA POR JUANA


El viernes conversaba un momento con el maestro albañil que está arreglando el departamento y hablábamos de las cosas hechas a medias y el “deporte nacional” de dejar mucho sin terminar: “Déjalo así nomás, nadie se va a dar cuenta” parece ser un “mantra” peruano que nos ha llevado y lleva, todos los días por un despeñadero. Nos quejamos cuando algo no funciona como debería y nuestras maldiciones alcanzan a “los otros”, sin ponernos a pensar en cómo celebramos nuestra “colada” en la fila de la ventanilla, para ahorrarnos tiempo. Hacemos todo con la sensación de que el tiempo, fugaz, nos va a ganar, porque sabemos que empezamos tarde, sin importarnos no terminar y presentar lo hecho como acabado, esperando que no se den cuenta. Así seguimos por la vida, sembrando “no te preocupes hermanito, déjalo así nomás” en nuestro caminar. Cuando nos encontramos dándonos cuenta de que algo no anda bien, o está rematadamente mal, nos quejamos. No nos damos cuenta que venimos haciendo lo mismo. Que “otros” encuentran y sufren por nuestra desidia y errores.

Este tema ya lo he tocado otras veces, pero la charla de ayer lo volvió a traer al presente. Es una demostración más sobre la inmutabilidad de ciertos pésimos hábitos. Sé también que quienes me lean o piensen que no son aludidos o no les interese. Así, poco a poco seguimos cayendo y ganando velocidad en una bajada infame.

Recuerdo que cuando en los automóviles peruanos se encontraban piezas “de integración nacional”, uno sabía que las famosas partes hechas en el Perú, podían fallar. Eran acérrimas seguidoras de la “ley de Murphy”: las palancas de bajar lunas se quedaban en la mano, las viseras para sol no ajustaban y se desprendían. Las llantas no duraban mucho y a veces los parabrisas se rompían porque no estaban bien colocados. No importaba dar un buen resultado. Lo que se quería era cumplir una cuota fabril y de “integración”.

¿Es que los peruanos tenemos menos neuronas que los demás y somos deficientes por naturaleza? ¿Es por eso que dejamos todo a medias y no nos importa? Ciertamente no.

Es algo que la mente popular bautizó como l “Pepe el vivo”. El personaje “ventajista” que pisa sin importarle a quien, con tal de avanzar un poco. El autor de celebradas y celebérrimas “criolladas” que lo hacen adelantar a la vista de otros. Esa es la actitud de muchos peruanos que no se dan por enterados que su “ventaja”, así obtenida, es la desventaja de otros y supone un retroceso general.

Pienso que me estoy poniendo viejo y renegón, pero desde siempre estos personajes me han molestado mucho. Me han molestado los sinvergüenzas, así estén vestidos de viejecita indefensa, cuando aprovechan de su aspecto o condición en beneficio propio. Me pasa lo mismo con los prepotentes. Nuestro país, ahora que mejora en muchas cosas, estaría bastante más arriba si nos olvidáramos para siempre del “déjalo así nomás”. ¿O es que creemos que quienes se esfuerzan por hacer las cosas correctamente en el Perú son tontos? Cuando nuestra gastronomía empieza a destacar y pone en otros lugares el símbolo del país como algo bueno y confiable… ¿Por qué tenemos que querer compartir los lauros si no nos los merecemos? ¿El triunfo que se está consiguiendo es fruto de improvisación o suerte? Decía hace algún tiempo que al paladar no se le engaña y que la cocina nos dé “chana por Juana” no es aceptable. ¿Por qué, maldita sea, tenemos que conformarnos con ser mediocres? Un “segundón” siempre será eso y es muy desagradable. Nuestra opción es clara: no tenemos opción. No nos preguntemos “¿Cuándo se jodió el Perú?” Debemos hacer las cosas bien, como se debe, a conciencia. Sabiendo que en ellas está impreso nuestro nombre propio.

“…NI CON EL PÉTALO DE UNA ROSA”


Tal vez, cuando uno escribe sobre actualidades o comenta una noticia, la lectoría crezca y se llame más la atención: el incremento de lectores lo dice. Sin embargo, creo que para dar noticias y comentarlas, están los medios de información que lo hacen de tal modo, que llegan a abrumar. A veces, ganado por el impulso hago lo que me prometí no hacer en este “blog” y trato de volver a mi auto imposición. Sé que de cuando en cuando volveré a caer porque la urgencia del acontecer cotidiano me ganará, pero sin embargo, son lo que en periodismo llaman “inactuales”, mi fuerte.

Recurro a la memoria y de cuando en cuando busco en algún archivo escrito (que es otra forma de memoria) o en imágenes guardadas para encontrar temas.  Escribo como quien conversa, recordando. Claro que la escritura me permite corregir y eso hago. A veces los “gazapos” se colarán a pesar de todo y por ello debo pedir disculpas.

Recuerdo por ejemplo a mis tíos Lucila y Juan. Ella, arequipeña acérrima, era la hermana mayor de mi madre (la mayor de muchos hermanos) y él su esposo: el coronel. Vivían en una casa de la avenida  Du Petit Thouars con  doña Isidora, la empleada que los acompañaba y guardaban en el garaje un automóvil impecable, que solo salía únicamente los domingos.

Mi tío Juan, puneño y militar de carrera, había tenido un destino como intendente y las compras caseras eran efectuadas como para un ejército, cuando la “tropa” eran solo tres. Esto hacía que en la despensa, en perfecto orden, guardara cajas de cerillas que no encendían por la edad y la humedad, velas en cantidad, galletas que sabían un poquito a rancio, sacos de azúcar que llegaba apelmazada a la mesa, bolsas de menestras que a veces escondían algún gorgojo y el infaltable café en bolsas de papel que dejaban escapar el delicioso aroma del grano. Supongo que también se almacenaban jabón, pasta de dientes e insumos para lavandería como el jabón de “pepita” y el “azul”.  Isidora compraba, seguramente, lo que era de “emergencia” así como pollo, carne, verduras frescas y pescado. En la despensa también había, entre otras muchas cosas, “cecina” o tasajo, del que yo “robaba” cuando podía, con ayuda un cuchillo, pedazos.

Ir donde los tíos era un viaje que mi madre y yo hacíamos por la tarde, una vez por semana, en los “camaronesM A N, ómnibus de color rojo, con vidrios verdes en la parte superior, a los lados del techo, que fueron antecesores de los “Mercedes Benz” azules, con increíbles cambios de velocidad eléctricos, accionados por una minúscula palanquita. Con mis tíos nos sentaríamos a tomar “lonche” y antes, en el piso de arriba, estaba listo, para que yo jugara, una especie de “pin ball” de madera quitada ya su funda protectora, cuyas billas de bronce terminaban corriendo por el cuarto debido a la fuerza de mis lanzamientos, efectuados por una varilla que parecía un “taco” de billar en miniatura. Las bolas saltaban fácilmente los receptáculos destinados a contenerlas y veía escaparse los puntajes que marcaban.  Luego venía bajar por la escalera con baranda de bronce brillante de esa casa estilo “buque” y compartir unas galletas añejas, panes con mantequilla arequipeña de “Velando”, un pedazo del “queque” que había preparado y llevado mi madre y el esperado café con leche servido en unas tazas grandes y blancas. El azúcar, en su recipiente de peltre, era “morena” por ser mejor y más económica.

Luego del “lonche” pasábamos al salón a conversar y a escuchar como mi tía tocaba el piano. La velada terminaba cuando empezaba a oscurecer y nosotros debíamos caminar hasta la  “Arequipa”, donde debajo de un letrero luminoso de refrigeradores “Admiral”, que en rojo y verde de letras de neón proclamaba “mira… admira… Admiral”, tomábamos nuestro ómnibus que nos llevaría de vuelta a casa.

No tuvieron hijos y pasaban el día, el coronel leyendo en voz alta las noticias de “El Comercio” y escuchando ambos la radio en el receptor “Philco” con “ojo mágico” que tenían en el dormitorio, en una mesita cubierta por un colorido poncho serrano.

A cierta hora mi tío se retiraba y ella rezaba el rosario.

Saltando en el tiempo, me viene el recuerdo de cuando Alicia y yo fuimos de visita, para anunciarles que íbamos a casarnos. Avisados ya por mi madre, ella con Alicia y él conmigo, por separado, nos dieron consejos. Luego nos reunimos y una cosa que tenemos presente siempre, es que mi tío Juan dijo: “Recuerda que a una mujer… ¡ni con el pétalo de una rosa!”

Juan y Lucila se fueron hace tiempo lamentablemente, ella primero y luego él. Por más militar que fuera, el coronel, seguro, se sentía desamparado sin su compañera de toda la vida.

SALIR DEL CASCARÓN.


A nadie deben importarle mucho estas reflexiones personales, pero voy sintiendo lo que un ave, al romper el cascarón del huevo: se asoma a un nuevo mundo. A un mundo que emerge de las sombras con brillantez cegadora. Hoy pensaba en esta metáfora repasando los últimos tiempos que viví  y como he ido surgiendo despacio, con un cierto esfuerzo (y en mi caso con mucha ayuda) para encontrarme con una miríada de cosas. Está fijo en mi memoria,  el momento en que todo esto empezó: tras un período de inconsciencia y luego caos del cual recuerdo muy poco, comencé un  largo camino, que continúa, hacia lo que yo llamo la luz.

En el recorrido fui valorando los pequeños detalles que me eran negados y esforzándome en recuperarlos. Darme la vuela, solo, en la cama, era imposible. No me entendían cuando hablaba y ducharme fue por mucho tiempo una utopía. La mano derecha se negaba a obedecer, moviéndose algo: en realidad, era el lado derecho del cuerpo completo. No podía leer y sentía que todo estaba muy lejos, era difícil de conseguir y tal vez nunca llegaría a lo de antes.

A muchos les debo estar llegando a metas sucesivas. Desde Alicia, mi esposa y Alicia María, mi hija mayor, que con paciencia, dedicación y amor dieron respuesta a mis menores necesidades, hasta el taxista que me ayudó a bajar del auto para ir a mi última terapia. Tengo tanto que agradecer a mis amigos y amigas que me dieron aliento siempre, visitándome, escribiéndome cuando ya pude leer nuevamente y estando pendientes todo el tiempo. Tengo tanto que agradecer a médicos, terapeutas y en general a quienes con su ejemplo de superación me indicaron el camino a seguir y a los que, por desgracia, estando peor que yo, me decían en silencio que había personas que pasaban por peores situaciones… Tengo tanto que agradecer a Paloma mi segunda hija y a mis nietos Daniela y Manuel por su presencia, así como la ayuda de Christian con “h” y Cristian sin ella, mis dos yernos, que sufrieron conmigo y ayudaron desde el principio. Agradezco tanto a Jaime, mi amigo desde que teníamos cinco años que me salvó la vida llevándome en su vehículo hasta el hospital y veló por mí. Tanto a Lucho, que hizo posible con su amistad indestructible que viera la luz un librito mío, donde pusieron la mano para empujar, generosamente, mis amigos de la Universidad Católica.

Agradecer profundamente a Alfredo Goitre y todos los compañeros del IPP, por permitirme cumplir 25 años enseñando allí y hacer un reconocimiento. A Augusto Gutiérrez y Nicolás Valcárcel que me incluyeron en el evento peruano del “Ojo de Iberoamérica” para hacer un inmerecido reconocimiento… Tengo tanto que agradecer y a tantos, que no me bastaría el espacio que este “post” ocupa. Hoy quiero decirlo y pedir disculpas a quienes omito, no por otra razón que la de la memoria. En realidad, agradezco a la vida, que me haya permitido retornar e ir volviendo a tomar funciones que parecían idas. Agradezco, en realidad a Dios o a quien crean que tiene el Poder, porque es quien lo ha hecho todo, usando como instrumento a cada uno. Gracias desde lo más profundo de mi corazón y como se dice: “¡Te debo una!” Esa una, es mi vida.

DAME UNA CRUSH


Ese era un pedido de mi niñez.

Una Crush, heladita, en su tamaño individual (en esa época no había otro), en su reconocible botella color ámbar oscuro, de vidrio transparente, con rayitas en relieve en el mismo vidrio, escondía la sorpresa de llevar dentro como pequeñísimas partículas que le daban realismo al líquido sabor a naranjas. Le agregaban una especie de “textura” que lo hacía más “de fruta”.

Recuerdo una visita, cuando era chico, del colegio, a la fábrica que embotellaba la bebida y que quedaba, la estoy viendo, en la Av. República de Panamá. Allí nos mostraron la línea de producción y en un momento vimos que al líquido le agregaban una especie de polvo, que nos explicaron, eran las “partículas” de naranja, que seguramente deshidratadas, se “inflaban” un poco al contacto con la humedad. Fue una desilusión y un secreto.

Una desilusión porque aprendí que la gaseosa era “sintética” o como se llamara a eso entonces: agua, azúcar, acidulante, colorante, saborizante,  “partículas de naranja”, gas y supongo que nada más. Hoy lo deduzco así, pero entonces el “jugo” que contenía la bebida, demostraba ser “pura ñanga” o sea, ser nada.

Fue un secreto, porque para un chico descubrir eso, era como haber encontrado algo fantástico y que callaría hasta que dijera: “Yo sé cómo hacen la gaseosa. No tiene naranjas… Lo que sentimos en la bosa y se ve en el líquido, viene en polvo, en unos saquitos blancos y se infla adentro… ¡Lo he visto yo mismo!”

Resultaba fantástico “descubrir” esas cosas y poder, con el aplomo que da la experiencia vivida, contarlo frente a incrédulos y asombrados.

Vino después el tamaño más grande con un poquito más de bebida, con otra forma y de vidrio blanco, transparente. Ya no estaba el color ámbar que “protegía de la luz el delicado sabor de la fruta”. Ahora sí, lo “sintético” era aceptado, no había el protector color ámbar y los vestigios de “naranja” habían desaparecido. Todavía se encontraban las botellas originales, pero eran escasas.

En el “Chino Perico”, la bodega que quedaba en la esquina de San Martín y una calle cuyo nombre no recuerdo, varias veces, los amigo vimos a una chica rubia, con trenzas,  que llegaba en su bicicleta y pedía una “Crush”. Así la llamamos desde entonces y siempre sería en adelante “La Crush”.