PRIMERA COMUNIÓN


 

Un día como ayer hice la Primera Comunión.

Fue veintiuno de junio, del año 1954. Tenía siete años y aunque muy preparado por las Siervas de San José, las monjas que llevaban el colegio infantil de la Inmaculada, había en mí una especie de misterio y muchas, infantiles preguntas: ¿Cómo era eso de comerse a Dios? ¿Qué hacíamos con la sangre y donde estaba en esa hostia blanca que nos darían? ¿Estaba bien tragar la hostia sin masticarla? ¿Y si uno se atora? Preguntas inocentes, recontra explicadas, pero que afloraban a cada instante. ¿Sería pecado mascar?

 

Excitación normal en un niño de siete años, al que previamente el sastre de Barranco, el maestro Caycho, había hecho un terno blanco, le habían comprado zapatos del mismo color y llevaba un pequeño cirio blanco con un lazo de tela de seda en la mano. En la foto que me tomaron en el estudio del señor Acevedo, también en Barranco, en la avenida Grau, poco tiempo después, para recordar el hecho, estoy sin anteojos, muy serio y bien peinado. Recuerdo y conservo hasta ahora el misalito con tapas duras  forradas en una especie de plástico blanco nacarado, con una pequeña custodia dorada en relieve metalizado y una página pacientemente pintada a la acuarela por mi padre, en papel vegetal, con un poema y una maravillosa ilustración de fondo…

 

¡La Primera Comunión! Lo que sería un hito en mi vida, iba a tener lugar el día de San Luis Gonzaga (nombre de la promoción del colegio en el año que debí terminar, 1963) y se daría en el marco de una verdadera fiesta que el colegio dedicaba. Primero haríamos la Primera Comunión, como elemento central de la Misa solemne y luego seríamos confirmados. Una caricia del obispo en el rostro, que acompañaba a la fórmula religiosa, se había convertido por la imaginación desbocada en una cachetada: nueva inquietud se sumaba a “lo que vendría”

Después, en la tarde-noche, habría una representación en el paraninfo (así le decían al teatro) del colegio en honor de los primercomulgantes. ¡De nosotros!

 

La ceremonia se desarrolló muy bien y me recuerdo formal, haciendo todo lo ensayado previamente y sintiendo nervios especiales cuando la hostia se pegaba al paladar. Cabeza baja, manos juntas, en fila y a arrodillarse en la banca de la que habíamos salido y estaba reservada. ¡Habíamos hecho aquello para lo que nos preparamos tanto!

 

Después, en formados una fila, ya lo conté muchas veces, los nervios me traicionaron y todo el desayuno que había tomado después del magno acto, fue a dar contra el terno blanco de mi mejor amigo. Veloces, su made y la mía, consiguieron que la lavandería del colegio reparara el año y por la tarde, con la vergüenza consiguiente, asistí al paraninfo.

¿La confirmación? Casi no la recuerdo. Todo lo demás, el “después” quedó opacado para mí por la “gaffe” que había cometido, fruto de un estómago inestable y unos nervios sobreexcitados.

 

Ayer, muchos años después, me puse a meditar sobre lo que significa lo que sucedió ese día. Curiosamente, afiancé una amistad que continúa hasta hoy, con el “vomitado; nació una anécdota un poco vergonzosa para mí, pero imborrable y claro, tuve, como decían las estampas que tenía para repartir, “El día más feliz de mi vida

 

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s