MOTO.


 

La desaparición d Jacuzzi y su escape a la selva no  aminoró para nada su intención de viajar a Italia, de seguir italianizándose, vamos.

Una vez en Lima tentó los más variados oficios pero se daba cuenta que la plata le entraba con cuentagotas. Para subsistir con las justas, le alcanzaba.

Qué lejos veía el día en el que había hecho dos mil dólares con un viaje, un poco de peligro y mucho miedo que ahora el llamaba decisión.

Hasta que finalmente volvió a las andadas, trabajando como cobrador para un contacto del gordito que recibiera la merca cuando regresó. Fue un azar encontrarlo mucho tiempo después en una calle de La Victoria. Jacuzzi pateaba latas y el cruce con rápido reconocimiento de ambos lados parecía, después, un sueño para Jacuzzi. El gordito, confianzudamente lo cogió del brazo y como si lo conociera desde siempre le preguntó por su vida. Preguntas inocentes, de rutina, pero que a Jacuzzi le sonaron premonitorias.

Terminaron delante de unas cervezas y en el trasiego de líquido e información, Jacuzzi le dijo al gordito que estaba buscando. Que no tenía suerte y que todas las chambas que hacía no lograban sacarlo adelante. Que estaba esperando poder juntar algo de plata para regresar a la selva. Al brócoli, dijo y el gordito asintió como si lo entendiera todo. El acento italiano de Jacuzzi se mostraba a veces. En realidad, lo había descuidado un poco.

Hablaron bastante rato y de la reunión Jacuzzi sacó un número telefónico, que resultó ser el de un celular. Debía haber plata, porque Jacuzzi recordaba los caros aparatos que cierta gente llevaba y que además de costosos eran muy grandes. Pero servían para hablar de cualquier parte y daban un caché impresionante. Si el gordito tenía uno, es que la hacía. Era alguien.

Esa noche, en su cuartito Jacuzzi se decidió. En realidad lo decidieron el hambre que tenía y la necesidad de ser alguien y no seguir siendo ninguneado.

Llamó temprano al número celular. Contestó el gordito. Quedaron en encontrarse al medio día. El gordito lo invitaba a comer algo y a conversar para arreglar las cosas. Lo dicho: el gordito era alguien. ¡Tenía celular!

Se encontraron en un restaurante pobretón y después de pedir las chelas reglamentarias, comieron un cebiche que a Jacuzzi le supo a gloria. Royendo el choclo de acompañamiento hasta las últimas consecuencias, Jacuzzi se vio contratado para un trabajito que suponía seguir al gordito y hacerle de campana por si las moscas. Era un trabajo que parecía fácil, le pagaban y nada más. Jacuzzi estaba listo para empezar de inmediato.

Al principio todo fue como el gordito le había dicho. Servía de seguridad, sin hacerse notar demasiado. Era cuestión de dejar pasar el tiempo, cosa no tan difícil cuando se tiene un sueño y algo de plata en el bolsillo. Lo estaban midiendo.

Jacuzzi aprovechaba lo que podía para volver a su italiano en un habla medio cantada, medio enrevesada y vistiéndose como los italianos de a verdad debían hacerlo.

Un día finalmente el gordito le confió: “No puedo llegar a dos sitios a la vez. ¿Si tú me haces la gauchada, te doy un poco más de plata, o un celular como el mío, sólo que tendrías que pagar cada mes las llamadas que hagas y las que te hagan….” Jacuzzi aceptó lo del celular, total, plata conseguiría ahora, pero tendría un aparato que pocos tenían.

El asunto de suplir al gordito fue chancay de a medio. Cobró y al entregar, recibió su plata. “Este es el celular para ti. Lee bien el folleto y cuídalo. Es grande, pero útil” Jacuzzi se fue hecho unas pascuas. ¡Tenía celular! ¡Era alguien diferente!

El gordito convino en llamarlo al celular cuando lo necesitara. Era mucho más fácil que estar esperando las llamadas en el hostal donde se alojaba. Podía salir, moverse y estar siempre al alcance. Mejoraba.

La rutina siguió hasta que el gordito se quejó un par de veces de su impuntualidad. “Es el tráfico” decía Jacuzzi. “Será mejor que hagamos algo, ¿sabes manejar moto?” “Sí”, mintió Jacuzzi. Manejar moto no debía ser muy diferente que manejar el triciclo de panadero-repartidor, que había abandonado hacía tanto tiempo. Era cuestión de entrarle nomás.

Un par de días después, el gordito lo llamó al celular y quedaron en encontrarse en una cochera que quedaba en Jesús María. Hasta allí llegó Jcuzzi a la hora acordada, para encontrarse con su patrón que estaba con otro tipo y tenían una moto, medio magullada, pero que parecía en buen estado. “Es tu moto, la transformamos un poquito y listo. Mi amigo, que la consiguió, tiene un mecánico que lo arregla todo.”

Así Jacuzzi se hizo propietario de una moto robada, que no sabía manejar. Lo primero era llevarla donde el amigo del amigo del gordito, para que le cambiaran lo que la hacía reconocible. “Era de un particular, que se metió por donde no debía y perdió” dijo el amigo. “Maquillada es otra cosa. Mi amigo es un trome.”

La transformación de la moto quedó pactada para dentro de dos semanas. Todo lo hacían por él. Primero teléfono celular y ahora moto. Se esta volviendo importante. Indispensable en lo que hacía.

Se empeñó en que la “maquillada” hiciera aparecer al vehículo, como si fuera italiano. La “Honda” debía perder su identidad japonesa y asumir los rasgos de una auténtica “Gilera”. ¡Hasta moto italiana tendría, su sueño estaba cada vez más cerca!  Eso le parecía, al menos.