PANCHÍN.


 

Publicaron mi librito “El pasado se avecina. Historias del Barranco”. Lo hizo la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación de la Pontificia Universidad Católica. Muchos amigos participaron para hacerlo posible. Ahora rescato uno de los temas. Espero que a muchos les resulte nuevo. A mí me gusta releer de vez en cuando.

 

PANCHÍN

Se llamaba Francisco y entre nosotros le decíamos “Panchín” que era ciertamente un diminutivo de Pancho. Parece ser que desde muy chico, él mismo escogió su sobrenombre, o sea que así le llamábamos sus papás y hermanos, siempre. Digo esto porque a veces se piensa que un apodo tiene un cierto sonido despectivo cuando en realidad es cariñoso y encierra mucho más de lo que muestra al exterior.

Me llevaba once años  y entre él y yo hubo otro hermano a quien yo no conocí:

Lucho, el rubio de la familia. Lucho murió cuando tenía siete años y yo vine al mundo tiempo después. En algún momento escribiré sobre este hermano del que supe por las historias que me contaron y por las fotografías que mi padre tomaba siempre.

Abogado, dedicado en realidad a la planificación, fue siempre el orgullo de mis papás. El ejemplo que me pusieron delante, como profesional y persona. El ejemplo cuando eres chico te cae pesado y debes soportar, sintiendo que tienes una sombra inalcanzable como meta.

Amiguero, estudioso, buen hijo, serio pero divertido, buenmozo… Era en mis años de niño una especie de padrastro que se ocupaba por ratos en tratar de hacerme comer las verduras que yo dejaba a un lado, que estudiara y que no fuera “¡un mariconcito”, pues!”. Ahora, al revisar nuestra relación de hermanos,  me doy cuenta que tanto para Teté  como para Panchín  yo fui, en tiempos distintos, una especie de hijo. Para una, el niño que debía ser engreído por ser el último en llegar y para el otro, el niño engreído que había que encarrilar.

Mi hermano fue el ejemplo, a veces, de lo que yo no quería ser o hacer.

Sus amigos de colegio aquí en Lima, porque estudió en Arequipa, Tacna y Trujillo, es decir donde a mi padre lo llevaba su vocación ingenieril- fueron en principio barranquitos, del barrio: los hermanos Peirano, Felipe y Jorge Gordillo (primo del primero. “El serrano”, como le decían en La Inmaculada por ser arequipeño, hizo migas con todos. Y así Gino Ricci, “el negro” Lozano y tantos otros cuyos nombres y apodos se me escapan ahora, llenaban de bullicio la casa de Ayacucho en lonches memorables y maratónicas sesiones de estudio.

Con los barranquinos fundaron el Club Deportivo Barranco, en el garaje de la casa, jugadores de fútbol y fulbito que disputaban torneos escolares y de barrio. Era un club deportivo a la vieja usanza: con reglamentos, camisetas y pundonor. Un club que nosotros heredamos sin tener las habilidades peloteras y que acomodamos cambiándole el nombre para diluir el tema barrial y lograr así alguna victoria en las canchas mayoritariamente colegiales.

A pesar de la cercanía familiar, los once años de diferencia se notaban. Tanto, que cuando yo ingresé al colegio, mi hermano estaba en cuarto de media. Al año siguiente saldría para ingresar a Letras, en la PUCP de la Plaza Francia en el centro de Lima.

Ya mencioné que fue un buen estudiante y a la vez –Según he descubierto en un libro suyo que conservo- se dedicó a aprender el inglés en el Centro Cultural Peruano-Norteamericano. Su talento fue notado por Hernán “El Chino” Guerinoni que si no me equivoco, fue su profesor y lo llevó a trabajar con él (que era Director de Gobierno) como Secretario de la Dirección. O sea que muy joven tuvo un cargo oficial importante y ahora sé, bastante  complicado.

Un golpe de Estado terminó con su carrera en el sector oficial y todavía guardo un escrito suyo, sin terminar, que encabeza con el título ‘Historia de una traición”.

Se casó con Elvira, tuvo tres hijos y llegó a disfrutar de sus dos primeros nietos. Fue un trashumante que trabajó en varios países y recaló en el Perú para ser querido por todos y aportar aquí su vasta experiencia internacional.

Cuando se quedó dormido, el gentío que vino a acompañarlo en lo que sería su último viaje fue inmenso. Nunca se borrará de mi memoria, ver a sus amigos cantando el himno del colegio en la Misa de cuerpo presente en la Parroquia de Fátima y que las voces más sonoras eran las de las esposas. Estoy seguro que reunido con Manuel Enrique, Tony y Lucho, están mirando, curiosos, como el menor de la familia escribe estos recuerdos. Estoy seguro también que Panchín me corregiría algo, como dice mi amigo Cocococho, ¡por joder nomás!