TUCO


Hoy recibí un correo que me revolvió todo: anunciaba la muerte de mi amigo Tuco.

Antonio, Tuco para todo el mundo, se ha ido para siempre. Se ha mudado a lo que yo llamo “el barrio eterno” y allí debe seguir con su humor ácido, su risa fácil y su espíritu libre.

Fui su amigo desde el colegio, donde además éramos compañeros de clase, en lo que yo he dado en llamar “mi otra promoción”.  Pero fue después, casi al terminar,  que nos frecuentamos más.

Recuerdo mucho su “Mini Minor” de color rojo oscuro, al que le había quitado el asiento del conductor, para manejarlo, largo él, desde el asiento de atrás. En esos tiempos, íbamos por la noche a la “Herradura”, a tomarnos unas cervezas, mientras conversábamos nuestra adolescencia y escuchábamos “More”, la banda musical de la película “Perro Mundo”, que estaba de moda, una y otra vez. “More” me lleva a la tienda de discos que la mamá de Tuco puso cerca a Panamericana Televisión, en un local que quedaba en unas galerías de un edificio donde no entraba casi nadie. No creo que fuera muy buen negocio, pero mi amigo tenía una tienda de discos y yo estaba abonado allí por la amistad y la música. Allí compré, lo recuerdo como si hubiera pasad0 ayer, un disco de “The Ventures” que traía su éxito “Walk Right In” y tenía en la funda la fotografía de una  chica rubia que hacía un movimiento de derecha a izquierda, revoleando el pelo sobre fondo rojo. Allí, en la tienda, descubrí a un grupo vocal norteamericano, cuyo nombre no recuerdo ahora, que cantaba todas las baladas de moda, con un estilo muy especial. No eran “The Platters”, pero canciones como “The Great Pretender”, “The days of wine & roses”, “Unchained Melody” y muchas más, hacían las delicias de ese tiempo. Era verano, de seguro. La música, esa música, me trae a la memoria a Tuco cada vez que la escucho.

Pero es de Tuco de quien quiero escribir. De él, que ya no leerá esto, porque se fue allá donde la música no cesa y uno tiene la edad que quiere. La edad de la época feliz, con  pocos compromisos y escasas urgencias.

Los dos íbamos al barrio del parque “Ricardo Palma”, en San Antonio, donde vivía nuestro amigo Mario, el primer “tico” que conocí, nuestro compañero de clase. Allí cerca vivía también Augusto, mayor que nosotros y del mismo colegio y su hermana, que era un cascabel de risas, pero tenía genio bien fuerte. Pasábamos gran parte del día, haciendo lo que los muchachos hacen cuando se reúnen: nada.

Tuco era siempre el motor, el que destacaba, no solo por su tamaño (yo con mi metro sesenta siempre fui “el chato”), sino por su buen humor y su modo de ser libre y descomplicado. Todavía me acuerdo de una fiesta, en casa de Mario, celebrando que el dueño de casa había sido “aceptado” por una chica, cuyo nombre escondo. Los papás de Mario estaban de viaje, supongo que por Costa Rica y aprovechamos que muy pronto venían de regreso, para armar un “tono”. Cada invitado tenía que llevar una botella de licor y como nuestras  economías no eran las más boyantes, la mezcla de alcohol barato era impresionante: barato y bastante malo de seguro. Ya casi al final de la celebración, a alguien, que estaba como todos, bastante borracho, se le ocurrió liquidar a una araña que había visto en un gran jarrón chino y no encontró mejor manera que coger el valioso y gran adorno y estrellarlo contra el suelo, rompiéndolo en pedacitos. Nadie se quedó a ver si la araña había muerto, porque todos decidimos que era la hora de irse.

Al día siguiente, Mario estaba llamando por teléfono a los amigos, para que lo ayudaran a limpiar el desastre en que habíamos convertido la casa, porque sus papás avisaron de improviso que llegaban. Me pregunté siempre como habría hecho Mario para explicar la desaparición del jarrón chino,  roto aquella noche…

Son tantas las anédotas que tienen a Tuco de compañero o protagonista, que sería largo contarlas todas, pero lo estoy viendo, encogerse para entrar en su “Mini Minor” riéndose de alguna trastada cometida.

Tuco, mi amigo, de quien guardo una memoria imborrable y a quien no vi después. La vida, como suele pasar, nos separó y el tráfago de los días ahondó la distancia.

Supe de él hace poco porque Hugo, su hermano, compró mi librito donde lo recuerdo y un amigo me dijo que él se lo había comentado después de leerlo y ver que allí hablo de Tuco.

La última noticia sobre él, me dice que ya no lo veré más, pero lo recuerdo siempre como era: un  amigo bueno, transparente y risueño.  Mi amigo Tuco.