INCOMUNICADO (….?)


 

Desde ayer a eso de las 11.00 de la mañana en casa estamos sin teléfono y sin Internet. Incomunicados con el exterior, de alguna manera, vamos. Al principio creí que era fruto de la mudanza (conectaron cable, teléfono e Internet ese mismo día), pero no, tampoco era falta de pago, pues estábamos al día con nuestras cuentas y lo que habíamos pedido era un traslado de las líneas. Lo que el técnico que vino de inmediato ante nuestro llamado dijo, fue que debía ser externo y que seguramente habían manipulado dos hilos, porque cable teníamos. Prometió venir por las tarde y no lo hizo, porque según dijo estaba ocupado en una instalación. Como soy insistente y a veces desesperadito, repetí la llamada hasta cinco veces. Por fin me dijo que vendría hoy a las 10.00 am. A las once me explicó que estaba en una reunión en su base y que de todas maneras vendría a eso del medio día. Como a la 1.00 pm, tocaron el timbre y eran dos técnicos, que habían recibido aviso del original. Dijeron que no podían hacer nada hasta las dos y que volverían. Muy amables, muy atentos los tres. El primero y los últimos. Nosotros seguimos incomunicados.

Yo estoy escribiendo algunas notas y almacenándolas para subirlas al blog, cuando regrese Internet, hablando con mi hija Alicia María por Nextel. Con los celulares (dos) presto a hacer llamadas (mientras dure el saldo) y a recibir las que hagan, con mi segunda hija Paloma en Argentina, viviendo con su esposo y su hijo, seguramente bien…

El hecho es que de pronto, cierta modernidad que nos enlazaba con el mundo exterior, se esfumó. De pronto me di cuenta que seguramente tenía varios cientos de correos sin leer y responder, no podía publicar en el blog o entrar en Facebook, ni comunicarme como quisiera.

 

Entonces me puse a pensar en como se llega a depender de ciertas cosas y recordé que mi padre y mi madre se escribían y las cartas demoraban meses de Lima a Arequipa y viceversa, haciendo esos largos hiatos de silencio que hoy serían incomprensibles para dos enamorados. Las cartas viajaban en barco, desde Mollendo hasta El Callao (o al revés) y tenían que ser seleccionadas y repartidas por el Correo.

Hoy eso es impensable y Arequipa o Uganda están a la distancia de un “click” o un “aló”.

 Avanzamos y de pronto sentimos que estamos a oscuras, que nos apagaron la luz. Cosas del progreso, de la comunicación instantánea que nos han acostumbrado a facilidades que antes no existían y que muchos millones de seres humanos en la tierra aún no tienen.

 

Si yo ahora me siento raro al no poder usar  teléfono fijo e Internet, me pongo en el lugar de quienes no lo tuvieron antes ni lo tienen ahora y claro, tiene sus desventajas. También sus ventajas. El ritmo de la vida es diferente, pero quien carece ahora de esos servicios y de las muchas cosas que facilitan la vida (o la complican) son como los que miran un banquete desde atrás de un vidrio, sin acceder a él. Estar conectado, muy conectado, es un fenómeno de nuestra época. Un fenómeno al cual muchos no tienen acceso, para mal o tal vez para bien.

 

Y sin embargo, a las tres y cuarto de la tarde, sin solución a la vista, volveré a llamar al técnico, que no pertenece a Telefónica (publicitadamente MoviStar) sino a un service.

Volví a llamar al técnico. Vinieron a las cuatro. Son las seis y no dan con la falla. Lo último que le oí decir al técnico antes de irse, fue que debíamos llamar a reparaciones y reportar, que él era el que había instalado y ya no debería estar aquí. Cosas de los services, pero la r4esponsabilidad es de Telefónica o MoviStar, o de pronto de nadie.

Y ahora… ¿quién podrá salvarnos?

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Finalmente restablecieron los servicios y ahora puedo postear esto.

La reflexión vale el haber estado “incomunicado”

 

6 de Setiembre, 2011.

EL RATÓN CONTRA EL AVIÓN


 


 

Ha sucedido algo que nos dice mucho sobre la vida.

Leo en el diario que un ratón minúsculo, impidió el despegue de un, comparativamente, gigantesco avión de Air Nepal. Alguien de la tripulación detectó al roedor cuando aún estaban en tierra. Según cuenta la noticia, el animalito habría entrado junto con la carga de alimentos a la aeronave, lo que dice bien poco de ciertos controles sanitarios. El hecho es que tuvieron que desembarcar pasajeros y remolcar el vehículo aéreo hasta un hangar, para encontrar al intruso y seguramente, fumigar para asegurarse  que exista una verdadera limpieza. Es decir, una pequeñísima vida animal, detuvo la marcha de una operación muy compleja. El ratón (sin quererlo) contra el avión.

 

Esto me hace pensar, como decía al principio, sobre la vida, impredecible y llena de azares que vivimos a veces despreocupadamente, hasta que algo, a veces pequeño y otras no tanto, nos hace cambiar el rumbo y altera todo lo planeado. No sé si aquí se aplique la ley del caos o la del azar. Lo cierto es que la ley de Peter (“Si algo puede salir mal VA a salir mal”) salta de inmediato.

Generalmente vivimos la vida bastante al desgaire y recién nos damos cuenta que es valiosa, cuando sucede algo que nos hace notarlo. Es claro que nadie podría sobrevivir si el miedo a que “algo malo” pasara nos atenazara, pero en el fondo, hay una “espada de Damocles” pendiendo sobre nosotros, siempre.

La frase “Vivir como si uno se fuera a morir en ese instante” es bien cierta y nunca atendida a cabalidad. “Tener las maletas listas” es otra frase hecha que no solemos oír. Vivimos como si tuviéramos por delante la eternidad y no ese chispazo que es nuestro tiempo aquí en la tierra. Estamos llenos de frases como las que nos avisan sobre el estar preparados y sin embargo no los hacemos mucho caso o las citamos fuera de contexto.

Los ejemplos se dan a millones y no aprendemos. Dicen que convencer a un  joven para que adquiera un seguro de vida, es sumamente difícil y mi profesión, la de publicitario, se las vería negras para conseguirlo. Un joven piensa que no se va a morir nunca y no toma mayores precauciones. Y sin embargo, algo tan microscópico como una bacteria puede mandarnos a mirar crecer las margaritas desde abajo: ¡morirnos, pues!

Ahora, después de cuatro infartos al corazón y tres cerebrales, creo que Dios o quien sea que ustedes crean, me ha dado suficientes avisos como para llamar la atención sobre lo endeble que la vida es. Avisos de los cuales me asusté al principio y luego seguí como si nada o muy poco hubiera pasado. Ahora que miro hacia atrás pienso que por algo sigo aquí. Tal vez para enmendar rumbos (cosa que trato de hacer, luchando a veces contra la desidia y el olvido, tan comunes), tal vez para servir de ejemplo, pero estoy convencido que este casi irse y volver, tiene un motivo. Incluso, durante el primer día después de mi cuarto infarto, los signos vitales que eran monitoreados, cayeron a cero, causando carreras entre los médicos que me hicieron regresar. Testigo: mi sobrino, que es médico, y me acompañaba en esa mi primera noche de hospital, conversando.

 

El caso del ratón y el lamentable y terrible accidente aéreo sucedido en Chile nos hablan de la fugacidad de esta vida y en como lo más impensado y bizarro puede ponerla en peligro.