ODIO


 

 

 

Bajita, greñuda, usaba un overol bolsudo y un polo publicitario danés que promovía una marca de preservativos, donde lo único inteligible era el falo sonriente que adornaba el diseño.

Jacuzzi se había enamorado de ella. No sabía muy bien el motivo. Lo único que sabía es que tenía la voz más sensual del mundo.

En un arrebato tecnológico, Jacuzzi se había enamorado por teléfono.

Cuando lo de la moto, había llamado al “maquillador” para averiguar como iba el trabajo. Le contestó una voz que lo hizo soñar tres noches seguidas con Ornella Muti. Pero no se atrevía a ir. Primero, porque era muy pronto y podían chaparlo. Segundo, porque se moría de miedo de ver el rostro que correspondía a la voz.

Finalmente el sábado se echó medio frasco de “Piove”, un alternativo de once soles, se puso las medias blancas de nylon, los mocasines de gamuza color arena y con la camisa del caballito que había comprado, en buen estado, en las carretillas de ropa usada de Grau, con un pantalón negro,  decidió presentarse donde el “maquillador”, ver la moto y a la chica del teléfono.

Llegó al portón de calamina donde un 232 aparecía borroneado con tiza. Tocó y dentro empezó a ladrar un perro. Volvió a tocar. Detrás de la calamina, sobre los ladridos, oyó la voz de Ornella Muti que gritaba tratando de callar al perro.  Sintió que le sudaban las manos y se las pasó por el pelo.

“¿Está el maestro?”, preguntó Jacuzzi. El portón se entreabrió y Yaniré Ojeda hizo su entrada en la vida de Jacuzzi, bajo el nombre glorioso – e italiano-  de Ornella.

“¿Quién?” El maestro, el Pollo”, articuló Jacuzzi con la emoción de hacer hablar más a esa voz que le hacía sentir que tenía las orejas a la altura de la bragueta.

“¿De parte…?” “Soy un amigo” dijo cauteloso. “Tú debes ser el de la moto. Pasa nomás, mi primo está al fondo. El perro no muerde”.  Jacuzzi sonrió y se deslizó por la abertura del portón que ella mantenía. Dentro, un canchón lleno de llantas, pedazos oxidados de carrocería, asientos de auto destripados y basuras variadas, antecedía al cuarto de adobe con techo de cartones, delante de cual “El Pollo” trabajaba en la moto.

Caminó sorteando los obstáculos, aturdido por los ladridos del perro que le daba vueltas a prudente distancia y por el ruido del compresor. “Perro maricón. Acércate y te meto un puntazo” pensó Jacuzzi.

“El Pollo” estaba solo con un short que había sido blanco y sayonaras en los pies. Pintaba la moto, que ahora parecía otra. Le había hecho una carrocería de fibra que la volvía irreconocible. Un tigre, “El Pollo”. Dejó la manguera y con un movimiento del pie apagó el compresor.

“Hola Jacuzzi. Ya está casi. Mañana te la llevas. ¿Quedó firmeza, no?  Había que reconocer que ni el muerto hubiera reconocido a esta máquina sin marca. “Le borré todos los números y le puse una plaquita que me recursié. Ahora es una Gilera, como querías”.

Jacuzzi miró otra vez a la moto y haciéndose el cojudo le preguntó por la chica. “Es mi prima, me ayuda con el teléfono. Tú sabes que es una vaina  que te encuentren fácil. Uno tiene que darse su distancia pa` poder demostrar que está ocupao”.

“¿A qué hora vengo mañana?” “Puta, Jacuzzi, ¡me acabo de acordar que mañana es domingo!  No, vente pasado. Como a las once. Es que a la noche tengo una chambita que tira pa’ largo y mañana voy a estar jato”.

La chica salió. Caminaron juntos unos pasos y Jacuzzi le dijo que la invitaba al cine esa noche. “Si quieres vengo por ti”. Ella lo miró y se rió: “¿a mí…?” Jacuzzi puso su cara aprendida en las viejas películas de Rossano Brazzi y de medio lado, movió la cabeza: “….Si no quieres…” Yaniré vio escaparse la oportunidad y de pronto se volvió tímida: “Pero no vivo aquí. Mi casa está en Breña, por Chamaya…” “Apúntame la dirección y paso como a las seis.”

Regresó con un papelito con la dirección escrita a lápiz. Jacuzzi lo guardó en la billetera y dijo chau. Salió, caminó unos pasos y al voltearse vio que Ornella estaba cerca del portón. Le hizo adiós con la mano y regresó al hostal.

A las seis en punto la recogió, fueron al cine a ver “La jaula de las locas” y ella se reía a carcajadas. Jacuzzi la miraba

, reconociendo en esa risa muchas de sus fantasías sexuales.

Al terminar la película entraron a una pollería y comieron comentando.

“¿Tienes algo qué hacer? Te invito a bailar”. Se metieron a un Tico y acabaron sumergidos en la bulla y las luces de una discoteca en La Marina. Jacuzzi bailaba con estilo. Ella estaba como abstraída, llevando el ritmo con la cabeza, dejándose llenar por la música.

Se empilaron con un par de rones y después chelas hasta las cinco.

Mojados de sudor, un VW los llevó hasta el D` Carlo. Allí Jacuzzi terminó de enamorarse. En la cama, Yaniré resultó más Ornella que nunca. Hicieron el amor como si fuera a terminárseles el mundo.

Se quedaron dormidos y a las cuatro de la tarde salieron con hambre.

Unos jugos y dos panes con chicharrón los dejaron como nuevos.

Jacuzzi la llevó a su casa. “Mañana vengo. Chau, Ornella” “¿Quién?”, dijo ella. “Tú eres Ornella. Un día te cuento”. Ella se quedó pensando. Decidió que Jacuzzi se acordaba de otra chica y sintió una especie de hueco en el estómago.

Al día siguiente Jacuzzi salió temprano y buscó un bazar. Compró una cadenita y un conejo azul de peluche. Lo hizo envolver y se metió la cadenita en el bolsillo de la camisa.

Al llegar al portón vio que estaba medio abierto. Miró un rato y entró.

Al fondo estaba la moto, roja, brillando.

Llamó a “El Pollo” pero nadie contestó. Ahí fue que se dio cuenta que no estaba el perro.

De pronto, del cuarto de adobe, Ornella salió gritando como una loca:

“¡quítate, es una trampa, quítate!” Detrás de ella venían dos hombres  gritando y carajeando: “¡Quieto, cojudo! ¡La maldita nos jodió todo”.

“¡No te muevas o te quemamos!”

Jacuzzi corrió y de reojo vio que Ornella corría hacia él: “¡Quítate, quítate!” Cuando llegaba al portón oyó el estampido de un disparo. La adrenalina lo invadió y aceleró instintivamente apretando el paquete con el conejo de peluche. El grito de la mujer lo paró en seco. Adentro, Ormella estaba en el suelo y los rayas se habían agachado. “¡La cagaste, la cagaste!…” gritaba uno.

Corrió de nuevo, tiró el paquete y se subió a un micro a la volada.

Miró por la luna de atrás y vio a los policías que salían por el portón.

Se sentó, sudando. Felizmente el billete lo tenía… ¡No lo tenía! ¡Estaba en el hostal! Bajó del micro y corrió a un teléfono público, porque su querido celular se le había caído en la huída. Marcó el número del hostal y contestó una voz rara. Colgó. Volvió a marcar. Contestó la misma voz. No podía volver al hostal. Había perdido la merca, el billete y todas sus cosas. Buscó otra moneda y ya no tenía. Buscó en el bolsillo de la camisa. Solo encontró la cadenita. La sacó y se la puso.

Jacuzzi lo había perdido todo. Solo tenía precio y ahora además, odio.