DOS HISTORIAS Y UNA mÁS.


 

Estas son historias publicadas también en “Correo” el 14 de setiembre de 1972.

Así era como era Barranco.  Barranco visto por un niño y recordado por un joven.

 

El negro “Camote” tenía vocación marcial.

Cada veintiocho de julio organizaba su propio desfile, que partiendo del mercado recorría una a una las calles, hasta desbandarse en risas y caras sucias.

Los palomillas del barrio marcaban el paso como nunca y se reían de la seriedad de “Camote”.

Todas las tardes, la bajada de los baños conocía sus pasos y los pájaros se asomaban a los árboles para mirarlo.

“Camote” era de todo: cuidador de jardines, guardián del mercado, organizador de desfiles y devociones particulares, cargador perenne del anda del Señor de los Milagros, etc.

Su gorra de policía municipal y su casaca de color histórico, paseaban el parque, la parroquia, el puente de los suspiros, la bajada de los baños. Eran sus dominios. Su territorio.

Él gobernaba allí y su covacha estaba llena de estampitas y santos, de cera derretida y borracheras diarias y memorables.

El negro “Camote” era un personaje emérito, a su manera, en el distrito de Barranco.

Hace unos días mi madre fue a una misa por él.

“Camote” había muerto como vivió. Mayordomo especial del Señor de los Milagros, con sus ceras derretidas y una botella de mal pisco.

Su pito ha dejado de oírse y los pájaros extrañan sus pasos vacilantes y sus voces.

Los palomillas del mercado, no tendrán quien les organice su desfile el próximo 28.

 

 

 

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Cuando era chico iba con mi triciclo azul de madera y una chompa amarilla, a pedalear en el parque.

Las grandes palmeras goteaban lluvias pasadas y la pérgola ofrecía pequeños charcos a los gorriones que se confundían con el gris del cielo.

El parque era escenario de bailes de carnaval, enamorados y estudiantes. Las retretas animaban ciertas noches y yo escuchaba entre sueños, desde la casa,  las rigurosas marineras ejecutadas por la banda de la Guardia Republicana.

Lo más impresionante del parque era la mujer de la fuente. El triciclo era mi pretexto.

Podía mirarla largo rato y asombrarme con su blancura y con el agua que siempre salía de sus manos.

En .as pequeñas tardes de invierno, me compadecía de su frío y esperaba verla estremecerse.

Soñaba con ella y la mujer del parque era casi mi enamorada.

El otro día me detuve a mirarla. Sigue allí. Las retretas y los bailes de carnaval han quedado atrás.

Los gorriones siguen saltando entre los charcos de lluvia y la ex municipalidad se ha convertido en biblioteca.

La mujer de mi niñez sigue dejando escurrir el agua entre sus manos y me pareció ver incluso barquito de papel, que echara yo al estanque veinte años atrás.

 

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Su bastón, sin contera de goma, golpeteaba las tardes de mi infancia.

“Platanazo” (nunca supimos su nombre)  vivía a la vuelta de la casa, en una especie de buhardilla alta, con reminiscencias de torreón encristalado.

Su traje negro paseaba calles sin oficio aparente. Anteojos oscuros, cara picada de viruela.

Cada tarde, al pasar, el impulso nos vencía y un “¡Platanazo!” gritado apresuradamente desde el balcón, nos producía sensación de aventura. Él amenazaba al aire con su bastón y seguía adelante.

“Platanazo” tenía un hermano al que le decían “Gasolina”. A “Gasolina” lo mató un tranvía. Uno de esos tranvías que gorreábamos pasándonos del carro de adelante al acoplado, sin que nos viera el cobrador. Uno de esos tranvías grises que hacían temblar las casas de la avenida Pedro de Osma.

“Platanazo” también murió No supe de qué ni cuando. Simplemente dejó de pasear su figura flaca y su bastón repiqueteante.

Con él se fue un poco de la infancia que inventaba juegos en los barrancos y en la quebrada de Armendáriz.

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

4 comentarios en «DOS HISTORIAS Y UNA mÁS.»

  1. Querido amigo Manolo, ya que hablas de personajes de nuestro Barranco querido, aquí en la lejana Roma me vienen ciertas reminiscencias, recuerdo a «Cucaracha», un cargador y cumplidor de múltiples encargos en el mercado de Grau, también había en la Av. Bolognesi la tienda de «Pajarito», un Señor Chino que vendía de todo, desde un alfiler hasta las cosas mas sofisticadas de esas épocas, Barranco ha estado poblado de personajes singulares, otro era o es, no se, el vendedor de «Revolución caliente», un moreno que venía de Surco, seguramente mas adelante me acordaré de otros; pero en el entretiempo talvez puedas refrescar la memoria de los Barranquinos que amamos a nuestro distrito, bueno amigo, como decía nuestro gran escritor Ricardo Palma,dejando algunas cosas en el tintero me despido hasta una próxima oportunidad

  2. Hola!!
    Gracias por leer y por tus comentarios.
    A «Cucaracha» lo recuerdo ciertamente. Carhador del mercado, siempre estaba sudoroso y con una -creo- bola de coca en la boca. Supongo que era lo que le daba fuerza. Voy a escribir sobre él. Estaba entre mis planes, pero lo fui postergando. Ahora lo haré. Gracias por los recuerdos. Quiero a Barranco y con el tiempo, el viejo Barranco crece en mi memoria y en el corazón.
    Un abrazo!! Espero saber de ti pronto: mi correo es manoloechegaray@gmail.com

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