EL HOMBRE QUE PERDIÓ SU IMAGEN.


 

Dicen que recordar es volver a vivir. Bueno pues, recuerdo que cuando trabajaba en Kunacc Gestiones de Marketing, era mi Director Creativo, un hombre extraordinario, Jorge “el Cumpa” Donayre. Gracias a las gestiones de este eximio periodista y caballero a carta cabal, comencé a publicar mis primeros cuentos en el diario “Correo”. Cuentos que salían todas las semanas y hacían que escribiera rápido, cosa que me enseñó la publicidad.

Este cuento data del 2 de octubre de 1972. Hace buen tiempo que lo escribí y vivía en mi memoria, hasta que encontré el recorte, guardado por mi madre (su letra la delata) en una muestra más del cariño que por mí sentía.

EL HOMBRE QUE PERDIÓ SU IMAGEN.

El viejo Pascual y su cámara de fotos se parecían mucho. Los dos vivían de recuerdos.

La máquina guardaba en la memoria las imágenes tomadas en los parques, donde los soldados y las empleadas posaban ingenuamente, para hacer duradera la fugaz tarde de un domingo.

El negocio no era muy bueno, pero se conocía gente. Se conversaba harto.

Nunca faltaba un estudiante de colegio fiscal, sudoroso de última hora, que pedía “una foto para mi carnet”. Ni los niños que se subían al caballito de madera pintada “igualito al llanero solitario, hasta el sombrero tienen”.

El viejo Pascual y su máquina, recorrían  gradas de ministerios, plazas y calles. Tomaban una foto aquí y otra más tarde.

Un día decidieron irse a Arequipa. En el ómnibus la máquina viajó sobre las rodillas de Pascual.

Los afectó la altura, el viejo Pascual ya no estaba para esos trotes.

Se alojaron en el hotel “American Boy”, quedaba por el mercado y era lo más que podían pagarse.

Tres días después salieron al sol del parque Duhamel. Había una estatua y tres fotógrafos ambulantes.

No le dijeron nada al principio. Despachado el primer cliente-una gorda que venía de compras  y necesitaba una foto “para que mi marido  que es camionero, sabe usted, me lleve siempre en el carro” – . Se le acercó uno: “tú no eres de acá, viejito”. “No, vine de Lima” y pensó que ya estaba haciendo amigos ¡y del gremio, además! “Mejor te vas, este es nuestro sitio y estás malogrando el negocio. Tres somos muchos, pero cuatro…”

Tuvo miedo y se fue. Al día siguiente tomó una foto del Misti y se embarcó para Lima.

En el camino le robaron su maleta. “Se perdió en el viaje” decía, para evitarse problemas.

El viejo Pascual comenzó a perder la vista. Al principio creyó que era la máquina, que no enfocaba bien. La llevó donde un compadre que sabía y le dijeron que había que cambiar el lente. Averiguó en una casa del Centro. Costaba mil soles…

Un oculista le dijo “Tiene cataratas. Para explicárselo mejor, le diré que es como si usted, en sus ojos, tuviera un lente, como los de las máquinas de fotos. Si ese lente se empaña, hay que cambiarlo… A usted lo operamos y volverá a ver como antes.”

Se internó en un asilo, ya no veía y no tenía plata para hacerse operar.

La máquina de fotos fue vendida en Tacora, a un anticuario que tenía su tienda en Miraflores.