CATÓLICO SIGNIFICA UNIVERSAL.


Ha llegado el momento de las definiciones: La Pontificia Universidad Católica del Perú podría tener que cambiar de nombre si como todo lo indica, la Asamblea Universitaria hace que la autonomía de la Universidad sea respetada.

De pronto, el título de “católico” que significa “universal” lo veo convertido en una especie de propiedad privada, algo así como una marca registrada. El título de católico no es de nadie y es de todos. Hay, es cierto, una religión católica, a cuyos postulados adhiero pero la religión es un modo de vivir que compete al ser humano, a uno mismo. He podido optar por otra como el Islam o las múltiples vertientes del cristianismo. Nací en una familia que profesaba la fe católica, mi padre fue un hombre justo y vivió toda su vida, lo mismo que mi madre, sirviendo desde su lugar a los postulados de su religión. Vivieron en paz consigo mismos y con el mundo.

Así crecí, me educaron los jesuitas, que me enseñaron la norma del “tanto cuanto” y aprendí con ellos que tenía derechos, pero también deberes y que ambos eran importantísimos.

La vida me llevó entre otras cosas, a enseñar en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Allí estudiaron mis amigos y muchos parientes míos. Compartí lo que sabía con muchachos y muchachas ávidos de saber, desde 1999. Fui parte de una Facultad naciente y traté por todos los medios a mi alcance, de lograr que los alumnos que llegaban a mis clases, tuvieran por la publicidad tanto entusiasmo y cariño como los que yo siempre he tenido. He sido muy feliz haciéndolo. Un infarto cerebral me paró en seco hace poco más de un año, pero mi vínculo con los alumnos y la casa de estudios que me cobijó nunca se ha roto.

Ahora, parece que un gran lío que involucra muchísimo dinero, podría hacer que la universidad pierda parte de su “título”, es decir, que tenga que dejar lo de Pontificia y Católica. Lo primero, puede ser. Lo de “católica” no creo, pues más universal que la PUCP no conozco.

Cuando el dinero y el poder se mezclan con lo religioso, malas cosas suceden. La historia está repleta de ejemplos y el presente nos ofrece muchos espejos. No quiere eso decir que los católicos “a la sacristía” y punto. Ser católico es dar un testimonio de vida. Es optar para que los que menos tienen, obtengan lo que necesitan, entre otras muchas cosas. Si recordamos el Evangelio, Cristo dijo “dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”.

La PUCP seguirá existiendo, así cambie de nombre. A su Rector, amigo y compañero de colegio, mi solidaridad. Mi solidaridad total a la universidad y una inmensa gratitud por permitirme compartir una parte muy importante de mi vida con mujeres y hombres que han venido aquí “para ser la luz del mundo” o como dice el motto de la PUCP, ser parte de “La luz que brilla en las tinieblas”

LAURELES DEPORTIVOS


 

Ha Ganado un último lauro. Nada menos que un título mundial de ajedrez.

En la lejana India, una peruana ha logrado lo que es una verdadera hazaña. Lo ha hecho ya a otras edades y aquí en su patria hay una discusión sobre si merece o no los Laureles Deportivos.

Se argumenta que el premio es para personas mayores y ella es campeona mundial sub 20. Es decir que, “legalmente”, no le corresponde un reconocimiento “oficial” por ello.

 

Cuando todo el país la felicita y se alegra de su triunfo, hay voces que dicen que está bien, pero que “no cumple con los requisitos”. Cuando los delincuentes se saltan la ley y salen libres gracias a “leguleyadas” o a jueces corruptos y los ladrones que usan cuello y corbata esquilman al prójimo, sin sanción ninguna,  si se habla sobre ello, se hace en voz bajita, inaudible. Pero cuando una chica por sí sola, consigue triunfo tras triunfo representando al Perú, la ley debe aplicarse, dicen. No tiene la edad requerida para obtener el reconocimiento oficial, dicen.

 

Cuantas Deysis y cuantos muchachos vencen todas las adversidades posibles en busca de ser los mejores en lo que hacen y el que “triunfa” es el tramposo, el que sabe “sacar la vuelta”, el que nunca hizo nada por seguir una línea recta y obtener logros. Vivimos una cultura del facilismo y no importa para nada el esfuerzo. Es mejor copiar que crear. Resulta mucho más rentable mentir que decir la verdad.

Y resulta que cuando alguien merece un reconocimiento “oficial” por su desempeño, por su éxito, “no puede dársele porque hay reglas y no las cumple”.

 

No importa Deysi, el Perú te otorga los Laureles Deportivos.

El Perú de verdad, el Perú de triciclo y mototaxi, el Perú que trabaja aunque sea buscando trabajo. Esos Laureles Deportivos valen mucho más que los oficiales y las ceremonias de premiación con discursos pomposos y llenos de lugares comunes. No sólo mereces eso ahora: mereces que tu vida sea buena, que cumplas siempre tus metas y esperanzas y que sigas sirviendo de ejemplo.  Sirviéndonos de ejemplo. El Perú necesita legiones de Deysis para salir adelante.

MUDARSE


 

Mudarse es morir un poco.

Cambiar de casa o de trabajo, implica dejar atrás muchas páginas y hacer “borrón y cuenta nueva”. Lo uno y lo otro lo he hecho muchas veces, en menor número lo primero y bastante más lo segundo. Sin embargo siempre hay algo que en el fondo toca la tecla de la nostalgia. Por ejemplo, cuando volví de Colombia, dejé como tres mil libros acumulados con los años y que sí me pude llevar allá. Al regresar al Perú, después dedos años, su peso y el de los papeles que eran recuerdos, me hicieron venir con sólo una maleta, haciendo de tripas corazón y convenciéndome que iba a empezar de nuevo. Así lo hice y partimos viviendo con Alicia y Alicia María, en una habitación de casa de mis padres. Salimos, gracias a Dios, adelante. Pasó el tiempo y lo que vino fue un cambio de trabajo. Siempre con mayores responsabilidades y por supuesto avanzando hacia esa edad en la que vas dejando de ser útil en muchas cosas, pero aparecen nuevas.

 

No creo que una vida sin cambios sea una vida, realmente dicha. Mi padre, ingeniero de caminos, recorrió la sierra norte, trabajó en ferrocarriles en el sur y conoció a mi hermano Pancho cuando este ya tenía varios meses de nacido, porque vivía en un campamento de construcción de vías. Se movió mucho para terminar sus días en Lima, detenido por la edad y un trabajo establecido en un lugar. Sin embargo, a sus casi ochenta años se mudó de casa, de barrio y ambiente. Y siguió adelante, llevando con él parte de su historia en papeles, libros y recuerdos. Siguió escribiendo y contando lo que había visto.

He encontrado entre sus papeles, que guardo (hacerlo parece que es una herencia), un pequeño poema, seguramente con influencias de poetas de la época. Es del año 1926 y está fechado el 23 o 24 de junio…

 

NOCHECITAS DE SAN JUAN

Nochecitas de San Juan

todas llenas de recuerdos

de los hombres y las cosas

que se fueron.

 

Noche llena de alegrías,

en los campos y majadas,

noche llena de nostalgias,

en mi alma.

 

Cuantas noches, como esta,

en la casa de la hacienda

me arrullaron los pastores,

con su quena.

 

Qué de hogueras en los campos,

qué de estrellas en los cielos

y en mi alma, qué de dichas,

qué de ensueños.

 

Ya cesadas  las labores,

en el campo y la alquería

el lucero de la tarde

nos veía.

 

Congregados por mi abuela,

del hogar en el santuario,

recitar todos unidos,

el rosario.

 

Y después de la oración,

asomado a los balcones,

los rumores escuchaba

de la noche.

 

De esas noches embrujadas,

de luz de luna y de ensueños,

en que brillan mil estrellas

en el manto de los cielos.

 

De esas noches todas blancas.

Las que reinan en las sierras

todas solas, todas tristes,

de mi tierra.

 

Y en las alas de la brisa,

ya llegaban confundidos,

la pesada canzoneta

de los grillos.

 

Con el croar de las ranas,

el balar de la majada

y en las notas de la quena

la amargura de una raza.

 

Hace tiempo que no he vuelto

a la casa de la hacienda

y hace tiempo que no escucho

el lamento de la quena.

 

Y la muerte ya ha dejado

muchos claros en mi casa

y las penas han dejado

muchas huellas en mi alma.

 

Nochecitas de San Juan,

todas llenas de recuerdos,

de los hombres y las cosas

que se fueron.

 

Noche llena de alegrías,

en los campos y majadas,

noche llena de recuerdos

en mi alma.

 

No escribo más por ahora. Mi padre nació y vivió su infancia en la hacienda San Antonio, en el Cuzco. Estudió el colegio en Arequipa y la Universidad de Ingeniería en Lima. Trabajó en casi todo el Perú.

 

TORTURA Y ASESINATO EN SAN BORJA.


 

No puedo dormir. Después de ver en los noticieros el video que testimonia la tortura que sufrió un detenido en la comisaría de San Borja, que se tradujo después en su muerte, tengo que poner por escrito esto que me hace dar vueltas a la cabeza y no llegar a comprender, como quienes deben velar por la seguridad ciudadana, algunos de aquellos a los que confiamos nuestras vidas, son capaces de hacer algo que los animales no realizan.

Como todos los televidentes, he visto las escenas que parecían salidas de una película de terror y me he preguntado si los implicados en esta vileza pueden dormir. Pregunta boba, de seguro, porque se me dirá que lo sucedido es la punta del iceberg y que esta práctica suele ser usual para lograr confesiones. Que quienes la cometieron lo hicieron “en el cumplimiento del deber” y que la muerte del señor Falla fue un accidente, porque “se les pasó la mano”.

Un grupo de “policías” con la presencia de un “oficial”, no tuvo piedad alguna, hasta llegar a grabar el hecho. Pongo las comillas, porque ellos no pueden ser policías ni él oficial. No tienen ninguna justificación, porque la tortura no la tiene.

 

Ahora se hablará de “malos elementos” y se pedirán sanciones para los responsables. ¿Hay acaso algo que le devuelva la vida a ese joven? Definitivamente no.

¿Algo hará válida la tortura? No.

La policía existe para combatir a la delincuencia, no para aprovechar de escudarse tras un uniforme y una autoridad conferida por la Nación para dar rienda suelta a instintos sicopáticos que emergen de personalidades profundamente oscuras.

Debe llamarnos a reflexión y total reclamo un acto como este. ¿Así formamos a los guardianes de la ley y el orden? ¿Les damos carta blanca para que pongan  en práctica aberrantes maneras?

No es por cierto un común denominador. La lucha contra el hampa no puede endurecerlos hasta convertirlos en el hampa misma. No podemos, no debemos admitirlo. Esla Justicia, con mayúscula la que debe salir al paso de estas tropelías horrendas. Detenerlas, haciendo que los culpables purguen las condenas merecidas. Las condenas que la pérdida de la vida de un hombre vale, aunque, repito, eso no lo devolverá a su familia.

 

Creo que los Ministros de Justicia e Interior, son los llamados a urgir que se apliquen de inmediato las sanciones correspondientes. A veces, por robar una gallina para comer, un hombre pasa años en prisión. Mientras tanto, a quienes torturan y matan escondiéndose detrás de su condición de “autoridades”, muchas veces no les llega a pasar nada.

Que este caso tenga un final justo, ya que nunca tendrá un final feliz.

ESPERANZA


 

Durante todo este tiempo he aprendido a esperar, mantengo viva la esperanza.

Muchos meses han pasado y ha sido un largo aprendizaje, con sus bajadas y subidas, con sus idas y sus vueltas. He comprendido, creo que por fin, que aunque la meta esté siempre más allá, la esperanza de llegar nos hace ir hacia ella dejando atrás las dificultades. Hoy, primer día del mes de agosto, recuerdo que hace un poquito más de un año no podía moverme ni hablar. Lo que había sido una vida rica, con los baches que la hacían interesante, era ahora  pasado, dejando un presente poco halagador, muy confuso y con vagas promesas de recuperación. El tercer infarto cerebral se había producido y si el primero me dejó ciego por dos meses y medio y el segundo afectó un poco la sensibilidad de la mano izquierda y empeoró la vista, ya para entonces algo recuperada, este tercero me llenaba de impotencia y miedo, porque me convertía en un ser dependiente para las funciones físicas normales como darme la vuelta en la cama, comer solo, bañarme y todo lo demás. Mi cerebro sabía que había que hacer en cada caso, pero sus órdenes no eran atendidas. No podía leer, porque las letras y las líneas bailaban ante mis desconcertados ojos y menos escribir, pues mi mano derecha, afectada por un espasmo perenne estaba convertida en una especie de garra. He dicho que no podía hablar, y de mi boca salían sonidos que nadie entendía. Solo pensaba, escuchaba y sentía mi lado izquierdo. Fui, poco a poco, encerrándome en mí mismo. No sabía lo que era la esperanza, o lo había olvidado…

 

Sin embargo, algo en el fondo me decía que si había logrado ver después de haber quedado ciego, aunque fuera mal, tenía que luchar por volver a moverme decentemente, hablar mejor y ser aunque fuera un poco lo que antes era. La esperanza comenzó a chisporrotear en mí, produciendo un curioso efecto de bienestar que yo llamaría de aceptación con futuro.

Gracias a Alicia, a mis hijas, a mis yernos y al aliciente de tener dos nietos y al empuje de mis amigos que nunca me dejaron, comencé a trepar por una cuesta difícil de subir, pero sabiendo que en la cima me esperaba la maravilla de ver el paisaje a mis pies.

Ahora ha pasado más de un año. He recorrido un largo camino hacia arriba y aún no llego a la meta. Siempre está un poco más allá y aunque resbale, sigo. Sé que algún día llegaré a ver el paisaje, descansando de una subida empinada y llena de obstáculos.

La esperanza de hacerlo me mueve. La esperanza: esa lucecita que se mueve delante, al parecer a la mano, pero siempre alejándose un poco más, retándome a que la alcance.

Hoy que es primero de agosto sé que me falta mucho, pero me paro a mirar los días recorridos y me asombro de lo que la esperanza puede lograr. No sé cuando lo consiga, pero no pienso detenerme hasta lograrlo. El paisaje es bello cuando uno está arriba sintiendo el viento en la cara.